Han pasado 18 años desde que con la (ahora lo creo así) tierna edad de 24 años leí, en un verano de playa de los que la juventud universitaria me permitía, La montaña mágica, de Thomas Mann. Aquel Hans Castorp, personaje de mi edad, era un hombre diletante atrapado en una encrucijada de amor, enfermedad y pensamiento. Mientras él esquiaba por las laderas de los montes de Rorschach, Suiza, yo sudaba la gota gorda del verano en el Mediterráneo. Devoraba las páginas del libro, entendía perfectamente el subtexto homosexual de la historia, y me preocupaba poco por mis escasas posibilidades en el terreno, apenas me permitía un voyeurismo que ya aquel entonces sabía interpretar como espejo del del músico Von Aschenbach en Venecia . Poco imaginaba que la impresión indudablemente duradera de aquella novela me dejaría en la práctica imposibilitado para afrontar otro Mann en tantos años.

Thomas Mann ha conocido recientemente una revisión de su obra en castellano, con nuevas traducciones y la edición de sus cuentos y narraciones cortas menos conocidas . En este tiempo he seguido conociendo noticias de este novelista muerto en 1955, sin duda uno de los más influyentes del siglo XX, cuyo peso intelectual aparece con frecuencia en la historia del siglo, incluso en la de su música (nada extraño siendo el autor de Muerte en Venecia o Doktor Faustus). Algunas de esas noticias eran prosaicas: sus famosos diarios que hace pocos años glosaba Manuel Vicent en El País) revelaban de su puño y letra su ya conocida sexualidad reprimida, no completada, casi se diría que proyectada en sus hijos en cuanto a lo que significaba su anhelo de libertad, y en su literatura en cuanto a su sentido estético.

Años después, en un viaje al mismo lugar del veraneo de mis 24 años, desgraciadamente más corto, he vuelto al mismo novelista, con la que es su primera obra maestra reconocida, escrita a los 25 años, y que supuestamente es una libérrima reconstrucción de la vida de su familia de la alta burguesía de la ciudad de Lübeck. La novela se titula Los Buddenbrook, y fue el primer paso histórico hacia la fama desmedida de Thomas Mann. En ella existen ya los personajes divididos entre una pulsión interior y la representación del escándalo de su imagen exterior; la sublimación estética e intelectual del deseo todavía no me parece clara, pues no encuentro subtexto. La capacidad para llevar a una novela río la comprensión íntima de toda una época, sin embargo, sí está presente. La historia es la de una rica familia en tres generaciones que se va cerrando en sí misma poco a poco hasta acabar su descendencia, como una monarquía cosanguínea y decadente.

Desde el verano hasta ahora, he visto la fallida pero muy curiosa serie de televisión Los Mann, rodada en alemán con Armin Müller-Stahl, Monica Bleibtreu y Sebastian Koch (el estupendo protagonista de las aún más estupendas El libro negro y La vida de los otros). Los Mann parte de e incluye documentos audiovisuales varios: grabaciones realizadas a Thomas Mann, fotografías, entrevistas grabadas a su mujer o a sus hijos Erika o Golo, y, sobre todo, una entrevista larga realizada a Elizabeth Mann-Borgese, la hija pequeña aún viva cuando se rodó la serie en 2001, y con la que el realizador visitaba varios de los lugares clave de la vida de la familia Mann, incluyendo algunos en los que la misma Elizabeth no había llegado a estar. Pero… en efecto, he dicho ‘serie’, para que se entendiera ‘serie de ficción’ y no ‘documental’. En Los Mann, allí donde el documento no alcanza, el director Heinrich Breloer ficciona representando con los actores las diferentes escenas recordadas. La sensación es extraña, en cierto modo algo fría. Al plantearse hablar de los Mann, mítica familia de escritores con semejante peso en la novelística alemana, parece imprescindible usar un material documental de tan alto valor. Pero al montar en paralelo imágenes de actores para aquello que no existe en archivo (y que es sobre todo vida doméstica), se produce distanciamiento y la posibilidad de emocionarse con los personajes ‘de ficción’ es menor, fomentándose el comentario puramente técnico: qué parecido el de los actores, qué buena dirección de producción, etc…

No he sido, sin embargo, capaz de disfrutar de Los Buddenbrook. Tal vez el recuerdo de La Montaña Mágica, tal vez el hecho de que las sagas familiares hayan sido tan desgastadas como género por este siglo sobreexplotador de ficciones, me han alejado de ella, aunque la lectura fuera voraz. Hay momentos en los que me apetecía aplaudir por la perfección de la construcción, pero otros resultaban reiterativos o innecesarios, menos conseguidos tal vez, en el intento de desmitificar las glorias de una familia de apariencias más grandes que sus realidades.



