
Una lectura superficial de Bilbao-New York-Bilbao, el libro con que Kirmen Uribe ganó el Premio Nacional de Narrativa en 2009, rendiría un texto sentimental, incluso algo blandito si se quiere. Algo que curiosamente también sucedía con el aún más sorprendente mismo premio que recibió la anterior novela escrita en euskera que lo ganó: Un tranvía en SP, de Unai Elorriaga (2002). Uribe y Elorriaga pertenecen a la misma generación (a saber qué nombre les dará la historia), ambos escriben en euskera, y son escritores que representan una renovación frente a los anteriores narradores vascos más reconocidos (Saizarbitoria, Atxaga, Lertxundi).
Sin embargo, yo creo que en el caso de Bilbao-New York-Bilbao, no estamos ante un libro sentimentaloide o que busque la emoción fácil. Creo que para bien o para mal, la visión y capacidad poéticas de un autor con atención delicada al detalle, anterior poeta, y procedente de una tradición literaria oral, inundan el libro. Kirmen Uribe explica desde el principio que intenta hacer literatura sencilla y clara; quiere contar la historia de tres generaciones de su familia, pero no lo hace al modo de las sagas literarias sino de forma fragmentaria, explicando al lector a la vez que (aparentemente) a sí mismo cómo ha conseguido los materiales, con qué familiares y amigos tuvo que hablar, y cuáles son los documentos históricos de interés. La fragmentación y la búsqueda de sencillez llevan posiblemente a resumir y centrar con buena economía una historia ya mil veces contada. Uribe integra también con maestría en el relato vida familiar y circunstancias políticas y sociales, sin atisbos de denuncia ni interés demagógico en ello, reflejando en su mesura mayor calado descriptivo. Estos son los logros, a los que cabe añadir por mi parte el reconocimiento sentimental pero bien llevado de lugares que obviamente puede compartir cualquier lector vizcaíno con Uribe (y no es tanta tontería como parece: el propio Uribe diserta sobre la necesidad de tradición literaria en euskera, y, trasponiéndolo, es obvio que a un lector barcelonés o madrileño le es mucho más sencillo –y por ello tiene más superado- encontrar literatura tanto moderna como tradicional en que encajar geográfica e históricamente con precisión sus propias vida y familia).
¿Acaso hay cosas que no son logros? Algunas, sí, que creo que proceden del origen poético del autor. Cierta tendencia a explicar imágenes de gran expresividad, que posiblemente aclaran la fuerza de las metáforas que plantea a la vez que subraya innecesariamente. Algo de sumisión mecánica al paralelismo de su viaje en avión a NYC con las travesías pesqueras de sus antepasados. Y poca fuerza en varios personajes secundarios, tal vez demasiados para un libro de apenas 200 páginas.
En cualquier caso, el resultado es un libro bonito donde sentir y aprender un pedazo de historia y cultura vascas de modo emotivo, pero también resulta un texto esperanzador como voz personal que pretende experimentar en la autoficción tan de moda, sumarse a las corrientes literarias internacionales, no sólo sin perder unas raíces que dan sentido a su literatura, sino descubriendo la conexión vital entre esa tradición y la supuesta (post)modernidad. El poema final, sencillo como los de la poeta polaca Wislawa Szymborska, a quien Uribe tanto admira, es un final lúcido, estupendo, y pleno de conocimiento.
Kirmen, que conferencias mucho en los EE.UU. (vía sientemag)