
Sin conocer en profundidad los avatares de la vida de Roberto Bolaño, y no habiendo leído nada de él, la (rica) lectura de Los detectives salvajes se revela poco a poco como una autobiografía ficcionada y encubierta. Su protagonista, Arturo Belano, de nombre casi homónimo, también chileno y también emigrante a México, poeta de vida más contestataria que su literatura, es claro trasunto del autor, que, sin embargo, no es el narrador.
El narrador principal es Juan García Madero, jovencísimo e infinitamente versado –en métrica y figuras literarias- poeta que se une en 1975 al real visceralismo, conoce a los líderes de este movimiento (Belano y Ulises Lima), pierde la virginidad con una de las jóvenes poetas del movimiento y escapa con ellos en busca de una poeta mexicana de principios del siglo, autora de poemas gráficos y líder de un movimiento poético primitivo del real visceralismo, y tan absurdo como éste. García Madero narra sus peripecias con los real visceralistas en un diario dividido en dos partes, que son a su vez la primera y tercera parte del libro. La parte central, la que sin duda eleva el libro a cotas de genialidad, narra en diferentes voces las vidas de Belano y Lima de 1976 a 1996, en formato de confesión-entrevista, que pasa por Israel, París, África, California, México, Guatemala, Barcelona y Castelldefells, en un derroche de anecdotario subcultural apuntado con infinita sorna hacia la literatura y la cultura en general, y, por supuesto, entremezclando realidad y ficción, autorreferencia y metalenguaje.
Bolaño comienza a alcanzar el estado de mito. Muerto con 50 años (si su vida fuera totalmente la de Belano no resulta una sorpresa), el éxito sobre todo de 2666 –póstuma e inacabada- en los EE.UU. lo ha elevado por encima de los autores de su generación, aún en activo, y le ha convertido en el más aventajado heredero del boom hispanoamericano de la segunda mitad del siglo veinte, con cuyos principales próceres ya comparte fama. No es extraño: Bolaño es divertido, ágil, construye estructuras misteriosamente atractivas, define personajes excéntricos o aburguesados con penetración psicológica encomiable, y nunca pierde su ironía vital literaria, cuya aplicación en la realidad se antoja tan excesiva como definitiva.
Bolaño, vía Kaytario
