Para Plotino, las virtudes nos elevan por encima de nuestra naturaleza común con los animales y nos asemejan a Dios. Tomando como modelo de nuevo a Platón, propone que el alma desea huir de los males del mundo que habitamos. La huida no consistiría en otra cosa más que en ser semejantes a la Divinidad. Para ello hay que ejercitarse en lo justo, en la piedad acompañada de la moderación y, en general, en la virtud. La Divinidad a la cual nos volveremos semejantes es el Alma universal o superior, lo cual es razonable si se tiene en cuenta que es en el cosmos donde habitamos. En su análisis sobre las Enneadas, el autor Gonzalo Hernández Sanjorge usa continuamente el término ‘Divinidad’ para llamar a este Alma cósmica. En la traducción de las Enneadas empleada, realizada por Javier Igal, se utiliza ‘Dios’ como término tomado de los díalogos de Platón utilizados, o ‘lo divino’.

Plotino afirma con contundencia que esta Divinidad no posee virtudes en sí misma, contraviniendo el discurso habitual y aparentemente más esperable. No tiene sentido que, por ejemplo, posea la virtud del coraje, puesto que nada puede temer y nada que exista puede afectarle. Pero sí afirma que por medio de las virtudes el ser humano alcanza semejanza con la entidad divina; que ésta no posea virtudes se debe a la diferencia ontológica entre lo divino, que transmite la virtud, y aquello que realmente posee la virtud; se trata de una entidad superior a la otra, por lo que la relación de semejanza entre el ser humano y lo divino será de este tipo.

Las llamadas virtudes cívicas son virtudes que mantienen limitados nuestros deseos y nuestras pasiones, posibilitándonos permanecer alejados de la opinión engañosa, de las afecciones corporales, de todo desequilibrio afectivo. Nos mantienen sujetos al límite, y nos dan ‘forma’ de la misma manera que toma forma la materia, usando aquí Plotino de manera incisiva esta teoría de origen aristotélico sobre la forma y la materia, e implicando los de acto y potencia, términos que emplea Espinal Restrepo en su análisis. La materia es ilimitada, y si participa en algo de la perfección es porque toma forma y límite. Cuanto más participa un ser de la forma, tanto más logra asemejarse a lo divino y separarse de lo informe. Tanto más se aleja el ser de la Divinidad cuanto menos participa de la forma, y más cerca está de lo divino en tanto más es su participación en la forma. Los términos “forma” e “inteligible” actúan como sinónimos. Se habla de lo o los inteligibles cuando se alude a las formas en su conjunto y a su especial naturaleza, cuando se pretende dar cuenta de la separación ontológica entre los seres de ese nivel y los seres sensibles. El alma no pertenece a lo sensible y está mucho más cerca de la Divinidad que los seres sensibles porque participa en mayor grado de la forma que lo que puede hacerlo el cuerpo.

Las virtudes cívicas que aplican al ser humano son la prudencia, el coraje, la templanza y la justicia. La prudencia refiere al razonamiento, el valor a la voluntad, la templanza al acuerdo entre el deseo y el razonamiento y la justicia a que cada facultad cumpla con su propia función ya sea mandando u obedeciendo.  Estas virtudes no vuelven al ser humano totalmente semejante a lo divino, pero se aprecian tanto que quien las posee es considerado una especie de ser divino, aceptándose que poseer esas virtudes acerca a la Divinidad a quien las posee.

Plotino recoge lo dicho por Platón en “República” acerca de la existencia de un grupo de virtudes diferentes de las virtudes cívicas y superiores a ellas, así como la consideración de que las virtudes son una suerte de purificación. Plotino se pregunta cómo ocurre que por medio de esa purificación los seres humanos se vuelven semejantes a la Divinidad, porque, si se admite la existencia de una purificación, es que hay impurezas que purgar. Hay por tanto una situación negativa a la que se aplica la purificación y una situación positiva donde todo lo negativo habría desaparecido o simplemente no tendría lugar. En el alma humana toda la situación negativa proviene de su contacto y sometimiento al cuerpo, en tanto la situación positiva sucede por desligarse del cuerpo y existir, pensar, obrar, por sí misma. Este pensar por sí misma, separadamente, es la prudencia. El no tener las pasiones del cuerpo es la templanza. El no temer vivir separadamente del cuerpo es el coraje. Este dominar de la razón y de la inteligencia es la justicia.

La purificación significa limpiarse de todo lo que es extraño, ajeno, de todo lo que no es propio. Sin embargo, ser puro, haberse purificado, no significa estar en posesión del bien, de lo bueno. Para que así fuera, el alma debería haber poseído lo bueno antes de perder su pureza, de tal manera que purificándose el resultado sería de nuevo la posesión del bien. El alma humana puede inclinarse tanto hacia lo bueno como hacia lo malo, y esto garantiza que el Bien no formaba parte del alma antes de la purificación y por lo tanto el mero estado de pureza no lo logra producir. La posesión de lo bueno no es el resultado automático e inmediato de la purificación. Es decir, la purificación coloca al ser humano en estado de pureza, pero no lo coloca aun en un estado superior a ese como es el de la posesión de lo Bueno. Las virtudes elevan al ser humano, lo ennoblecen, pero no lo ponen aún en posesión del bien supremo, del Bien.

