
Juan Carlos Eguillor tiene una merecida fama mítica en la cultura bilbaína reciente. Autor de tiras cómicas con divertidísimos personajes, entre los que destaca su carismática bizkaitarra Miss Martiartu, murió prematuramente en 2011 a los 64 años, y su figura está siendo recuperada en publicaciones, actos y ediciones peculiares de su obra. Resultado de una exposición reciente que recogía sus diferentes periodos y focos de interés fue la compra de estos dos volúmenes, Yo soy Max Bilbao y Agur, amante, los dos editados con el impulso del editor Garikoitz Fraga.

Yo soy Max Bilbao es un libro homenaje, subtitulado Semblanza de Juan Carlos Eguillor y escrito por Seve Calleja, que a partir del personaje de Max Bilbao, concebido por Eguillor como tal pero transformado aquí en heterónimo, utiliza textos y anotaciones del propio Eguillor para una biografía de un personaje que a pesar de su enorme producción se antoja evasivo. Para mí, debo reconocer, ha tenido el impacto no ya de confirmar su homosexualidad (reconocible a partir de parte de su obra) sino de sospechar en una narración no lo suficientemente velada que fue objeto de abusos en el hospital de Gorliz cuando tuvo que pasar allí unos meses siendo niño por una lesión en la pierna. La sombra de este impacto sobre sus textos y posteriores reflexiones es en parte ominosa, la narración en sus notas tiene matices de terror. La asombrosa personalidad tan positiva, dicharachera y humorística que predicaba en vida parece ahora una reacción de supervivencia ante el abismo. Es imposible interpretar la obra de Eguillor en términos oscuros (aunque sus dibujos frente al terrorismo lo son, si bien no es el tema predominante en su obra, en la que sin embargo lo político está muy presente) y por ellos posible debatirse sobre si su obra existe por convicción o por huida. Tal vez la huida corresponda más a su vida, ciertamente.

Agur, amante, por su lado, recupera varios meses de publicación de una historieta bajo ese nombre protagonizada por Miss Martiartu y el profesor Lertxundi. Se publicó durante meses en el correo durante 1995 y recoge varias de las obsesiones de Eguillor: la apología siderúrgico industrial de la ría de Bilbao en plena transformación en aquel tiempo tras el desastre de la reconversión industrial, la caótica sopa de siglas de la política vasca del momento, la confrontación entre territorios -que bien podemos llamar provinciana y que propiciaba la magnífica Miss Martiartu-, y la fijación por determinada gastronomía vasca tradicional (esa porrusalda que todo lo puede siempre prest en la cazuela). El profesor Lertxundi tiene un proyecto para sacar definitivamente a Bilbao de la crisis: encontrar petróleo en la ría. Será el primero de sus fracasos en la odisea surrealista que acompaña a su carrusel de metamorfosis, política e inventos en una Euskadi más cerca de Monty Python que nunca. Eguillor probablemente no quiso o no pudo cerrar una historia que, entre las exigencias de la publicación diaria y su propia personalidad disipada, no pudo tener el final que podría (o que no, dado lo loco que es todo). El libro es, por partes, genial y descacharrante. ¿Hay que ser de Bilbao para ello? Mejor (siempre, que diría Miss Martiartu). Aunque recordamos que Eguillor, nacer, lo que es nacer, lo hizo en Donosti.

Hoy es inevitable pensar en y rastrear a Eguillor en la figura de su sobrino, Borja Cobeaga, cuya obra en televisión y cine no necesita recuerdo. ¿Es tan visible el hilo que pudiera ir de Agur, amante a las primeras temporadas de Vaya semanita? No estoy seguro, pero el mencionado «como decía el tío Juan» de la carta póstuma de Carmen Eguillor a su hermano, recogida en Yo soy Max Bilbao, tal vez represente algo más que una intimidad familiar.
