
El título de este texto pertenece a Aristóteles, a una de sus frases más célebres de sus estudios sobre Ética. Es la frase con la que Aristóteles rechaza que la virtud tenga una concepción puramente intelectual, sino que la concibe desde un punto de vista práctico: la virtud se adquiere ejerciéndola, adquiriéndola por costumbre y convirtiéndola en hábito, mientras contribuye a formar el carácter de una persona. Constituye además la diferencia principal en el campo de la Ética entre Platón y Aristóteles, pues Platón creía que la virtud estaba sólo al alcance del filósofo porque era éste quien tenía capacidad de conocer la verdad, formulando una ética intelectualista.
Aristóteles es el primer filósofo griego que lega una Ética completa y estructurada, no tanto porque autores anteriores no tuvieran preocupaciones y propuestas morales que realizar. Por ejemplo, Sócrates es un filósofo especialmente preocupado por las cuestiones morales, tanto en su pensamiento como en su aplicación en su propia vida. Pero Aristóteles define conceptos y desarrolla los mismos de manera sistemática en varios textos a veces solapados, o probablemente corrompidos por interpretadores y traductores posteriores. Los más conocidos son la Ética a Nicómaco, la Ética a Eudimo y la Magna Moralia.
La Ética de Aristóteles se integra en un pensamiento sistemático propio general que admite de partida que la experiencia es una fuente de conocimiento en todos los campos (de nuevo frente a Platón, para quien es la razón la fuente principal del mismo). Así, en el campo de la Ética, Aristóteles admite que la experiencia y el aprendizaje son fundamentales para que cada hombre sepa ajustar su propio término medio a la hora de alcanzar la virtud. En última instancia, su inmensa capacidad de observación y su aplicación de un método inductivo y de otro deductivo sistemático permiten considerarle como la primera figura que realmente intenta una metodología protocientífica en la historia occidental. En el caso que nos ocupa, su método, al entrar en contacto con el estudio de la Ética, propone y categoriza virtudes, implementa el término medio como lugar de cada virtud entre dos extremos viciosos, que actualmente se sigue reivindicando como lección general de vida y cuyo término emparentaría con el hoy llamado “sentido común”, y proporciona múltiples ejemplos prácticos de varias virtudes.
Para Aristóteles, el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden o aspiran, y el fin o bien que busca el ser humano es la felicidad. Sin embargo, no existe unanimidad sobre la felicidad, que tiene un sentido subjetivo y dependiente de las necesidades de cada hombre. La propuesta de Aristóteles como filósofo es que el fin del ser humano es hacer lo que le es propio: no cultivar las pasiones del alma vegetativa, no cultivar las emociones del alma sensitiva, sino el logos del alma racional del que sólo dispone el hombre.
Por su lado, la virtud es una actividad práctica consistente en saber escoger el término medio. En una definición más completa, la virtud es un modo de ser selectivo (porque las situaciones son particulares siempre), siendo un término medio relativo a nosotros (ya que a cada uno corresponde definir su punto medio), está determinado por la razón (que rectifica los excesos y defectos del deseo), y por aquello por lo que decidiría el hombre prudente (que permite identificar la conducta virtuosa).
Este párrafo extraído de la Ética a Nicómaco me parece especialmente bonito, aunque sufre, como toda la obra en general de este filósofo, de sintaxis monótona, palabras polisémicas, y una puntuación difícil de concretar, todo ello resultado de características del original griego y de sus tiempos, pero también de las diversas lecturas que han interpretado su propia versión del texto y que de alguna manera han llegado a implementarse en el mismo:
Si, entonces, la función propia del hombre es una actividad del alma según la razón, o que implica la razón, y si, por otra parte, decimos que esta función es específicamente propia del hombre y del hombre bueno, como el tocar la citara es propio de un citarista y de un buen citarista, y así en todo añadiéndose a la obra la excelencia queda la virtud (pues es propio de un citarista tocar la citara y del buen citarista tocarla bien), siendo esto así, decimos que la función del hombre es un cierta vida, y ésta es una actividad del alma y unas acciones razonables, y la del hombre bueno estas mismas cosas bien y hermosamente, y cada uno se realiza bien según su propia virtud; y si esto es así, resulta que el bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y más perfecta, y además en una vida entera. Porque una golondrina no hace verano, si un solo día, y así tampoco ni un solo día ni un instante (bastan) para hacer venturoso y feliz.
