
Durante mucho tiempo he estado olvidándome de Paco Roca. ¿Y por qué? Bueno, diría que hay tanto por leer que tampoco es raro que se nos escurran obras de interés. Pero es cierto que Arrugas no me gustó (no superó mi reparo por las historias de ficción sobre la dependencia) y El invierno del dibujante me pareció algo fatalista y que pedía más detalle en el dibujo de personajes. ¿Por qué ahora Paco Roca? Roca ha estado presente en el panorama del cómic al más alto nivel en la última década con La casa, Los surcos del azar y El abismo del olvido. El verano pasado, con tiempo sin escuchar novedades de Roca, las vi todas juntas en Joker, las adquirí, pero no las leí, aún. Ahora que resulta que publica nuevo cómic se me han hecho presentes.
Es clásico y recurrente en la literatura, incluso manido según los casos, el tema de la muerte del padre. Pero la experiencia personal, ineludible y definitiva que supone para cualquiera de los que conocemos “el sucio secreto”, casi siempre despierta interés si, acaso y al menos, lo recoge con la debida sensibilidad; lo cual significa, en este tema, control. En La casa se recoge el regreso de tres hermanos, dos hombres y una mujer, a la casa que su padre, fallecido un año antes, había comprado hacía décadas en el campo y que había acondicionado con sus propias manos y con la ayuda de sus hijos mientras eran niños. Los tres hermanos han decidido trabajar en acondicionarla y repararla para conseguir una mejor venta de la misma, ahora que ninguno de ellos puede acercarse a cuidarla y que el dinero les viene bien. Los hermanos van llegando escalonadamente, con sus parejas e hijos (quienes tienen) y trabajan sobre todo en el exterior: el huerto y sus plantas, que el padre tanto amaba; la pérgola que, a modo de porche, sitúan en la fachada; el tejado. Tienen sus rencillas internas por carácter y por la diferencia de compromisos que pudieron mantener en el momento de la muerte; no son tan graves, pero tal vez es el momento menos conseguido. También hay un vecino, otro hombre de la edad del padre, con su propia huerta, que se convirtió en la última amistad. No hay madre: murió hace años. Los hermanos van conversando y recordando mientras arreglan el lugar, primero individualmente y luego con toda la familia reunida. Dudan de repente sobre si vender o no.

La trama tan sencilla, expuesta además de modo tranquilo y simple, se acompaña de una demostración visual de narración y creación de emoción en el lector. Los recursos igual son esperables: recuerdos de la infancia recreados, sorpresas por los objetos que guardan los padres, el tiempo mítico del verano olvidado, y ese organismo necesitado de reparación que no sólo es la casa sino la familia en sí. La maestría expositiva de Roca empieza tan espectacular como sencillamente en la primera página, que anuncia con una elipsis magnífica que el padre ha enfermado, o incluso muerto, mostrando viñetas de encuadre fijo de la puerta de la casa, a la que ya no regresa, con sólo cambios en la luz y las sombras. Otro hallazgo metafórico magnífico es el árbol familiar, explicado de raíces a ramas en dirección abajo arriba, contraria a la de los árboles genealógicos y a la propia intuición lectora, e indicativa de cierta desubicación de los personajes. No sólo hay saltos en el tiempo anunciados o alternados mediante tropos visuales intuitivos, también hay un par de secuencias que dialogan entre sí con páginas por el medio, y que se centran especialmente en la higuera que el padre no consiguió que creciera, siendo sin embargo su particular ‘Rosebud’. La higuera, en efecto, se convierte en el símbolo final del cómic, con una imagen última rica en múltiples lecturas.
No sé bien qué pensar cuando Paco Roca afirma que escribe cómics para gente que no suele leerlos. Entiendo lo que dice respecto al resultado, pero, ante el aplauso que recibió este cómic estupendo, intuyo la vieja idea de lo difícil de la simplificación en el arte. La depuración visual de la narración, el sentimiento contenido que evoca el manejo del espacio y los saltos en el tiempo, y el ritmo pausado, sugieren un proceso de creación equilibrado y trabajado para acabar resultando en esta ‘naturalidad’ obtenida de un dominio fabuloso del artificio que es la creación.
