
Invitan a Virginia Woolf a cosas. Le presentan solicitudes, demandan su influencia, requieren de su conocimiento, de su dinero. En un caso (A Room of One’s Own, Una habitación propia) le solicitan dar una charla sobre el tema “Mujer y ficción”. En el segundo (Three Guineas, Tres guineas) le envían una fotografía de ruinas y muertos de la Guerra Civil Española, y demandan de ella qué se puede hacer para prevenir las guerras.
En ambos ensayos, Woolf da una respuesta que toma una acción francamente militante, y diría que, sin ser disonante del todo con su tiempo, metodológicamente pertenece a, o al menos se observa con mayor frecuencia en, varias décadas después. La autora realiza una deconstrucción de la pregunta desde el punto de vista feminista, y elabora un discurso sobre lo que supone la apelación que le hacen, su sentido, y la posibilidad y justicia de las respuestas.
En Una habitación propia esta apelación es clara y procede del tema mismo de la propuesta. Acepta dar una charla sobre “Mujer y ficción”, que se prolongó y se convirtió en dos, y Woolf no reflexiona necesariamente sobre lo esperable: la contribución de las mujeres escritoras en la literatura inglesa. Más bien hace lo inverso: reflexionar sobre por qué las mujeres realmente no han podido aportar mucho, o casi nada, a la literatura inglesa. Las razones son conocidas como un clásico, o, al menos, la que Woolf considera principal y que usa para titular este ensayo publicado tras las charlas: la imposibilidad de disponer de un cuarto propio motiva que las mujeres, cuyo ocio se debe siempre realizar en la sala común de la casa, estén eternamente disponibles a las necesidades de la familia, tengan negado el derecho de concentración inherente a la escritura, y vivan al servicio de la casa y sus habitantes. Tras esta razón, no obstante, figuran de modo destacado las económicas, directamente relacionadas: las mujeres ni disponen de rentas, ni pueden obtenerlas, ni pueden vivir del trabajo de escribir. En semejantes condiciones, ¿para qué iban a aprenderlo y ejercerlo o apreciarlo? ¿Cómo esperar entonces que exista una “mujer y ficción” de la que hablar?
Wolf explica su proceso de documentación. Ha buscado en las bibliotecas de Londres, especialmente en el British Museum, los escasos vestigios de literatura inglesa (y otras) escrita por mujeres. También ha encontrado los dictámenes masculinos sobre la capacidad de las mujeres para la literatura, y, bueno, no ha encontrado palabras bonitas. Por su lado, aparte de algunas pioneras de las que se conservan cartas en las que Woolf aprecia claramente la frustración de vocaciones literarias con frecuencia traducida en rabia, Woolf expone casos de mujeres que debieron ganarse la vida con la escritura, hasta llegar a las cuatro grandes del siglo XIX, en las que se detiene más: Charlotte Brontë, Emily Brontë, George Eliot y Jane Austen. Las considera pioneras e inventoras de una tradición, puesto que no contaban con referentes anteriores que pudieran servir de base a una literatura que necesariamente se escribía desde otra posición. Entre ellas, a las que analiza conjuntamente, gusta de destacar a Austen, en cuya escritura no es capaz de hallar rasgos del resentimiento de género que aprecia en las demás, y considera que su genio consigue superar al fenómeno, y que solo cabe lamentar que debido a una muerte prematura no rindiera una obra de madurez aún mayor.
La aparición de ingresos por el trabajo de escribir también por parte de mujeres y las reglas que permitían trabajar a las mujeres adultas casadas multiplican el número de autoras en el siglo XX y hasta el momento en que Woolf escribe. Su repaso a algunas de las obras recientes se sorprende de los modismos y contenidos de las autoras nuevas. Se congratula por ello, pero la tesis final del libro, frustrado el esperable contenido de la conferencia, es clara: no existe realmente una categoría que pueda llamarse “mujer y ficción”. No existe realmente una categoría que pueda llamarse mujer y ficción si no existen condiciones económicas, de recursos, de privacidad, para que la mujer realmente llegue a la ficción en este mundo. Woolf no lo adjetiva en exceso frente a Tres guineas donde “patriarcal” es palabra profusa.
