Guy Debord publicó La sociedad del espectáculo en 1967. Se le considera el manifiesto de los situacionistas, y, siendo su vocación revolucionaria, se encontró con su potencial encarnación en la realidad, tal vez fuera del espectáculo, en unos meses, en mayo del 68. Debió sentirse como Marx en 1848, incluida la frustración final.

“Sociedad del espectáculo” es un término que hoy se entiende probablemente mejor que en 1967, no por el hecho obvio de que el libro exista y haya tenido su repercusión histórica, sino por lo certero de buena parte de su retrato. Dividido en 9 capítulos y organizado en 221 afirmaciones a veces axiomáticas y con frecuencia conceptualmente descriptivas, la primera de esas afirmaciones marca una situación muy reconocible hoy:

“La vida entera de las sociedades en las que imperan las condiciones de producción modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación.” (1)

El libro no se para a definir el espectáculo en una única ocasión, sino que este conforma y permea la modernidad en varias proposiciones: “movimiento autónomo de lo no-vivo” (2), “relación social entre personas mediatizadas por la imagen” (4), “visión del mundo que se ha traducido en términos materiales” (5), “resultado y proyecto del modo de producción existente” (6), “invierte lo real” (8), “la realidad surge del espectáculo y es el espectáculo es real” (8), “afirmación de toda vida humana como simple apariencia” (10), “sentido de la práctica total de una formación económico social, su empleo del tiempo” (11).

Todos estos aforismos de la primera parte del libro van indicando dos líneas principales del mismo: el análisis de carácter marxista, que hablará de sistema de producción y mercancía, y el carácter ficcional o representado con que el espectáculo recoge y crea el mundo. Ambas líneas confluyen, por supuesto, en un bombardeo de expresiones de impacto a veces crípticas, pero con frecuencia luminosas:

“La exterioridad del espectáculo en relación con el hombre activo se hace manifiesta en el hecho de que sus propios gestos dejan de ser suyos, para convertirse en los gestos de otro que los representa para él. La razón de que el espectador no se encuentra en casa en ninguna parte es que el espectáculo está en todas partes.” (30)

Para Debord parece inevitable que el espectáculo y sus formas hayan derivado del capitalismo y del raciocinio tecnológico ilustrado; lo real, incluyendo al individuo, ha pasado a ser lo espectacularizable y no «lo real» en sí. Aunque a Debord no le interesa analizar esto bajo las implicaciones metafísicas de la filosofía tradicional, sino bajo la perspectiva de la alienación marxista, ahora arrastrada tácticamente al consumo:

“El espectáculo es el momento en el cual la mercancía alcanza la ocupación total de la vida social” (42)

“El consumo alienado se convierte en un deber para las masas, un deber añadido al de la producción alienada. Todo el trabajo asalariado de una sociedad se convierte globalmente en la mercancía total cuyo ciclo ha de continuarse” (42)

“Este obrero, repentinamente liberado del total desprecio que hacia el manifestaban ostensiblemente todas las modalidades de organización y control de la producción, se encuentra diariamente a salvo de ese desprecio y aparentemente tratado como una persona relevante, con una atenta gentileza, bajo su disfraz de consumidor.” (43)

“El consumidor real se transforma en consumidor de ilusiones” (47)

Pero este análisis (que es fácil adivinar por donde puede avanzar en la crítica de la abundancia económica del capital y su espectacularización) no lleva a Debord a abrazar los resultados del socialismo real – que en 1967 cubriría varias decenas de países, pero Debord menciona solo los regímenes comunistas de la URSS y China-, al que denomina capitalismo burocrático y al que dice que pertenece «lo espectacular concentrado» (64), con un análisis clarividente considerando que en esos años la izquierda europea no quería mirar esto:

“La producción de mercancías, al estar menos desarrollada, se presenta también de forma concentrada: la mercancía característica de la burocracia es el trabajo social total, y lo que la burocracia revende a la sociedad es su supervivencia en bloque. La dictadura de la economía burocrática no puede dejar a las masas explotadas ningún margen significativo de elección, ya que debe elegirlo todo ella misma, pues cualquier otra elección distinta (ya concierna a la alimentación o a la música) sería la elección de su destrucción total. Debe, pues, ir acompañada de una permanente violencia.” (64)

La inserción del régimen comunista en los modos del espectáculo llega incluso a la cuestión del líder:

“Aquello que impúdicamente afirmaba su excelencia definitiva es sustituido, tanto en el espectáculo concentrado como en el difuso, de modo que lo único continuamente permanente es el sistema: los mismos que impusieron a Stalin se dedican después a denunciarle, como se hace con las mercancías pasadas de moda. Cada nueva mentira de la publicidad es asimismo un desengaño con respecto a la mentira anterior. La caída de una figura del poder totalitario revela lo ilusorio de la comunidad que hasta entonces la aprobaba unánimemente, y que no era sino un agregado de soledades desilusionadas.” (70)

Mayo del 68 en París (Foto: AFP, vía la web de El Mundo)