Si le digo bonito es por esos elementos clarificadores preferidos de los pensadores griegos, el uso de ejemplos y metáforas que permitían asentar conceptos. Recordemos que los textos que han sobrevivido de Aristóteles no estaban pensados para publicación, sino como libros de texto para su escuela del Liceo. Hay dos metáforas hermosas en apenas diez líneas: la cítara que el buen citarista toca bien como paso a describir el camino de la virtud moral, y la golondrina que ella sola no hace verano, para indicar que la felicidad conseguida practicando la virtud es cosa de una vida entera.
Pero más allá de esto, el texto incide en varias de las ideas relevantes de Aristóteles: (1) si hay algo que distingue al hombre del resto de la naturaleza, esto es, su alma racional; (2) el hombre bueno lleva una vida caracterizada, distinguida y definida por una actividad de esta alma, y por unas acciones razonables, buenas y hermosas, y alcanza así el bien, que es la actividad del alma de acuerdo con la virtud; (3) dado que las virtudes son varias, el hombre bueno actuará de acuerdo a la virtud mejor y más perfecta; y (4) el tiempo vital: no basta con un instante, ni siquiera un día, de acciones virtuosas, para alcanzar, o juzgar si se ha alcanzado, la felicidad.
El Libro I de la Ética a Nicómaco al que pertenece el texto se dedica especialmente a proponer la felicidad como fin o bien que busca el hombre. Su foco en el alma racional preludia una vida virtuosa en la que la razón permitirá encauzar los deseos y las emociones mediante “acciones razonables”, dentro de una ética de formación del carácter, en la que se aprende a ser buenas personas con la práctica adquirida en situaciones particulares muy diferentes, acaecidas en una ‘vida entera’. Diría más, en el texto subyace cierta “construcción de un proyecto de vida” en base a la felicidad conseguida como bien de dicha vida mediante aplicación de la virtud. No es adecuado de todos modos pensar una primigenia concepción del liberalismo individualista, pues el texto de la Ética a Nicómaco, más allá de este fragmento, habla con frecuencia de sacrificios individuales (la muerte en la guerra, especialmente), y con frecuencia de situaciones bellas al referirse a los mismos, incompatibles en una medida importante con la dignidad postmoderna actual.
No obstante, la ética aristotélica y su apelación a la virtud como punto medio y a la felicidad como bien, se antoja más comprensiva hacia lo que hoy llamamos condición humana que otras éticas anteriores y posteriores. Platón, por ejemplo, sólo ve virtud en la sabiduría, negando así posibilidad ética en aquellos hombres que, según él mismo, no gozan especialmente de los atributos del alma racional, sino de los del alma sensitiva y vegetativa, sin apenas preguntarse por el contexto o las necesidades que rodean a estos. Su ética responde por tanto a una élite, y no es extraño que, al evitar la visión humana de aquellos que no dominan la sabiduría, sea calificada de aristocrática. Si damos un salto a Kant, la formulación de su imperativo categórico obliga a una regla máxima de comportamiento según el cual éste debiera ser representativo siempre de un comportamiento deseable en una escala universal. No se preocupa por el resultado de ese comportamiento, en una ética de gran exigencia a aplicar y de consecuencias complejas. Sin embargo, Aristóteles no sólo se preocupa por la felicidad (aunque el término griego original sea ambiguo para significar lo que actualmente entendemos por esta palabra) que cualquier persona entendería, sino que apela a la práctica, la vivencia común, a los casos particulares, lo que incluye el aceptar el diferente carácter de cada cual en fijar su propio término medio en la virtud, al aprendizaje y formación derivados de dicha práctica.
No es de extrañar su éxito. Que viene a decir que a ser bueno, o a actuar en conciencia, también se aprende. Qué mejor sitio que éste para ello, aquí donde tan a prueba nos ponemos.
