Un elemento interesante de la Tetralogía
de la ejemplaridad de Javier Gomá (reseñada ampliamente en este blog y cuyas
entradas se recogen todas juntas en este tweet) es la ausencia completa de
experiencias personales del autor en el desarrollo de todo el texto. Tampoco
hay ejemplos concretos de experiencias vivenciales de otras personas o
colectivos, aunque sí acontecimientos históricos y referencias a personajes
pasados. Pero, tras la Tetralogía, Gomá publicó un volumen de obras
dramatúrgicas, Un hombre de cincuenta años,
compuesto por tres piezas tituladas Inconsolable, Quiero cansarme
contigo o el peligro de las buenas compañías, y Las lágrimas de Jerjes.
Cada una tiene un formato distinto avanzado en el índice (monólogo dramático,
comedia moral y tragedia, respectivamente) y se pueden leer de manera
independiente. Pero hay un nexo común: el protagonista de las piezas es un
hombre alrededor de los cincuenta años de edad que ha perdido a su padre,
asunto que es central en la primera obra, importante en la tercera, y colateral
en la segunda. A esta pérdida y su influjo en la vida de un hijo de esa edad
Gomá la denomina el sucio secreto, como si la vida estuviera esperando a
cumplir una edad para revelar al individuo con la debida crudeza su destino
real en el momento en que ya existe suficiente experiencia adulta para saber
que no hay más remedio que afrontar dicho destino, pero aún se dispone de
aceptables nivel físico e intelectual. Es, por supuesto, una generalización de
edades y géneros, pero Gomá habla ahora sí de experiencias individuales, muy
concretamente, de su experiencia personal. No obstante, muchas, muchas personas
alrededor de los cincuenta lo entiendan (entendamos) bien.
Bueno: Inconsolable entra de lleno
en esto y es pura y personalmente experiencial: es la catarata de sensaciones
tras la muerte de su propio padre, repentina en realidad a pesar de sus 85
años. La muerte del padre, también su ausencia, es un asunto cultural
recurrente; en el caso de Gomá la emoción especial que desprende el texto, que
toma la forma de monólogo (que se ha representado con Fernando
Cayo, pero del que el
propio Gomá tiene una lectura grabada, que personalmente encuentro más
emotiva), deviene de la comparación de los conceptos abstractos de quien ha
teorizado de continuo sobre el final de la vida, la corrupción del cuerpo y la
posibilidad de una esperanza, con la plasmación concreta en la propia persona
de su padre de toda su teoría, para descubrir que no existe consuelo alguno y
que por delante espera un duelo ritual insoportable. Palabras grandes como la
dignidad de una vida bella que debe juzgarse tras ser completada quedan
truncadas por los sentimientos individuales. La esperanza, a la que dedicó
probablemente las páginas más emotivas de toda la Tetralogía en Necesario
pero imposible, queda negada: el concepto no sirve para soportar el dolor y
el lenguaje quiebra en el intento de acercarse al sufriente.
El registro es totalmente distinto en Quiero
cansarme contigo o el peligro de las buenas compañías, que aborda de manera
directa en formato de comedia el aspecto antipático de la ejemplaridad, hasta
el punto de que donde el título dice buenas bien pudiera decir ejemplares.
Mediante diversos enredos familiares, laborales y personales con ambientación y
personajes contemporáneos, la obra es una contestación al concepto de
ejemplaridad desarrollado especialmente en Ejemplaridad pública al
llevar dicho concepto a una realidad práctica: un cuñado que sea literalmente
un dechado de virtudes en todos los ámbitos, públicos y privados, ante el cual
palidece cualquier intento -que acaba en ridículo- de imitación supone, para el
protagonista, Tristán, una continuidad de reproches exteriores y una rabia
humana interior poco edificante. Gomá maneja los malentendidos con
desenvoltura, y los momentos graves con ligereza, en un sainete inteligente
donde el drama de Tristán, ahogado en la ejemplaridad asfixiante de su cuñado,
consigue salir airoso con naturalidad. En El peligro de las buenas compañías
(que es el título escogido para la
obra teatral finalmente estrenada), la ejemplaridad queda reflejada como un
concepto cuando menos de ejecución ambigua.
