Adorar a Spinoza es un lugar común en la filosofía, tal vez algo convertido en tópico. Este libro está concebido de manera peculiar y a ello debe también su fama: es un tratado de ética construido según el método axiomático de la geometría euclidiana, y que, a partir de axiomas y definiciones de partida, propone proposiciones que se van demostrando paso a paso, haciendo uso sistemático de dichos axiomas y definiciones, y de las proposiciones anteriores. Las demostraciones pueden además contener corolarios y escolios. Las referencias internas se multiplican. Y allí donde la conclusión es inevitable, el párrafo termina con un contundente CQFD (Ce Qu’il Fallait Démontrer) equivalente al latinismo QED (Quod Erat Demostrandum) del castellano. Hay infinitas ediciones del libro. Esta es la traducción que Manuel Machado hizo desde el latín original.

La Ética demostrada según el orden geométrico no fue publicada en vida de Baruch Spinoza, judío de origen sefardí que nació en Ámsterdam y que fue expulsado de la comunidad judía de la ciudad a los 23 años por sus ideas heterodoxas. Se le acusó de ateo, aunque la omnipresencia de Dios como sustancia única en sí en la Ética lo negaría. Entre las situaciones metafóricas de su vida me gusta especialmente que, para ganarse la vida, trabajara puliendo lentes nada menos que para Christiaan Huygens, y probablemente participara con ello en el triunfo de la teoría heliocéntrica.

En 1907, Samuel Hirszenberg retrató a Spinoza paseando y leyendo a la vez, mientras la comunidad judía de Amsterdam, que le había excomulgado, se horrorizaba con mirarle.

Spinoza es un racionalista puro del siglo XVII, algo más joven que Descartes (al que critica incluso mencionándolo personalmente en la Ética) y algo mayor que Leibniz. En su Ética, entre las primeras definiciones, enseguida encontramos su particular idea de Dios, tan escasamente entendida que se le tildó de ateo:

“Entiendo por Dios un ser absolutamente infinito, es decir, una substancia constituida por una infinidad de atributos de los que cada uno expresa una esencia eterna e infinita.”

Así, frente a Descartes y de modo escandalosamente diferente, no encuentra a Dios en el camino de la razón y para asegurarse que el mundo exterior no puede sernos una engañifa sospechable desde la duda metódica, sino que Dios se encuentra ahí desde el principio, como definición. Si bien la definición es filosófica, “substancia con infinidad de atributos” y “esencia eterna e infinita”, como parte de la definición primera y evidente, que en su caso no necesita demostración pues precede en el orden geométrico a las proposiciones, y, por ello, alejado de un Dios personal, providente, u ocupado por los problemas del mundo real. De esta sustancia única, además, Spinoza dice que todo en la naturaleza participa de ella: todo lo que es, lo es en Dios, en la naturaleza en efecto o Natura Naturata. Pero Dios, que es sustancia libre y existente en sí misma, es esencia pura, naturaleza como causa, Natura Naturans.

No es extraño que tuviera cuitas a partir de este panteísmo de corte neoplatónico, pues que todo sea Dios da problemas a las religiones del libro. También el profundo determinismo que supone que todo se deduzca de la definición primera de Dios y que estemos sujetos a sus leyes y lógicas esenciales. No hay cielo religioso, no existe teleología o finalismo en Spinoza. Parece con frecuencia una concepción más cósmica que histórica, es una divinidad lógica.

¿Y por qué todo esto es ética? Es una pregunta que el lector se hace bien durante más de 100 páginas dedicadas a apuntalar esta metafísica de Dios y del alma, con la que además vuelve a contradecir a Descartes, pues Spinoza propone que cuerpo (extensión, la res extensa cartesiana) y alma (pensamiento, la res cogitans cartesiana) son atributos de la misma cosa, dos formas distintas pero no separadas de percibir la realidad. Todo esto le es útil para introducirnos en los modos y atributos de la substancia pura y en las afecciones y pasiones de ellos derivadas, que afectan al ser humano en cuanto poseedor de un alma afectable y no separable de su cuerpo. En cierto modo (partes III y IV del libro), Spinoza despliega un abanico psicológico del comportamiento humano, sus fortalezas y debilidades, definidas en afecciones principales de Gozo y Tristeza (más ejecutadas por necesidad lógica que por propósito individual) que resulta de profundo conocimiento, y de donde surgen, obviamente, los exitosos extractos de frases de Spinoza (ejemplo: “el Deseo es el Apetito con consciencia de sí mismo”, escolio de la proposición IX de la parte III)), y la sensación de tierna visión ordenada y de raigambre lógica de la humanidad, que sin duda es componente principal de la fascinada simpatía que Spinoza despierta en sus colegas de siglos posteriores. Un humanismo “lógico” que, no obstante, tiene matices pesimistas: no son pocas las veces en que ve a su alrededor comportamiento más afectado por las pasiones que por el conocimiento, por decirlo en sus términos.

Como libro deductivo, la Ética de Spinoza es fascinante. Obsérvese aquí este diagrama de conexiones entre las proposiciones, demostraciones, escolios y axiomas en las diferentes partes del libro. Hasta cierto punto parece un poema épico que se desarrolla de modo inexcusablemente lógico y ordenado, reflejo de un universo que debería ser límpido. Pero es también una lectura esforzadísima y que requiere voluntad. A mí me asaltó con frecuencia el pensamiento del enorme talento aquí empleado y que tal vez no fuera tan necesario, o aprovechado por la humanidad, dado que no queda nada para que tanto el empirismo británico como la Ilustración modifiquen drásticamente los «axiomas de partida”. Y sin Dios, la Ética se resiente, incapaz de encontrar el nexo de las descripciones morales que incluye. Pero mientras Spinoza redactaba este libro de diseño prodigioso y se afanaba en escudriñar el corazón humano, también pulía lentes para escudriñar mejor el Universo, y que Huygens formulara la teoría ondulatoria de la luz, o descubriera los anillos de Saturno. Un corazón científico se debate entre el Spinoza de la gloria filosófica y el trabajador anónimo de un momento de gran ciencia…

Cuadro de Barend Graat, supuesto retrato de un joven Spinoza.