Orson Welles y su amigo de sus últimos años Henry Jaglom
estuvieron de acuerdo en grabar las conversaciones que mantenían durante sus
almuerzos en el restaurante Ma Maison de Hollywood (que tiene su propia página
de Wikipedia:
aquí).
Jaglom, también director de cine, intentaba ayudar a Welles para sacar adelante
sus últimos proyectos, aunque con escaso éxito. Acordaron que llevaría una
grabadora en su mochila o chaqueta para que Welles no se sintiera presionado, y
pudiera hablar olvidándose de ese registro. Todo terminó en su muerte
inesperada en 1985. Con el tiempo, esas cintas acabaron en manos de Peter
Biskind, historiador del cine norteamericano conocido por sus crónicas
apasioandas del Hollywood de los 70 y de los 90 que son
Easy Riders, Raging Bulls y Sexo,Mentiras y Hollywood, que las ha escuchado, editado, y publicado en formato
libro:
Mis almuerzos con Orson Welles.
Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles
.

Orson Welles y Henry Jaglom (vía)

Un libro así obviamente no puede ser en exceso coherente,
aunque en cierto modo parezca un diario testamentario. Welles y su inmenso
bagaje son obviamente el centro de todo (la edición habrá probablemente ayudado
a eliminar posibles focos sobre Jaglom), que contiene desde cotilleos del
Hollywood clásico a reflexiones culturales y sociales del desatado genio de
Welles, pasando por el calvario continuado de su estigma como cineasta
inconstante, incapaz de terminar sus obras. Contiene un anecdotario inmenso,
alrededor de un cine y cultura norteamericanos que Welles vivió en su juventud,
pero completado con la riqueza cultural de un hombre que viajó y que se
interesó por todos los países del mundo que quiso. El libro complementa la
imagen de Welles como creador, y le permite opinar sobre los tópicos de que era
acusado y, con mayor interés, de su camino investigador en la narración
fílmica, sobre todo a partir de su experiencia en
Fraude (F for Fake)
y sus proyectos de los setenta. La incapacidad de ambos para conseguir
financiación para los últimos proyectos de Welles (sobre todo su versión de
El Rey Lear) ocupan muchas páginas, y
suponen un desencanto continuo que leído sabiendo de la inminente muerte de
Welles sobrecoge un tanto. Welles tenía 70 años, era un hombre obeso y que
había castigado su cuerpo, que tenía dolores y pequeñas incapacidades, pero que
no sabía que moriría tan pronto.

Fraude es la última película de Orson Welles
oficialmente terminada. Es brillante, innovadora –preludio claro del falso
documental-, y, lamentablemente, poco conocida

Tal vez sea este el valor literario mayor del libro. Menos interés
tienen sus reflexiones sociales y políticas (con frecuencia poco afortunadas,
esa escasa fortuna de los señores que se reafirman a sí mismos en su vanidad),
y muy poco (para mi gusto) el mundo de estrellas de los años 40 que a veces
describe como un universo paralelo insospechado. El valor histórico en el estudio
del carácter del genio es relevante, claro está, para el análisis especialista
de su obra. Y en ocasiones es divertido, locuaz, penetrante y agudo. Piénsese en
él como figura pop sobresaliente, amargamente consciente de su propia explotación,
y puede disfrutarse mejor.

Peter Biskind (vía)