Querida Madame Proust,

Esta larga vida de alegrías y sinsabores me ha dejado muchas experiencias y algunas personas que merecen cierta atención. Hoy me he acordado de un querido amigo, simpático
personaje de buen humor continuo, aunque de costumbres íntimas un tanto particulares. No obstante las cuales, debo decirle que si destaca por algo, si por algo será recordado en siglos venideros, es por su militancia en favor de una diva de la canción, en concreto la de la foto que puede usted ver que amablemente le envío. Me congratulo de que usted no recibe estas cartas que le envío (y nunca responde) gracias a las nuevas tecnologías, pues qué duda cabe de que ante tamaño escorzo vocal podría usted esperar un berrido que le barriese las lentes y hasta la labor de punto de cruz que seguro que está delicadamente practicando con el fin de que Marcel tenga un nuevo mantel para la cama (los pone perdidos, ¿verdad? A mí me pasaba lo mismo con mi abuela cuando le daba el gazpacho, aunque la buena mujer tenía noventa y cinco años).

Como puede imaginar, mi querido amigo, una persona que por lo demás es intachable tal vez para su propia desgracia, sufre de la conocida afección ‘síndrome de la diva’. Se lo resalto porque sé que en su educación no recibió las bienamadas direcciones que le hubieran evitado caer en esa peligrosa senda. Y por ello, debo remarcarle que no debe usted dejar a Marcel ir a esas sesiones de ópera de esa subcantante conocida como ‘la Berma’. No sea débil, esa ópera de segunda no ayudará a Marcel sino a perder el sentido. El mismo público, débil y dado a la algarabía que acompaña secuestrado de admiración a estas artistas que invaden Europa, cae rendido ante la más floja de las actuaciones de la diva, víctima del síndrome, y despojado de criterio. Marcel, muchacho de gusto intachable pero en la flor de la vida y propenso a escuchar cualquier manifestación de los sentidos, fue sensible a la necedad del espectáculo, pero se sintió arrobado ante masas aún más enfermas del síndrome que él mismo. Fíjese como lo dice:

parece que ciertas realidades trascendentales emiten en torno suyo rayos a los que es sensible la masa

Señora: le digo con esta sinceridad que sabe que me caracteriza que un Marcel arrollado por la masa enfervorecida no es Marcel. Ya, ya sé que el muchacho está anticipando el siglo de los espectáculos de masa, o que apela a la vulgaridad de los públicos enaltecidos. Pero a Marcel le ha costado setenta páginas y una conversación con un ex-ministro reponerse. Dios quiera que para bien.

Suya,
Madame de Borge