
El efecto deseado, novela de Guillermo Alonso, es una obra con múltiples capas de lectura, estructurada para superar y abrazar, a la vez y de manera peculiar, la aparente banalidad de su trama, especialmente la inicial: la historia de Gaspar, el modesto muchacho asistente doméstico, nacido de madre soltera y criado en un hotel de mala muerte, que entra a trabajar en la casa de una adinerada viuda de Madrid aficionada a dar fiestas a sus amigos de sofisticadas aspiraciones, es un diagnóstico irónico, con frecuencia hilarante, de una determinada sociedad entre pija y millonaria, que Alonso refleja con un costumbrismo de lo adinerado en un esperpento consumista.
Pero, en una segunda capa, también es un cuento en principio desdoblado con epílogo sorpresa sobre un imposible «coming of age» de la posmodernidad, que las fajas del libro prefieren encajar en la picaresca, con sus tintes de novela de búsqueda de orígenes, de formación, y, por momentos, de aventura. Como tal debería ser una novela moral, pero es una moral descreída, eso sí.
El efecto deseado es más: es una obra metaliteraria sobre la creación de personajes que transmutan en imposturas continuadas, desde sus nombres a sus cuerpos, de sus ropas y maquillajes a sus casas, donde bajo el poder de la escritura se puede proponer todo como real y falso al mismo tiempo. La excusa es que el protagonista aspira a ser escritor, y la vida le pondrá posibilidades para ello, lo cual suena también a aspiración autobiográfica ahora tal vez ya cumplida.
A «Pandora», la primera parte del libro, no le falta nada, está ejecutada primorosamente, y en ocasiones hasta dan ganas de aplaudir: observación minuciosa, agilidad y facilidad en el retrato, ternura en la mirada a los personajes, disección social y descripción de objetos dignas de Wharton, gusto por los anticlímax (especialmente sexuales) y un espacio (la casa de Pandora donde Gaspar trabaja) y tiempo (¿Filomena como estado mental?) vívidos y de cierto aire gótico en el encierro que suponen. Este «Sálvame en casa», este “Alaska y Mario» sin pantallas, trufado de situaciones absurdas que ocultan o llenan, según se mire, un vacío vital y social, con metáforas originales y de ritmo infinito se construye bajo el punto de vista del inocente chico de 19 años, adorable y adorado, con sus pequeños detalles de justicia social y sus aprecios y desprecios menores. «Pandora» es una gloria, superlativo y sin discusión.
Después de Vivan los hombres cabales, este es el segundo libro que leo de Guillermo Alonso. Noto paralelismos: la relación del homosexual con la madre, el mencionado gusto por los anticlímax sexuales (entreveo al autor disfrutando de rebajar las aspiraciones masturbatorias de sus lectores maduros), y los finales cerrados que invitan a la relectura de hechos. Todo ello funciona bien en los dos libros, y, en El efecto deseado, dicha relectura se combina con la imaginación literaria en una reflexión que el autor deja sin profundizar -lo que habría sido contrario al espíritu lúdico que también tiene el libro- pero por el que se filtra cierta obsesión: la mentira de la vida en los personajes creados para representarla. No está mal indicar que en realidad la verdad de la vida se encuentra en las mentiras que construimos en los personajes que somos, pero hay riesgo en que tal vez sea algo mecanicista y necesariamente demasiado cerrado. Combinado esto con los personajes terminales de la segunda parte del libro -no revelaré nada- diría que, si no fuera porque Alonso con periodicidad muestra su detallismo por lo tangible -en sus artículos, en su podcast, en la peculiar pasión al describir los inglesitos de cangrejo-, apostaría porque tiene ganas de abstracción como forma última de huida de la realidad. Veremos. Este libro es tan divertido y dinámico que será difícil resistirse al siguiente.
