Solar es la
novela de Ian McEwan que sigue a On Chesil Beach, la emocionante pequeña
pieza que narraba la terrible noche de bodas de una pareja de la reprimida
Inglaterra de los 50. Para los lectores Solar
es una novela esperada, y para el autor un desafío frente a los excelentes
resultados de la anterior.
Solar es la
historia de Michael Beard, un físico británico ganador del Nobel a principios
de los 70, director de un centro de I+D dedicado a las energías renovables en
el Reino Unido. Casado cinco veces, su caótica vida personal se enfrenta a que
por primera vez su mujer le es infiel, lo que interfiere seriamente en su
trabajo. En ese momento y delante de sus narices sucede un accidente que obliga
a Beard a tomar una decisión moral de profundas implicaciones personales y
profesionales. La novela relaciona (y retuerce) continuamente ambas facetas de
Beard, personal y profesional, usando la física y su belleza determinista como
espejo del desastre de alcohol, mujeres, infravivienda y obesidad en que Beard
vive, y lo hace en tres momentos temporales, 2000, 2005 y 2009, incorporando
banalmente elementos exteriores (desde la recesión económica al triunfo de
Obama), localizaciones geográficas significativas en el cambio climático, y
llegando a un clímax con la única salida posible, pero sin resolver, al menos,
la parte científica de la trama.
Michael Beard es un personaje tópico e indefendible, de una
psicología muy directa y plana, con varios lugares comunes de reconocimiento
demasiado fáciles. McEwan no lo hace potencialmente más interesante y tal vez
sólo una radiografía del viejo elefante que vive del éxito pasado, sin ideas,
ganas, ni posibilidades de hacer nada nuevo alcanza en algún momento fugaz un
halo trágico tanto para el protagonista como para el mundo que le acoge (en
este caso, el de la innovación energética y su burbuja de farsantes apenas
esbozada por McEwan).
La suma de diseño de estructura y personaje hunden a Solar en el terreno del best-seller
convencional del que le sacan a veces los destellos de lucidez de McEwan, cuando
Beard reflexiona sobre sí mismo y su brillante pasado, o la integración de las
explicaciones físicas de la trama, y como lector me ha dejado profundamente
indiferente, aunque por supuesto, se siga y se consuma sin desagrado.


