Yo fui un adolescente existencialista. Esta confesión hoy es simpática y tal vez algo ñoña, pero parte del sentir adolescente encaja bien con la filosofía del existencialismo: la angustia de vivir, el llamado angst, la primera libertad de cierta pureza, el sentirse arrojado al mundo sin haberlo pedido… Pasados los años estoy convencido de que la literatura existencialista no es especialmente buena para la formación juvenil. No hablo de las obras filosóficas (que también), sino de los géneros novelístico y dramatúrgico que los autores del movimiento emplearon para una mayor expansión de sus teorías. Novelas como La peste, o El extranjero, de Camus, por ejemplo, si hablamos de existencialismo reciente. Pero si pensamos en sus raíces, el Dostoievsky de Crimen y castigo o de Memorias del subsuelo, o en España, El árbol de la ciencia, de Pío Baroja. Libros donde la desesperanza y casi la parálisis pasean a sus anchas, donde el asesinato sin motivos no es raro, y donde el suicidio abunda. El tratado de Camus titulado El mito de Sísifo empieza con la famosa frase:

“No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía.”

La novela El lobo estepario, de Hermann Hesse, que pretendió minimizar los suicidios en Alemania inventando un personaje, el lobo estepario del título, que tenía decidido suicidarse al cumplir los 50 años, se convirtió para su horror en un manual de planificación de suicidios…

Así que de estas lecturas procedo, que pueden dejarle un poso de alma negra al adolescente sensible, y yo lo era. Además, estudiaba en un colegio católico, y determinado existencialismo representa una crisis un tanto tardía entre fe y razón, que en parte está en Kierkegaard pero que es muy explícita en el Unamuno de Del sentimiento trágico de la vida. El existencialismo francés de mediados de siglo es profundamente ateo y relativista. Pero es interesante explorar la relación entre el teísmo y la libertad en el marco del existencialismo.

Dice Jean-Paul Sartre en su ensayo El existencialismo es un humanismo:

Dostoievski había escrito: «Si Dios no existiera, todo estaría permitido». Éste es el punto de partida del existencialismo. En efecto, todo está permitido si Dios no existe y en consecuencia el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. No encuentra, ante todo, excusas. Si en efecto la existencia precede a la esencia, no se podrá jamás explicar por referencia a una naturaleza humana dada y fija; dicho de otro modo, no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad. Si, por otra parte, Dios no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta. Así, no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, ni justificaciones ni excusas. Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré al decir que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace.”

Sartre escribió El existencialismo es un humanismo en 1946, para responder a las críticas que el existencialismo, corriente de la que Sartre era un autor principal, recibía por parte del cristianismo y del comunismo. Para la conclusión de la ‘condena’ a la libertad, en el texto, se parte de la inexistencia de Dios, pero también de que la ‘existencia’ precede a la ‘esencia’, y que, por tanto, no hay una naturaleza, o esencia, humana dada y fija. Esto es muy relevante porque resulta clave para entender el relativismo surgido de la Segunda Guerra Mundial y que aún prevalece: sin Dios y sin una naturaleza que determine al hombre, éste queda sin justificaciones ni excusas para su comportamiento. El hombre ha sido ‘arrojado’ al mundo, en el que tiene que desenvolverse en libertad, sin mandatos a priori que seguir, y con responsabilidad propia. De ahí la condena.

Sartre escribe de modo pesimista y frustrante, dice de continuo ‘abandonado’, ‘arrojado’, ‘condena’, ‘excusas’… No es extraño que sea acusada de ser una filosofía desesperanzada, o al menos con aprecio por los términos trágicos. Pero hay una parte positiva de la propuesta de Sartre: la libertad como condena supone implícitamente una libertad compartida por todos y cada uno de los miembros de la humanidad: es universal; es también una libertad ontológicamente necesaria e innegable, y, así, si admitimos que el hombre se construye a sí mismo durante su existencia (al preceder ésta a la esencia, al existir antes que ser), la condena terminará significando madurez y superación constructivas al individuo, si es capaz de afrontar su vida y no refugiarse en actuar de lo que Sartre llama ‘mala fe’ (engañarse a sí mismo para evitar asumir dicha libertad). Sartre, además, no está lejos de dar un crédito relevante de confianza al individuo para desenvolverse.

Que el hombre esté condenado a la libertad es una idea aparentemente paradójica, pues el uso compatible de los términos condena y libertad no es común. Que la libertad pueda definirse así, como una condena (algo en principio desgraciado para el azar personal), es opuesto a la tradición filosófica, pero también a las consideraciones legales sobre la privación de ‘libertad’, ya que es posible inferir del uso del término ‘condena’ los conceptos de cargar (legalmente, al menos) con una culpa y haber sido sentenciado. Pero es una de las ideas centrales del pensamiento de Sartre. La potencial inexistencia de Dios se la sirve Dostoievsky a Sartre, pero filosóficamente remite necesariamente al pensamiento de Nietzsche y su ‘Dios ha muerto’, y, sobre todo, a las consecuencias trágicas que Nietzsche le daba a esta desaparición de Dios que postuló. Sartre también lo cree así: no es posible desentenderse sin más consecuencias de Dios y una moral laica que lo haga así es en realidad imprudente. En realidad, ‘sufrir’ esa condena al ganar la libertad es precisamente reflejo de estas consecuencias trágicas.

