Se diría que, teniendo un grado de Doctor en Ciencias Químicas y habiendo practicado y gestionado investigación en diversas organizaciones y en diferentes niveles, un libro de historia y filosofía de la ciencia con aire de manual pedagógico como este de Alan F. Chalmers titulado ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? no incluiría demasiados misterios y cabría sin duda pensar que sería una lectura refrendadora de lo ya conocido.

Pues no.

Por supuesto, no en cuanto a los planteamientos básicos del ejercicio de la ciencia: la observación y la experimentación y su control, la relación entre hechos y teoría, la formulación de hipótesis, el método científico, incluso la hipótesis anti escéptica, y determinados aspectos históricos de la ciencia, especialmente de la física y la química, con sus evoluciones desde su nacimiento en la Edad Moderna a la actualidad. Las circunstancias aparecen cuando llegan las comparaciones interpretativas sobre cómo desarrolla su conocimiento, su intento de alcanzar la verdad, y cómo define el progreso (si es que este es más interesante que la verdad) entre inductivismo y falsacionismo: el concepto distinto de progreso que suponen, la imposibilidad de encajar totalmente en ellos los episodios históricos relevantes en ciencia, y la aparición de la concepción de la ciencia como estructura, las teorías de Thomas Kuhn sobre el paradigma, la ciencia normal y las revoluciones científicas, o las de Imre Lakatos sobre el núcleo central y el círculo protector de los programas de investigación que propone.

Todo ello es excelente y clarificador, pero son consideraciones que no forman parte de la educación del científico ni de su práctica rutinaria. Como bien dice Kuhn, en mi caso he trabajado siempre dentro de un paradigma científico controlado, en el que he hecho ciencia normal acumulativa de conocimiento en los parámetros seguros de dicho paradigma, sin ser consciente de que pueda existir otro, que en realidad me resultaba inconcebible pensar ni postular.

El final radical de todas estas teorías es la concepción anarquista de la ciencia de Feyerabend, que ayuda ya a reventar la cabeza. No estoy de acuerdo con sus ideas sobre que “todo vale” para los científicos a la hora de crear los hechos, pero sí me gusta una de sus premisas según la cual la ciencia, o tal vez mejor la práctica científica, se resiste a una teorización absoluta que la explique y prediga, ni siquiera en el desarrollo del concepto de verdad práctica llevada al progreso técnico, pues ninguna teoría de Filosofía de la Ciencia realmente se amolda a todo lo sucedido en el desarrollo y aceptación de las hipótesis científicas en el pasado de la Ciencia. Contra Feyerabend, sin embargo, me parece muy aceptable el argumento antirrelativista que subraya que aunque la ciencia no es infalible y que también responde a intereses pragmáticos que pueden sesgarla en su teórico seguimiento de la verdad y el progreso, dispone de procedimientos objetivos de verificación, falsación y corrección de errores, que le otorgan un estatus epistemológico que proporciona una descripción verídica de la realidad, cuyos éxitos predictivos no se explican meramente por un acuerdo social o un deseo de construcción de realidad.

Chalmers escribe claro y limpio y llena de ejemplos históricos más o menos conocidos todos los capítulos del libro, cuya lectura es ágil, si bien determinados conceptos pueden complicarse, y algunos experimentos como los electromagnéticos o los cuánticos son especialmente inasequibles al sentido común. Ayuda a esto la profesión, claro, pues no deja de hablarse de fundamentos del trabajo científico, su relación con la teorías y leyes que proponemos, su base en el mundo real que pretendemos conocer, y cómo el pensamiento ha reflexionado sobre el valor y características de la ciencia a lo largo de los siglos. Pero, como lectura general, es un libro clarificador y pedagógico para conocer cómo hemos teorizado nuestra interacción científica con el mundo.

Alan F. Chalmers según su foto en la web de prensa de la Universidad de Queensland.