En una razia falangista de 1937 en Getxo, un padre y su hijo de dieciséis años son asesinados. Uno de los asesinos, Rogelio, se obsesiona con la mirada que le dedica el hijo pequeño de la familia, Gabino, de diez años. Dominado por la culpa, vuelve al lugar donde quedaron los cadáveres, para descubrir que el niño los ha enterrado, ha puesto sobre ellos un esqueje de higuera, y sigue con su mirada acusadora y probablemente vengativa. Rogelio vuelve cada noche, y finalmente acaba instalándose ahí, junto a la higuera, cuidándola para que arraigue, para escándalo de sus compañeros falangistas (primero acusadores de cobardía y luego temerosos de que se descubran los cadáveres), y para atractivo primero religioso y luego turístico de gentes del pueblo y exteriores que toman a Rogelio por un ermitaño o un santón. Ayudado por una persona del pueblo y con el acuerdo en silencio con Gabino, Rogelio permanecerá allí treinta años, hasta que en 1966 aparezca el conflicto porque los terrenos son necesarios para construir un instituto.

El instituto de Getxo, según su propia página web

La higuera, novela corta publicada tras su trilogía Verdes valles, colinas rojas, es una estupenda parábola de Ramón Pinilla sobre las consecuencias de la Guerra Civil, alrededor de la venganza, la culpa y el olvido o la memoria de los asesinados, con el papel clave de lo que suponen el arraigo y la tierra. Rogelio y su posición terca ante la higuera, supone un doble juego ante cada agente interesado en la historia, aunque a quien más apela sin duda es a los miembros del bando vencedor, tan incapaces de gestionar su pasado como inmorales fueron al ejecutarlo. A Pinilla se le alarga algo la parte central de la historia, con las dificultades repetidas en el arraigo del esqueje y las algo subrayadas visitas de la mujer del alcalde y del delator de la familia asesinada. El conjunto de figuras es el mosaico ambiguo esperable en un pueblo en guerra no especialmente alfabetizado y sometido al miedo de la violencia total.

El retrato es creíble y reconocible, y a mí, desde el cercano Bilbao y nieto de personas que hicieron y sufrieron la guerra con sus peculiares matices vascos, no me sorprende. En el Instituto construido en la zona de Fadura en que se ambienta la novela hay en efecto un pequeño parque botánico utilizado, quiero pensar, para las prácticas escolares. He estado allí recientemente pero no había leído el libro y probablemente no habría reconocido una higuera de las dos que hay plantadas, que lo están en reconocimiento a Pinilla. La ironía de la resolución de la novela tal vez sea una de las más sutiles metáforas de eso que nuestros mayores callaron pero que el pasado siempre recuerda.

Ramiro Pinilla en el molino de Getxo, en 2005, en foto de Mitxel Atrio