Tres guineas surge de la petición que llega a Virginia Woolf de aportar lo que le fuera posible contra la guerra y para prevenirla. La carta inicial, escrita por un abogado, parece solicitar su opinión experta además de su contribución económica, y envía también una foto de cadáveres y ruinas de la Guerra Civil Española. Pero las referencias a España no pasan de ahí: esto no es una crónica bélica ni combatiente por España, a pesar de que las sinopsis habituales de Tres guineas parecen dejarlo caer.
La respuesta analítica de Woolf a esta petición se asemeja bastante a la dada en Una habitación propia: ¿por qué le llega semejante petición? ¿Qué puede hacer una mujer, heredera de siglos de desprecio, de falta de consideración, para ayudar o prevenir una actividad diseñada, decidida, aceptada, y ejecutada por hombres? ¿Cómo olvidar además que los hombres que dirigen estas actividades son poseedores de una educación excelente?
La educación y las clases, los ingresos de la mujer y su apenas capacidad de inversión, son también recurrentes en Tres guineas, que incorpora además algunas descripciones de masculinidad con cierta mofa, incluyendo fotografías de vestimentas militares y describiendo el gusto de los hombres por el oropel. La relevancia de la educación (no existe texto previo a la segunda mitad del siglo XX que al analizar la situación de la mujer no lo subraye) es enorme y se centra en la comparación de las “hermanas del hombre educado” con las posibilidades y decisiones de sus hermanos, esos hombres educados. Woolf duda de que educando a las niñas en efecto se pueda prevenir la guerra, pues son precisamente los valores de estos hombres educados los que allí se fomentan. La petición sirve a Woolf para justificar nuevas visitas bibliográficas en las que confirma claramente la visión misógina de siglos y siglos. ¿En tales condiciones, qué sentido tiene preguntarle a ella por parte de un hombre educado cómo prevenir la guerra, cuando ella misma sufre como mujer una dominación cruel y fascista?

Woolf está de acuerdo finalmente en aportar dinero (la simbólica guinea que ya no se usaba como moneda, pero que conserva aromas coloniales en su denominación) para financiar educación femenina, y para la firma y publicación de un manuscrito antibélico, pero no está de acuerdo en participar en una sociedad de notables contra la guerra, que Woolf cree fuera del lugar, prefiriendo más bien la fidelización de su sociedad de outsiders que no tuviera tantas conexiones con las creencias violentas de la sociedad actual y permitiera la ejecución efectiva de un cierto pacifismo de su época, en el que militaba. En estos outsiders Woolf implicaría la tercera guinea…
Por momentos el estudio de Woolf, los dos ensayos aquí comentados, anticipa con especial lucidez circunstancias actuales de la discusión de género, aunque esto no debiera ser extraño en la autora de Orlando. A la par que conecta con su antecesora Mary Wollstonecraft en el reconocimiento de problemas de base, su mirada tiene ya la combatividad de quien ha vivido como coetánea el desarrollo del sufragismo. Sus exposiciones de motivos son, además, de documentación profunda y relevante, que parte además de un conocimiento significativo de la literatura de su país. El texto, los textos, son riquísimos en el uso de referencias literarias y modismos de cultura británica del momento que en la lectura en inglés suponen un reto. Tres guineas, además, tiene una prolija colección de notas que impide que cualquier opinión de Woolf quede como gratuita.
Los ensayos de Virginia Woolf son vehementes y convencidos. Tal vez no se beneficien de su carácter previo de conferencias a la hora de su edición y transcripción, pues son algo repetitivos y especialmente Un cuarto propio parece falto de estructura. Me es complejo saber si se debe al origen del texto en una conferencia, o a la propia dispersión que a veces anida en los textos de Woolf. La que probablemente le ayudaba también a encontrar soluciones brillantes a según qué situaciones dramáticas.
Todo ello no resta ritmo a una argumentación inteligente e inapelable de una escritora prolífica que al analizar su tiempo revelaba una discriminación indecente con una exposición atemporal.