La preocupación de Debord por el proletariado y la creencia en la revolución como método son no obstante reales y vívidas en su libro. El capítulo central, titulado El proletariado como sujeto y como representación, parece por partes un ajuste de cuentas por la deriva de las organizaciones revolucionarias, incluyendo las de la Guerra Civil Española («sus líderes más reconocidos se convirtieron en ministros, rehenes del Estado burgués que destruía la revolución para perder la guerra civil» -94-), la socialdemocracia como reformismo quintacolumnista («la burocracia sindical convirtió a quienes, por el contrario, habían sido reclutados a partir de las luchas de los obreros industriales y de entre las filas de estos, en managers de la fuerza de trabajo, convertida a su vez en mercancía en venta a cambio de un precio justo» -96-), el comunismo como capitalismo de estado tan industrial y acumulativo e imperialista como el burgués pero además ineficaz («del mismo modo que la burocracia es incapaz de resolver la cuestión agraria al modo en que lo hace el capitalismo, también es definitivamente inferior a él en lo referente a la producción industrial, planificada autoritariamente en función del irrealismo y de la mentira generalizada.» -108-), etc. Debord plantea los términos en que deben existir las organizaciones revolucionarias para no caer en el espectáculo y ser ellas mismas pasto de la mercancía. Parece apelar a una revolución constante («la organización revolucionaria no puede reproducir en su seno las condiciones de escisión y de jerarquía propias de la sociedad dominante. Debe luchar permanentemente contra su deformación por parte del espectáculo imperante.» -121-) y a la lucidez, que no suele darse en la práctica, de la organización: «en el momento revolucionario de la disolución de la separación social, esta organización debe reconocer la necesidad de su propia disolución en cuanto organización separada.» (120). Esto en el fondo es un ideal que obvia la psicología humana y sus propias necesidades vitales. Estas organizaciones solo pueden ser, dice Debord, los «Consejos obreros revolucionarios, concentrando en ellos todas las funciones de decisión y ejecución, y federándose mediante delegados responsables ante sus bases y revocables en cualquier momento.» (116). Su confianza en ellas es alta: «estas formas históricas que aparecen en la lucha son exactamente el medio práctico que a la teoría le faltaba para ser verdadera. Son una exigencia de la teoría, pero una exigencia no formulada teóricamente. El soviet no fue un descubrimiento de la teoría.» (90)

Es difícil juzgar si un analista tan lúcido e incisivo como Debord en la visión de las superestructuras resulta ingenuo en esta mirada a los soviets o si necesita el entramado diagnóstico para explicar por qué las Juntas, los Consejos obreros, o los Soviets, si permanecen en sus funciones cumplida la revolución se esclerotizan y aburguesan, pero si se disuelven son normalmente sustituidos por otros con intereses diferentes. Tal vez sea más pesimismo que ingenuidad:

«La teoría revolucionaria es ahora enemiga de toda ideología revolucionaria, y sabe que lo es.» (124)

En mi opinión, cuando se llega a este punto hay una cesura en la propuesta de Debord. El libro sigue con dos capítulos espléndidos dedicados al concepto del tiempo desde lo cíclico a lo lineal hasta alcanzar la espectacularización de su conversión en mercancía, y un análisis histórico del arte occidental que pone énfasis creíble en el Barroco como momento de inicio de la representación que acabará convirtiéndose en lo real. Debord arremete además contra las voces biempensantes de la crítica social, que no son capaces de entender la «falsa conciencia de reunión» (217) que subyace a sus intentos de proponer lugares en que el espectáculo no haya anidado. Va más allá: también esta crítica está espectacularizada, y, para superarlo, «la crítica que va más allá del espectáculo debe, por el contrario, saber esperar.» (220).

La cesura consiste en un pecado habitual de las filosofías de la sospecha, que es la incapacidad de futuro, o de esperanza alguna; puede argüirse que no es así en Debord, que en efecto esperaba la revolución, y, sorpresivamente, la tuvo. Le decepcionó, pero fue coherente y en cierto modo parece que se apartó del mundo intelectual. La revolución se espectacularizó, mayo del 68 tal vez más que ninguna otra, y la mercancía triunfó, con una inevitabilidad desasosegante.

La sociedad del espectáculo no es un libro fácil. Escrito con intención impactante, con máximas filosóficas e históricas de difícil demostración inmediata, se lee como un continuo en el que es sencillo que se caigan algunos pensamientos por ser crípticos, o tal vez apegados a su tiempo en exceso. Debord escribe desde cierta sistematización que no es posible discutirle sin abandonar la lectura, y para ello no puede permitirse el detalle, pues desarrollar todos los puntos que toca en sus matices políticos, sociales o históricos haría imposible su libro en extensión y en crítica. Como manifiesto, es decididamente intelectual. Como diagnóstico, es por momentos brillante y esclarecedor en conexiones complejas. Como literatura ensayística, un reto y una experiencia.

Guy Debord (vía la web de Pre-Textos)