El bien y el mal, en relación con el alma humana, aparecen vinculados a las tendencias superiores e inferiores, respectivamente, del compuesto que forma al ser humano. Por lo tanto, el bien del alma humana será el mantenerse ligada a la Inteligencia, con la cual está emparentada, mientras que el mal del alma humana será estar unido a todo lo contrario, a la parte irracional del compuesto, a las pasiones, a lo que hay de animal en el ser humano.

Es posible caracterizar más claramente el alma humana purificada, el alma que puede apartarse del cuerpo. Plotino no trata aquí del alma que deja de formar parte del compuesto mediante la disolución del compuesto, sino del alma que se gobierna a sí misma y se mantiene alejada de los intereses del cuerpo aunque aún forme parte del compuesto. Este alma apartada del cuerpo es el alma impasible y no está turbada por los sufrimientos del compuesto que ella no puede evitar, como los corporales. Su impasibilidad la aleja de cualquier pasión. Un ser humano que logre esta separación de cuerpo y alma no se dejará guiar por ningún deseo y satisfará las necesidades del cuerpo sin buscar en ello placer o deleite alguno. El ser humano que logre tener un alma con esas características no será un ser insensible y sin intereses. El cuerpo no deja de sentir por más que el alma se haya vuelto impasible, pero la sensibilidad del cuerpo sería sólo física y el alma estaría exenta de la sensación de dolor. El alma humana purificada no se dejaría arrastrar por las sensaciones corporales ni por ninguna pasión, atribuidas a la naturaleza más baja que forma el compuesto de lo que llamamos ser humano. Esto no significa que el cuerpo debe ser privado de todo, sino que el alma distinguirá con total precisión entre la satisfacción funcional de una necesidad corporal, y aquello que sobrepasando eso se vuelve sensualismo. El alma purificada eleva las cualidades de todo el compuesto y tendrá total control, como si fuera el dueño del compuesto. Por lo tanto, la presencia de la razón hace que la parte inferior del compuesto se someta de buena gana al cumplimiento de los designios del alma. El ser humano que llega a este estado no sólo está buscando no cometer pecado alguno, sino que está buscando algo más elevado aún, pues lo que en verdad quiere es asemejarse (y convertirse él mismo) a lo divino.

Las virtudes superiores son las que podrán tener estos seres humanos de elevada purificación. Son virtudes que provienen de la Inteligencia: aunque allí no existen como tales, tienen en la Inteligencia su modelo. Por eso se las ha llamado virtudes intelectuales. En ellas también se encuentran la prudencia, la templanza, el valor y la justicia, pero ahora aparecen enteramente referidas a la contemplación de la Inteligencia. La prudencia consiste en la contemplación de lo que la Inteligencia posee y le es propio; la mayor justicia es una actividad enfocada hacia la Inteligencia; la templanza es un movimiento interior orientado hacia la Inteligencia; el valor es una suerte de impasibilidad del alma que no comparte las pasiones de la parte inferior que convive con ella en el compuesto. Las virtudes del alma no solo siguen los modelos de la Inteligencia, sino que las relaciones entre las virtudes del alma también corresponden a las relaciones que hay entre los modelos en la Inteligencia.

Por supuesto, quien posee las virtudes superiores posee anteriormente las virtudes inferiores, aunque la inversa no tiene por qué cumplirse, ya que las virtudes intelectuales suponen un estadio superior del alma humana. Las virtudes cívicas ponen al ser humano en el camino de la semejanza con la divinidad, pero son las virtudes intelectuales las que con más plenitud realizan esa semejanza.

Pareciera que para Plotino son las virtudes cívicas las que se consideran una suerte de purificación del alma humana. Las virtudes intelectuales suponen un orientarse hacia el Bien, reflejo de una actividad epistrófica antes mencionada, dado el íntimo contacto que el ser humano toma con la Inteligencia al poseerlas. Sólo quien posea las virtudes cívicas podrá llegar a poseer las virtudes intelectuales, pero para ello no basta la simple posesión de las virtudes cívicas. Purificarse es el paso previo a profundizar la semejanza con lo divino, pero ello no ocurre de manera automática, requiere un trabajo intelectual dirigido hacia la contemplación, hacia la comprensión de las entidades inteligibles.

 

(sigue)

 

Autores y obras mencionadas

Hernández Sanjorge, Gonzalo: “Análisis de las Enneadas de Plotino” (A Parte Rei: revista de filosofía, nº. 16, 2001, Montevideo, Uruguay)

Plotino: “Enneada I” (traducción y notas de Jesús Igal. Descargado en abril de 2025 de librodot.com)