Albert Camus tiene una de las frases iniciales más potentes que nunca ha empezado libro alguno. Olvídense de García Márquez*, Austen**, Fitzgerald*** o hasta Cervantes****, que Camus por esta vez no hacía ficción. Sucede en El mito de Sísifo y su contundencia abofetea nuestra seguridad intelectual: no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía.

El escritor David Vann tuvo una experiencia traumática siendo adolescente: su padre le pidió que pasara un año con él en Alaska. El chico no quiso y se quedó con su madre en la segura California. El padre, divorciado de la madre, partió solo a Alaska, y, al cabo de unos días, se suicidó. Leí Sukkwan Island sabiendo del episodio biográfico de Vann, que se extiende como una sombra ominosa e inquietante por sus páginas, como si fuera, al decir de Camus, el único problema serio del pensamiento.
Alaska, entorno precioso para una vida imposible, vía una página de cruceros. Una foto un tanto pequeña para turismo, ¿no?.

¿Qué hubiera hecho el padre de Vann si su hijo le hubiera acompañado aquel verano? 25 años más tarde, el autor afronta los hechos con la catarsis de especular cómo sería la vida compartida de un padre, desesperado por sus fracasos vitales, y su hijo de catorce años en una cabaña perdida de Alaska durante un largo año, incluido su duro invierno. Vann ficciona, pero ya el apellido de sus protagonistas (Fenn), indica que no se quiere separar mucho de la realidad en una novela corta y contundente. La estancia en Sukkwan Island, la remota isla de Alaska donde los Fenn se instalan y que da título a la novela, se narra en dos partes prácticamente simétricas, cada una de ellas desde el punto de vista de uno de los personajes. Este juego de simetrías se extiende a la presentación de un entorno sistemáticamente indomesticable que se impone a las débiles ilusiones de los protagonistas, que escogen para sí mismos un encierro malsano y opresivo en el que reflexionar sobre el otro les devuelve a un infierno personal. Yo, además de esto, también veo la negación de una Arcadia feliz en la naturaleza, y cierta desconfianza en la institución familiar, que, no obstante, al no estar subrayadas, pueden no ser intención buscada del autor.

Como les pasa a muchos autores norteamericanos, su entrada en Europa viene a través de una Francia siempre vigilante, a la que en literatura le soy capaz de reconocer los premios que tal vez injustamente no puedo en mi país. Vann ganó el premio Médicis extranjero de novela con Sukkwan Island y con ello aseguró o aceleró ediciones en toda Europa. La novela lo merece: a su fuerte expresividad emocional hay que sumar su intención de asumir un buen riesgo en su construcción y en sus puntos de vista, y un final bien rematado. No soluciona el dilema de Albert Camus, claro está. El autor francés era un existencialista que vivió una guerra que dejó asolado el mundo; Vann debería ser un hijo del desarrollo y del progreso en un país rico y líder, cuyos males personales podrían relativizarse. Y, sin embargo, el dilema aún existe, y su novela lo demuestra con concisión.

David Vann, vía la Universidad de Florida. Un en lace que además describe el funcionamiento de algunos adelantos literarios (modestos) en los EE.UU. y que confrima que Vann sabe de qué habla cuando describe formas de navegar en Sukkwan Island.

*Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
(Cien años de soledad, Gabriel García Márquez)

**It is a truth universally acknowledged, that a single man in possession of a good fortune, must be in want of a wife.

However little known the feelings or views of such a man may be on his first entering a neighbourhood, this truth is so well fixed in the minds of the surrounding families, that he is considered the rightful property of some one or other of their daughters.

(Orgullo y prejuicio, Jane Austen)
***In my younger and more vulnerable years my father gave me some advice that I’ve been turning over in my mind ever since.

«Whenever you feel like criticizing any one,» he told me, «just remember that all the people in this world haven’t had the advantages that you’ve had.»

(El Gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald)
****En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
(El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, Miguel de Cervantes)