Gomá completa esta autonegación de su
obra filosófica de manera más sutil en Las lágrimas de Jerjes. La pieza
está más alejada de lo experiencial y lo contemporáneo, y especula con la
potencial mentira del relato de los héroes atenienses en la batalla de Salamina,
cuya victoria se debió, según la obra, no a la audacia griega sino más bien a
la melancolía en que estaba sumido Jerjes entre el recuerdo de su padre y la
sensación de inutilidad de sus actos. En esta pieza hay una negación del relato
histórico de los antiguos en favor del sentimiento personal de quien no debe
tenerlos, el más poderoso de los hombres. La incertidumbre se asoma a la
imitación de los héroes, fundamento de la épica griega, ya que su ejemplo puede
no ser real, y, aun así, haberse imprimido la leyenda. ¿Cómo podemos así estar
seguros de ejercer una imitación adecuada? ¿El estable universo premoderno es
acaso falso desde su origen? Las lágrimas de Jerjes adopta forma de
teatro griego para permitirse contestar (homenajeando) al mismísimo Esquilo, y
ejecuta transiciones y diálogos entre escenas muy bien resueltas, terminando de
manera espectacularmente sentida. Es una pieza construida con gran precisión en
la que sentimiento y concepto se fusionan particularmente bien, y la he
disfrutado especialmente. No es ajeno a ello las reflexiones casuales que
contiene:
Muchos signos indican que
empieza el otoño. Estación suave y próspera como ninguna. Lo que perdemos en
flores lo ganamos en frutos. Como ocurre con la vejez.
Gomá teoriza en el prólogo de Un
hombre de cincuenta años sobre las diferencias entre los géneros filosófico
y teatral, aunque sus obras en ambos géneros hablan de los mismos temas. Lo
filosófico es clarificador de conceptos, iluminador, racional, apolíneo. Lo
teatral concreta los conceptos en personajes reales (o verosímiles) de
emociones complejas e incluso oscuras, es misterioso y dionisíaco. Sin duda
este ánimo recorre las tres piezas y es un criterio lúcido sobre la capacidad
del teatro para mostrar lo más sutil de la realidad. Pero para entender la
evolución del autor desde la Tetralogía filosófica a la Trilogía teatral es
conveniente traer a estas líneas finales factores hasta ahora no considerados:
el humor y la ironía, capacidades humanas que Gomá practica en su vida pública
(pues es notorio en sus conferencias y también en sus artículos periodísticos y
sus redes sociales) pero que no existe como capa de escritura en la Tetralogía.
¿Está Gomá parodiándose a sí mismo? No, pues la trilogía teatral no imita
realmente el texto anterior, más bien lo pone en práctica. ¿Es tal vez una
sátira de las ideas de esperanza, ejemplaridad e imitación? No es claro: dos
piezas son escritos de cierta severidad y no tienen intención de ridiculización
de las ideas, aunque el tercero sí parece criticar con cierto escarnio al
personaje contumaz prototipo de ejemplaridad suprema.
Tal vez Gomá se permite en la trilogía la
ironía debido a la severidad de la tradición filosófica, y como forma de
aplicar una cierta ligereza práctica o concreta a los conceptos universales.
Hablar constantemente de estos últimos parece elevar no sin presuntuosidad a la
filosofía como disciplina e incluso como género literario, pues la
trascendencia de dichos conceptos, la importancia dada a sus resoluciones, y la
relevancia que pueden adquirir al aplicarse al comportamiento de los hombres,
dejan escaso lugar a la distensión que la escala individual necesita. Así, raro
es el pensador en la historia de la filosofía que aplique humor e ironía en sus
escritos. La Tetralogía de la ejemplaridad ha tenido en las obras
dramáticas de Un hombre de cincuenta años la posibilidad de ser
enmendada -al menos parcialmente- por el propio autor, que ha decidido dejar
constancia de que pensar y vivir no coinciden necesariamente.




