
Aunque un número menor de traductores e interpretadores de su obra no lo hace así, suele traducirse el título del icónico libro de Arthur Rimbaud Une saison en enfer por Una temporada en el infierno, en vez de Una temporada en infierno, donde ‘infierno’ no es tanto un lugar con las resonancias religiosas que todos reconocemos sino, más bien, un estado de ánimo o tal vez un momento de la conciencia. A mí me ha resultado inevitable pensar en Rimbaud al leer Ciudades en que no vivo, de Jaime del Fresno, otra de esas apuestas de niñosgratis* por la literatura queer de bolsillo.
Tampoco es que esto sea descubrir una clave oculta: sin decir su nombre, Rimbaud está presente en una de las entradas del libro. Entrada de un diario, que es lo que es el texto, un diario poético que recoge 15 meses de la vida de un chico innominado, autor en primera persona del diario, de unos 20 años, que en esos meses viaja entre Madrid, París, Londres, Génova y Turín, arrastrando consigo sus útiles de escritura (un cuaderno verde, cartuchos de tinta -pues escribe a pluma-), y sin más oficio que visitar parques y cementerios donde leer, escribir y practicar, aparentemente, un cruising algo solipsista. También robar algún libro, visitar o recibir amigos, fumar, amar, besarse y dormir con otros chicos, y, sobre todo, escribir poetizando su vida evasiva en ciudades icónicas sin iconos, que pulsan en él un ánimo retraído pero lírico, de aire chocante, incluso por lo desdigitalizado, en las urbes modernas que invariablemente visita.
¿Y por qué Rimbaud? Por la juventud errante -aunque no desatada-, la sexualidad fácil -aunque no descarada-, y porque su mención sucede en un capítulo, casi el único, que contiene más reproche doloroso ante la ruptura con un hombre que la suave resignación algo afectada de los demás casos, en ocasiones tan fugaces que parecen imaginados. También, por supuesto, por las imágenes y la capacidad metafórica que vuela de narcisos a farolas y de los cementerios a la tinta, más allá de la literatura velada que se cuela en varios momentos. La obsesión principal es, no obstante, el propio proceso de la escritura, de obligación casi infecciosa, también su mecánica, con la necesidad impulsiva de practicarla, con inspiración en cada esquina -o tumba, o cama- y la conciencia de camino por abrir pero de destino incierto.
El título parece una mención a cierta aspiración de asentamiento. Pero tal vez también a un signo de los tiempos: ya parece imposible vivir en algo antes distinguible como ciudad. Prefiero de todos modos pensar en esa interpretación de la ausencia del artículo de Una temporada en infierno. El vacío de no vivir realmente en donde se habita física pero coyunturalmente es también una llamada al mundo de una poesía alejada de lo fijo y establecido, como estado de ánimo volátil, o como lugar mental en el que sí se puede vivir, incluso ser.
