
El vampiro de la colonia Roma, novela de Luis Zapata que desconocía hasta que leí la antología de Augusto F. Prieto sobre la literatura gay en español, tiene un subtítulo que no aparece en la cubierta, pero sí en la portada: las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García. Este subtítulo pone marco a una de las principales visiones sobre el protagonista del libro: la picaresca.
Adonis es un pícaro o vive como un pícaro su profesión: chapero. De padre español (como pícaro literario que es), su familia desestructurada y con sus padres muertos siendo chico, Adonis no encuentra otro modo de vida que el “taloneo”, para lo que se asienta en la colonia Roma del DF de México. A sus 25 años, edad desde la que habla, Adonis ha visto y tenido de todo: cuatro enfermedades venéreas por año de trabajo, clientes que no pagan, policías que lo detienen, sexo en baños públicos, un diplomático millonario que le acoge varios meses para que cambie de vida, dos parejas más o menos estables con las que comparte demasiadas carnes, un infinito carrusel de caseras que le echan de la habitación que alquila, noches de hasta cuatro clientes y juergas con “bugas” (heterosexuales), etc… También cae en la adicción, al alcohol especialmente, y en una depresión profunda.
Lo extraordinario de este libro (más allá de su tema, que ahora tal vez no, pero en el México de 1980 fue un escándalo) es la forma narrativa, el tono y el espléndido final.
El vampiro de la colonia Roma recoge la transcripción de 8 cintas magnetofónicas en las que Adonis cuenta su experiencia, un monólogo que, aunque sigue su vida, se inicia sin más preámbulo y termina sin más conclusión, en el que Adonis se dirige a alguien cuyo nombre o relación nunca llega a conocerse. Las cintas tienen orden cronológico, y todas vienen precedidas por una cita de la literatura picaresca y un sueño de Adonis, siempre especialmente bizarros, pero honrando el subtítulo del libro, que ya los avanza. El texto, claro está, está escrito en primera persona, con profusión de slang mexicano, abreviaturas del habla común, y otros modismos de la lengua hablada; está escrito utilizando espacios y no puntos para la separación de frases, y todo tiene una continuidad rítmica pegadiza.
Si el tono es extraordinario es porque el libro presenta una visión francamente positiva del personaje, que se acepta a sí mismo sin dramas ni procesos a seguir a pesar de lo en principio sórdido de su profesión. Tiene sentido del humor, narra sus peripecias sin complejos, es consciente de su ingenuidad al principio y de su inevitabilidad de carácter pícaro y buscavidas con el tiempo. Atesora episodios cuya lectura es divertidísima y que llevan a la carcajada, pero no por el choque del estereotipo de la pinche vida de Adonis, sino desde una mirada de asombro vital del personaje a pesar de sus dificultades, lo que naturaliza enormemente su condición y existencia, todo ello sin obviar el tipo de sociedad machista en que tiene que moverse y sobrevivir, de lo que es consciente.
El final, tan fantástico como absolutamente alejado del canon que obliga a que el personaje homosexual muera, enferme, o se quede solo indefectiblemente, es el culmen de un libro sorprendente y hasta delicioso. Por supuesto es un libro previo al VIH, un epítome tal vez de la alegría sexual histórica de los años 70, pero en el que no existe la disociación moral ya esperable por el estigma de la prostitución. Lo cual muy probablemente llevó a generar el esperable escándalo, que creo que habría sido menor, por supuesto, de no ser una pieza tan original y conseguida.
