
No he conocido a Banksy sino por los libros que veo en las librerías; en concreto, en las de gran consumo que son cadena. No sabía si era exactamente una persona, un colectivo, o acaso otro fraude postmoderno.
Banksy hace reflexiones demasiado interesantes en su obra como para que la sociedad biempensante y aburguesada que consume arte le despreciara como simple ejecutor de vandalismo. Podrán ser tartufos, pero no son tontos como para ver que su obra gráfica contiene un humor subversivo e irónico (tanto por la temática como por la colocación, ya que la elección del espacio rara vez es inocente o al menos inintencionada), y un potencial estético considerable. En cierto modo, Banksy pretende devolver el arte y la calle a los desfavorecidos, y, como defensor del graffiti como epítome de lo público en la creación artística, lo encumbra como el arte más democrático (que no necesita entrada) y revolucionario (al querer cambiar el urbanismo, tan querido por los ayuntamientos tan deseosos de negocios inmobiliarios). Todo esto es lo esperable, en cierto modo lo tópico. Él quiere seguir en la calle, critica a los que desean su arte, ¿qué puede hacer si gusta a los que quiere criticar?
Todo esto está muy bien explicado por otros en la red. De hecho, esta entrada está siendo espantosa, porque veo que todo lo que he pensado ya ha sido antes escrito, y no es que uno no sepa que muerto Homero sólo ha habido plagiarios, pero una constatación tan directa resulta cruel. Se ve que he escogido un tema que por sus características es propicio para el análisis webero. Así que intentaré darle otros matices a Banksy…

En parte, Banksy hace la rosca a la hipocresía del coleccionismo de arte. Gente estupenda que se molestará de que pongan un manicomio junto a su casa pero se alegrará de ver pintadas de locos suicidándose en la ventana de uno de ellos. Banksy les hace sentirse inteligentes, mucho más modernos de lo que ya se consideran, de visión estética más abierta, para que con un mohín de incredulidad reflexionen sobre dónde va el mundo y cómo aún quedan almas libres y valientes que lo denuncian. Algo así como salir sintiéndose estupendo después de una ración de cine social de Guédiguian o Loach, para después no hacer nada, claro. Claro que Banksy intentará pintar sucias ratas en grandes mansiones, pero parece que sus éxitos se circunscriben sólo a las molestias a las instituciones. Que no es poco, admito, pero en nuestro cinismo postmo no deja de ser algo de aceptación fácil…

Yo soy un aficionado generalista y escaso al arte, y a bote pronto sólo me han salido Basquiat y Haring. Keith Haring, que aspiraba no sólo a exponer sino a ser reconocido entrando en mercado como buen artista pop –no lo llegó a conseguir porque el arte consolidado lo rechazaba y él murió muy joven- llegó a pintar en superficies de todo pelo (incluida la piel de Grace Jones), o sobre el muro de Berlín, donde dejó entre otras cosas uno de sus ángeles. Se conservan partes del museo de Berlín, y algunas se dedican a exposiciones de arte callejero, aunque parezca contradictorio. Sin embargo, la obra de Haring desapareció de la ciudad con la destrucción de gran parte del muro. No sé qué opinaría Haring de ello, pero he pensado en él al ver las fotografías con las obras pintadas por Banksy en el muro de Cisjordania. Que deben ser destruidas, no tanto por esas protestas palestinas que dicen que la vergüenza del muro no debe ser embellecida artificialmente, sino por… bueno, por motivos obvios, supongo. De nuevo, sería un posible deseo del artista que entre sus tareas tiene el constatar en duración el período que las autoridades suelen dejar que sus obras permanezcan para el público…





