
Todo es importante en el título de este libro: LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. El autor es Víctor Klemperer, filólogo de origen judío pero hombre criado y cultivado en la cultura tradicional alemana, casado con una mujer alemana, que consiguió sobrevivir sin ser deportado gracias a este matrimonio, si bien tuvo que llevar la estrella amarilla, fue desposeído de su cátedra y no podía siquiera acceder a libros que no fueran “libros para judíos”. Fue trasladado con su mujer a una “casa de judíos” y sufrió registros, golpes, amenazas, etc. Todo esto sucedió en Dresde, a cuyo bombardeo feroz del 13 de febrero de 1945 sobrevivió. Y aunque después del bombardeo huyó de la ciudad hacia Baviera -habiéndose arrancado la estrella amarilla-, regresó a Dresde tras la guerra y se asentó en la zona soviética. Allí publicó este libro ya en 1946.
Klemperer es un autor repetidamente citado, convertida y resumida su obra en, tal vez, un lugar común: ser el primero que detectó y publicó el uso nazi del lenguaje como instrumento de deshumanización, tal vez también el primero de todos esos instrumentos, contra los judíos. Bueno: este es el libro en el que sucede eso.
Decía que todo es importante en el título. LTI es el acrónimo de la expresión latina “Lingua Tertii Imperii”, literalmente “Lengua del Tercer Imperio” y referencia directa al Tercer Reich (siguiente parte del título). En los textos que fue escribiendo sobre la neolengua nazi, Klemperer usaba recurrentemente el acrónimo
como juego paródico al principio, como fugaz ayuda mnemotécnica, como una especie de nudo en la corbata poco después y a continuación cómo legítima defensa, como un SOS que me enviaba a mí mismo durante todos los años sucesivos de miseria.
La parodia procedía de uno de los usos nazis del idioma: la proliferación de acrónimos y siglas. La tercera parte del título es muy relevante: Klemperer indica con modestia que se trata sólo de unos apuntes, de aquellas experiencias y reflexiones alrededor del uso del idioma que ha ido recogiendo durante la era nazi, sin una mayor elaboración, aunque ésta exista mínimamente en cuanto a la tesis central del libro. Klemperer no disponía de bibliografía para etimologías o posibles comparaciones o contrastes, y sin duda tenía interés en publicar pronto y no pasar por un periodo largo de edición.

De este modo, LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo tiene una inevitable inmediatez, favorecida también por que con frecuencia las reflexiones filológicas de Klemperer parten de las experiencias y vejaciones cotidianas que sufría u observaba, en un formato cercano a la crónica y con referencias temporales concretas (la guerra en el norte de África, Stalingrado, Dresde…). Es peculiar que sea así, pero su texto probablemente resulte más convincente con semejante trabajo de campo y accesibilidad directa a los hechos (a las palabras, en realidad) que con un estudio académico estructurado y en tono probablemente más neutro. Así, las estrategias deshumanizadoras no están especialmente analizadas en su totalidad, ni especialmente conectadas entre ellas por diferentes tipos. Aunque desde luego el repaso es amplio: eufemismos para situaciones negativas, semitización de valores contrarios al nazismo, uso de superlativos maximalistas, misticismo, historicismo interesado, etc. El catálogo es válido para situaciones futuras, es decir, las actuales: Klemperer incluye unas páginas en que comenta, diría que con premonitoria lucidez, el lenguaje del sionismo. Los ejemplos son abundantes en cada caso, y es imposible no quedar convencido ante el caudal de información y reacciones.
En este libro adictivo Klemperer desenmascara también el lenguaje de la inaceptable derrota (así: “nuestras tropas luchan heroicamente en África” sólo puede significar, tras años de grandilocuencia y jerarquización pseudomitológica hacia el Führer, que les va fatal en África). Afirma que:
A menudo se cita la frase de Talleyrand según la cual el lenguaje sirve para ocultar los pensamientos del diplomático (o de una persona astuta y de dudosas intenciones). Sin embargo, la verdad es precisamente lo contrario. El lenguaje saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente. Ese es también, sin duda, el sentido de otra frase: le style c’est l’homme: las afirmaciones de una persona pueden ser mentira, pero su esencia queda al descubierto por el estilo de su lenguaje
Es decir, no solo el fondo otorga el contenido total o el mensaje, de existir, a la obra. La forma en que se haga, por invisible que pretenda ser, también lo es. Su propio libro es también un buen ejemplo. No obstante, no ha lugar en este ensayo humanístico-filológico a la reflexión filosófica que durante el siglo XX atormentó a la filosofía occidental sobre el llamado giro lingüístico.
