
Toda la fama que precede a este pequeño tratado filosófico escrito hace 1.500 años y publicado con el primor adecuado (esa portada maravillosa con la pintura del maestro de Coëtivy) por Acantilado es más que merecida. Creo que son dos las causas principales para ello.

En primer lugar, la peculiar angustia para la práctica de la filosofía de la situación retratada y en la que Boecio escribe el libro: encerrado en la cárcel y esperando su ejecución, acusado de conspiración. No es que el encierro en prisión sea excepcional en literatura (a bote pronto: Wilde, Sade, Genet, Miguel Hernández… aunque si busco filósofos o pensadores tengo a que recurrir a fuentes: Gramsci —claro-, Tomás Moro, Voltaire, Bertrand Russell…). Lo que Boecio plantea, además, es muy humano: la búsqueda de consuelo ante su fin inminente y seguro. La consolación, ese género que Séneca practicara con arte, es aquí ejercida por la mismísima filosofía, convertida casi en personaje de auto sacramental, con una encarnación mayéutica magnífica: Boecio habla con la filosofía, que utiliza el propio pensamiento de Boecio para consolar al personaje Boecio, en un juego en el que el filósofo descubre la verdad en su alma como si se tratara de un personaje enfrentado a Sócrates en los diálogos de Platón.
En segundo lugar, el estilo entre lírico y épico, y por momentos arrollador, de Boecio es encantador y adictivo. Algunos ejemplos:
“Cubiertos de negras nubes, los astros no pueden difundir su luz. Cuando los vientos del sur agitan el océano, el fango removido en turbia las olas, antes claras como un día despejado, y deja de complacer el contemplarlas. El torrente que se precipita desde las cumbres a menudo termina chocando con las rocas desprendidas de la montaña.”
“No te sorprenda que en el mar de la vida te sacudan fuertes tempestades, pues nuestro destino supremo es disgustar a los peores, que pese a ser legión merecen nuestro desprecio, porque ningún guía los dirige: están a merced del error y el delirio, que los arrastra al azar. Si alguna vez cierran filas y cargan contra nosotros con más fuerza, aquella que nos guía repliega a sus tropas en la ciudadela, y el botín que les queda a ellos es insignificante ante. Desde lo alto de las murallas, a salvo de la turba enfebrecida, protegidos por una defensa contra la que nada pueden los ataques de la estupidez, reímos al verlos rapiñar los despojos.”
“Venid todos los cautivos a quienes las engañosas pasiones que invaden los espíritus terrenales atan con pesadas cadenas. Aquí hallaréis reposo: librados de vuestros afanes, arribaréis a un puerto protegido, en calma, que es el único refugio que acoge a los desdichados. Ni las arenas áureas del Tajo, ni las orillas brillantes del Hermo, ni las márgenes del cálido Indo donde las blancas perlas se mezclan con esmeraldas, iluminarán vuestro intelecto, ya que los bienes terrenales os nublan el pensamiento.”
“¡Dichosos los tiempos antiguos, aún no corrompidos por los lujos, en que los hombres se contentaban con los cultivos fieles y las pródigas bellotas calmaban su hambre! No sabían mezclar las dádivas de Baco con cristalina miel, ni teñir con púrpura de Tiro la seda de los seres; la hierba les ofrecía un sueño reparador, el arroyo de raudas aguas les brindaba bebida, y los altos pinos les daban sombra. Nadie surcaba los mares para llevar mercancías selectas, ni visitaba costas desconocidas. No sonaban los cornos guerreros, ni la sangre derramada por el odio implacable bañaba de horror la tierra labrada. ¿Qué furor hostil empuñó primero las armas, cuando no podía imaginarse más recompensa por la sangre vertida que las horribles heridas? ¡Ojalá pudiera volverse en nuestros tiempos a las antiguas costumbres! Pero más feroz que las llamas del Etna, arde rugiente el afán de poseer. ¿Quién fue, ay, el primero que desenterró montañas de pepitas de oro y gemas que yacían ocultas, esos preciosos peligros que tan caros hemos pagado?»
A Boecio Wikipedia le llama “el último romano”. Tal vez fuera más correcto “el último pensador grecorromano». La consolación que la filosofía ofrece al autor es de corte estoico con fuertes tintes neoplatónicos en lo que a concepción del hombre, del mundo y de la divinidad se refiere. A pesar de escribir casi 100 años después de la muerte de Agustín, Boecio no menciona al Cristo ni a la iglesia, ni Nicea ni la patrística. Su concepción de la providencia frente al destino es la de la fatalidad estoica. Es innatista al estilo platónico y cree en un motor inmóvil usando el mismo nombre que Aristóteles, pero sometido al conocimiento por contemplación típico de la concepción del Uno por Plotino, cuyo panteísmo también parece compartir. Las recetas sobre lo fútil de las riquezas y el verdadero poder de la sabiduría, el carácter medicinal de la filosofía, y el triunfo de los valores verdaderos en la felicidad y la razón podrían extraerse directamente de las Cartas a Lucilio. Boecio en realidad ofrece un compendio ecléctico de la filosofía antigua con el claro objetivo de explicitar un modo de vida, o, en el caso extremo del preso, de pensamiento que lleve a la tranquilidad del alma ante la injusticia que le ha privado de libertad y bienes y, en seguida, de la vida.
Aunque no faltan discusiones más “modernas”, como la que lleva las últimas decenas de páginas del libro, dedicadas al libre albedrío del hombre frente a la predeterminación del conocimiento absoluto de todo el pasado, presente y futuro por parte de la divinidad. Una disquisición que se arrastraría durante más de mil años después, y para la que Boecio usa las diferencias entre la providencia divina y el destino humano para salir del atolladero del mismo modo que lo hará Leibniz tantos siglos después.
El Consuelo de la filosofía, por supuesto, atesora consejos y enmiendas prácticas que, destacadas al ser extractadas, lucen de maravilla. Por ejemplo:
“así que yacerás completamente ignorado, y ni la fama podrá salvarte del olvido: si sueñas con perdurar en el eco de un nombre mortal, también llegará un día en que desaparecerá, de modo que te aguarda una segunda muerte.”
“¿No sabes que la ley más antigua de tu ciudad prohíbe exiliar a quien haya decidido asentarse en ella? Quien se acoge a la protección de sus murallas jamás sufrirá el castigo del exilio, pero el día que deja de querer vivir en ella también deja de merecerla.”
“Para el alma inmortal no hay nada en la breve vida humana que demore demasiado en llegar”
Etcétera.
La cercanía al estoicismo del último romano le garantizaría el éxito editorial incluso hoy mismo. Y lo comprendo muy bien, porque por obvio que sea que nuestro edificio de valores y nuestra concepción del mundo tanto físico como moral son distintos, la poesía que encierra el consuelo trasciende al hombre, al personaje y al tiempo, y repercute también en nuestro corazón.