En realidad, puede encontrarse otro precedente menos esperable en el pensamiento de Sartre a la hora de comentar que el hombre debe afrontar su libertad en todas las consecuencias, como es el precepto de Kant al hablar de la Ilustración y su efecto en la mayoría de edad del hombre. Según Kant, y tal y como define en ¿Qué es la Ilustración? (1784), el hombre había vivido en un periodo infantil hasta la Ilustración, dado que sus decisiones estaban mediadas por el uso interesado de personas e instituciones que regían el poder sin considerar al individuo, y que impedían que éste pudiera usar la razón por sí mismo. La Ilustración les ‘arroja’ a la mayoría de edad. Pero los contextos son distintos y tanto Kant como Sartre son pensadores de sus épocas. En el caso de Kant, la que inicia el periodo de los grandes progresos técnicos y científicos, la que está poco a poco venciendo al Antiguo Régimen. Kant es un filósofo más bien constructivo y no mata a Dios, y acepta su existencia dentro sus postulados de la razón práctica, pero lo hace con una descripción de tono utilitario (como ‘demanda de la praxis humana’ o como posibilidad de una vida ulterior con dicha, especialmente para quien ha sido desdichado en este mundo a pesar de haber tenido un comportamiento moral) y admitiendo que no es posible conocer la existencia de Dios ni deducir que sea la causa originaria del mundo y sus habitantes.

Sartre inevitablemente arrastra el pesimismo de su época. Es obviamente deducible del momento en que escribe El existencialismo en un humanismo, 1946, tras el impacto de la II Guerra Mundial. Dos brutales guerras mundiales en 30 años habían sin duda supuesto una decepción profunda de los postulados esencialistas que las naciones, profundamente identitarias, utilizaron para movilizar a sus tropas. La falta de confianza en estructuras e identidades capaces de arrastrar a millones de personas a la muerte era enorme, una guinda definitiva al discurso crítico de la modernidad. La paradoja de la condena de la libertad y los postulados de Sartre en favor de una moral de la situación se enmarcan en este contexto.

Hubo un filósofo de su tiempo y contexto que se sintió interpelado por el texto de Sartre, Martin Heidegger, que incluso escribió su propio artículo sobre el humanismo, titulado Carta sobre el humanismo, y lo publicó por primera vez en 1947. Su texto es un estudio histórico del concepto del humanismo, pero confronta directamente el escrito de Sartre en varios momentos, en lo que suponía la principal réplica de Heidegger, ya que Sartre era un autor vivo y en activo mencionado en un texto en que el resto de las referencias pertenecían a autores clásicos, casi todos de la tradición germana (Kant, Hölderlin, Hegel, Marx, Nietzsche).

En el conflicto entre esencia y existencia, Heidegger había ya propuesto en su obra que “la esencia de la persona consiste en su existencia”, pero se muestra en desacuerdo con la interpretación de Sartre al respecto y replica que Sartre postula sin mayor recorrido que la existencia precede a la esencia, proponiendo una frase metafísica que no indaga realmente en la verdad del ser. Heidegger no toma en cuenta, no estudia, las conclusiones de Sartre, porque por definición éste plantearía incorrectamente la naturaleza del hombre: si se entiende el humanismo como el esfuerzo del hombre por tornarse libre para su humanidad y encontrar en ella su dignidad, el humanismo variará en función del concepto que se tenga de ‘libertad’ y ‘naturaleza’ del hombre.

Las densas argumentaciones de Heidegger no aclaran realmente el contenido potencial de una ética que pudiera aplicarse a la vida práctica. El relativismo de Sartre, inferido de la falta de normas y referentes y la necesidad de construir la propia existencia vital, puede parecer la respuesta. El no determinismo de Sartre, que concede a la libertad individual un enorme poder, es la premisa vital del hombre occidental actual. Y esto sucede incluso a pesar de los avances de la neurociencia, que a la par que niega el libre albedrío con resultados científicos, admite que es imposible la vida humana sin el mismo, o al menos sin su ilusión, y que no por ello el comportamiento humano es precisamente predecible de manera sencilla.

La opción de Sartre no es tan disruptiva como pudiera parecer: recoge tradición cultural y pensamiento generado décadas antes, aunque probablemente su tono y su potencia expresiva dan lugar a una gran contundencia. La idea de la inexistencia de Dios es descarnada en sus consecuencias trágicas, pues no será sencillo para el hombre asumirlas, y, en ese sentido, ¿sin un ser superior se es más libre, aunque sea por condena? La confianza que Sartre, no obstante, muestra implícitamente en el individuo ciertamente no la merecían en 1946 las naciones o las ideologías o las etnias. Pero dudo que la experiencia individual de la libertad sea, psicológicamente, la de una condena. Sería precisamente el sentido adolescente de afrontar la angustia de su ejercicio.