(esta reseña fue previamente publicada en la revista de cultura Factor Crítico)

La lectura de La banda
de la tenaza
supone una buena cantidad de sorpresas y la primera es el
propio descubrimiento de esta novela. ¿Una biblia de la contracultura, del
activismo medioambiental y de la resistencia pacífica traducida 35 años después
y prácticamente desconocida, al menos literariamente, en Europa? Pues sí, eso
es lo que tenemos entre manos. La razón podría ser que Abbey no llevó una vida
literaria, pero es cierto que eso se puede decir de otros escritores de las
corrientes (contra)culturales de los años sesenta y setenta del siglo pasado
con los que por temática y estilo tiene conexiones y que nos han llegado con
más reputación. Ambientalista de vocación, fue vagabundo, guarda forestal,
soldado en la II Guerra Mundial, estudiante y profesor de filosofía, y un gurú
del activismo medioambiental reconocido por sus ensayos y, sobre todo, por
La banda de la tenaza.

La tenaza

Cuatro amantes de la naturaleza, el filósofo cirujano Doc
Sarvis, su novia y ayudante Bonnie Abbzug, el guía mormón
Seldom Seen Smith, y el pirado ex boina verde George Washington
Hayduke deciden, tras coincidir en un descenso por los rápidos del Colorado,
unir sus fuerzas para sabotear las grandes obras que el Gobierno y las
compañías constructoras y mineras realizan en el área de los grandes parques
naturales entre la frontera de Utah y Arizona, simbolizados sobre todo por la
presa sobre el Glen Canyon que dio lugar al Lago Powell y el puente sobre el
río Colorado en la misma zona. La banda, usando los fondos financieros del
doctor, crea una pequeña infraestructura y se dedica a la quema de anuncios en
la autopista, el descarrilamiento de trenes de mineral, y la destrucción
sistemática de cuanta maquinaria pesada para grandes obras se encuentra en su
camino.

La escritura de Abbey es provocadora, literaria y, por
momentos, lisérgica –y ciertamente es contemporánea de esto último-. La
provocación alcanza la descripción de los personajes y sus relaciones entre
ellos y con su enemigo, no lejos del cartoon
a lo Tex Avery, con la naturaleza como única fuerza todopoderosa. Logra
transmitir una peculiar emoción con la animalización (o mejor, monsterización) de la gran maquinaria,
convertida aquí en un ente, odiado y destructivo, de vida propia donde chasis,
chapa, elementos articulados, líquidos lubricantes y ruidos son descritos como
espina dorsal, huesos, extremidades, sangre y gemidos. Literalmente, son
asesinadas artesanalmente con tenazas, cizallas, manteca y sirope (que se añade
a los depósitos de combustible: no es desdeñable, académicamente hablando, la información
subversiva del libro). Este elemento recuerda mucho al Quijote, quien en su
delirio convertía molinos en gigantes y los combatía. No es además el único
detalle quijotesco de un libro donde cuatro idealistas de improbable futuro
desfacen entuertos de poderosos deambulando por una tierra inhóspita. Aunque no
creo que la comparación vaya más allá, los personajes de la banda no tienen
alucinaciones, como mucho pueden ir algo puestos…

La banda en fuga

La banda consigue inquietar ligeramente al poder tecnológico
que la combate, y acaba por verse obligada a huir de él y puede, como mucho,
convertirse a la mítica del territorio del Oeste a la que pertenece tras una
persecución agónica. Abbey mira con lógica ternura a sus cuatro protagonistas
(ilustrados además por un excelente Robert Crumb, con sus miradas intensas y
cuerpos rotundos en la edición ilustrada que conmemoró el décimo aniversario de
la primera edición en los EE.UU. y recogidas en la actual edición de Berenice)
pero su lucha aspira como mucho a encarnar el Resistid mucho, obedeced poco de Walt Whitman citado en la novela.
La resistencia activa, pacifista y hedonista no parece suficiente enemigo ante
la traición del hombre a la tierra, aunque sin duda puede conseguir un
necesario aumento de la concienciación individual, que el libro de Abbey logra eficazmente
con humor e ironía.

La experiencia literaria es por momentos sublime en lo
artístico, con metáforas logradas para la carne, la tierra, la máquina y el
metal, por no hablar de la visión del mundo, las organizaciones y el individuo,
integrados en una farsa que se olvida del origen de la vida, pero en la que no
se subraya innecesariamente el valor de la acción ni se apela a la denuncia
bobalicona. Ahora bien, ¿cuál es el resultado para el castigado medio ambiente?
Toda acción humana tiene una consecuencia medioambiental y resulta irónico, visto
casi cuatro décadas más tarde, que para defender el territorio George Hayduke
perfore los depósitos de aceite de las máquinas saboteadas para que la tierra
lo engulla, cuando ahora sabemos que lo hará tan bien que no podrá eliminarlo
en siglos. Algo que en 1975, más centrados en la contaminación del aire,
probablemente no se consideraba tanto dentro de los problemas medioambientales.
Sin que esto sea apelar a que estas acciones supongan ecoterrorismo, del que se
acusó a los activistas del monkeywrenching,
ya que el término es engañoso. Abbey, además de afirmar que nunca propuso
acciones terroristas, ironizó siempre sobre el hecho de que los estados y
corporaciones industriales que actuaban sobre un medio indefenso que se ve
obligado a proporcionar recursos sin descanso no estaban legitimadas para usar
alegremente el término terrorismo.

¿¿¿El quéwrenching???
Sí, en efecto, la influencia de este libro es tal que el término monkey wrench, que literalmente
significa llave inglesa y que en castellano se traduce como sabotaje, denomina
ahora el activismo medioambiental cuyas acciones y eficacia siguen siendo
objetos políticos de discusión. Un indicio más de lo extremadamente único de
este libro lúcido, divertido y magnífico que es La banda de la tenaza, es decir, The Monkey Wrench Gang.

Edward Abbey (vía)