Aunque la belleza se entiende primeramente en el ámbito de la vista o el oído, fuera de la percepción sensible también tenemos ocupaciones, acciones y hábitos bellos, ciencias bellas y la belleza de las virtudes. Plotino afirma que la proporción de unas partes con otras y con el conjunto constituye la belleza visible. Para las cosas visibles el ser bellas consiste en estar bien proporcionadas y medidas.

Según esta teoría, nada que sea simple, sino forzosamente sólo lo compuesto, será bello. Además, será bello el conjunto, mientras que las partes individuales no estarán dotadas de belleza por sí mismas, pero contribuirán a que el conjunto sea bello. Y, sin embargo, si el conjunto es bello, también las partes deben ser bellas, pues la belleza no debe constar de partes feas, sino que debe haber tomado posesión de todas ellas.

Para estudiar la belleza tanto de lo visible como de lo ulterior, Plotino recurre a argumentaciones de opuestos. Cuando el Alma tropieza con lo feo se aparta, porque no sintoniza con ello y es ajena. Como el Alma es por naturaleza lo que es y procede de la Esencia que le es superior entre los seres, en cuanto ve cualquier cosa de su estirpe o una huella de la misma, se alegra y la relaciona consigo misma y tiene remembranza de sí misma y de los suyos. Es decir, la reminiscencia platónica.

Las cosas visibles son bellas por participación en una forma, porque todo lo informe, si no participa en una razón y en una forma, es feo y queda fuera de la Razón divina. La forma compone y coordina lo que va a ser algo compuesto de muchos, lo reduce a una sola comunidad y lo deja convertido en unidad. Como la forma es una, también lo conformado por ella debe ser uno aun constando de muchas partes. Reducido a unidad, la belleza se asienta sobre ello dándose tanto a las partes como a los todos. Esto aplica al arte y a la naturaleza.

La percepción sensible no ve las bellezas ulteriores, sino que es el alma quien las ve y las enjuicia. Hay que contemplarlas elevándonos, dejando abajo la percepción sensible. En el caso de las bellezas sensibles, no les sería posible hablar sobre ellas a quienes ni las hubieran visto ni las hubieran percibido como bellas —por ejemplo, a los ciegos de nacimiento—; del mismo modo, tampoco les es posible hablar sobre la belleza de las ocupaciones, o las ciencias a quienes no las hayan acogido, ni hablar sobre el “esplendor” de la virtud a quienes ni siquiera hayan imaginado la belleza del “rostro de la justicia”. Al contemplar tales bellezas el alma siente una sacudida, una conmoción mucho más intensa que a la vista de las bellezas anteriores: “estupor, sacudida deleitosa, añoranza, amor y conmoción placentera”. Pasa como con la belleza de los cuerpos: verla, todos la ven; mas no todos sienten por igual esa sacudida. Los que más lo sienten son los que Plotino dice que están enamorados.

El objeto de estas emociones no es una magnitud, sino el alma humana en posesión de las demás virtudes: “grandeza de alma, carácter justo, moderación pura, hombradía de masculino rostro, gravedad y, bajo un revestimiento de pudor, un temple intrépido, bonancible e impasible y, resplandeciendo sobre todo esto, la divinal inteligencia”. Para subrayar por qué se consideran bellas estas virtudes Plotino recurre de nuevo a los opuestos: un alma “fea, intemperante e injusta, plagada de apetitos sin cuento, inundada de turbación, sumida en el temor por cobardía y en la envidia por mezquindad, no pensando —cuando piensa— más que pensamientos de mortalidad y de bajeza, tortuosa de arriba abajo, amiga de placeres no puros, viviendo una vida propia de quien toma por placentera la fealdad de cuanto experimenta a través del cuerpo” se ha agregado al alma como un mal y la ha dejado impura y mezclada, sin gozar ya de una vida y de una percepción limpias, sino viviendo una vida enturbiada.

El alma es en estos casos fea por causa de una mezcla y de su inclinación al cuerpo y a la materia. El alma, una vez aislada de los apetitos que tiene a través del cuerpo, desembarazada de las demás pasiones y purificada de lo que tiene por haberse corporalizado, una vez que quedó a solas, elimina toda esa fealdad originaria de su otra naturaleza inferior. Para el alma, hacerse buena y bella consiste en asemejarse a Dios. En Dios son la misma cosa bondad y belleza, el Bien y la Beldad. La investigación de lo bello es paralela a la de lo bueno y la de lo feo, a la de lo malo. Y así, la Beldad es lo mismo que el Bien, y de éste procede inmediatamente la Inteligencia en calidad de lo bello. El Alma, en cambio, es bella por la Inteligencia, mientras que las demás cosas son ya bellas por obra del Alma, porque las conforma. ¿Los cuerpos calificados de bellos? Es el Alma quien los hace tales.

Así, como en el tratado sobre las virtudes y de manera paralela e inseparable, hay que volver a subir hasta el Bien, que es el objeto de los deseos de toda alma: “si alguno lo ha visto, sabe lo que digo; sabe cuán bello es”. La consecución del Bien le llega a los que se han convertido y se despojan de las vestiduras que nos hemos puesto al bajar. A esta Belleza imponente que se queda en su sanctasanctórum, se llega no corriendo tras las bellezas corpóreas, sino sabiendo que éstas son imágenes y rastros y sombras, huyendo hacia aquellas reales de la que son imágenes.

 

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Autores y obras mencionadas

Plotino: “Enneada I” (traducción y notas de Jesús Igal. Descargado en abril de 2025 de librodot.com)