
“Pobre Jacinto, era maricón, pero un maricón con mucha clase. Eso nos hace falta para diferenciarnos de los otros, mucha clase en todo”
Voy terminando las lecturas originadas a partir del libro de Augusto F. Prieto sobre literatura gay en lengua española, y tocaba que apareciera este modesto (en extensión) volumen, obra de Javier Vascónez y ambientado en Quito durante el funeral de Jacinto, a quien Julián, autor en primera y segunda persona del texto, llama Ángel y Angelote, el Angelote, amor mío del título. En realidad, es un relato tan corto que sorprende su edición en solitario, en un trabajo en realidad muy bonito y primorosamente editado por PreTextos, completado con imágenes de Patricio Palomeque. Respecto a la extensión, el propio texto crítico de Augusto F. Prieto es probablemente más largo que el cuento en sí.
Durante el velatorio, Julián, armado con un ramo de violetas, se dirige a Jacinto en un discurso mudo, rodeado de las miradas de reproche de la familia, y recuerda no solo su relación sino también el tremendo, tremendísimo, carácter de Jacinto. El tono es provocadoramente lúbrico, y es fácil colegir que la inspiración tan explícita procede del autor de la cita que abre el libro, el Marqués de Sade, homenajeado por cita y tono. La recriminación de Julián es continuada: “maldigo tu nefasta influencia, aunque ahora ya sea demasiado tarde». La parábola obvia del Ángel caído se hace explícita desde el apodo del personaje, y se construye a partir de la imaginería religiosa abundante que excitaba especialmente a Jacinto, ansioso de todo elemento escandalizador de su familia y especialmente su madre. El propio trabajo de Julián, médico abortista (“doy a luz cadáveres en las tinieblas del sótano”) completa un infierno anticatólico y antifamiliar descomunal.
La prosa, que tiene flor pero es directa, ampulosa y luminosa a la vez, es una maravilla. Sí, un Sade barroco y libidinoso, tremendamente musical y sicalíptico, sin obviar que este breve Cinco horas con Mario es un monólogo de un homosexual despechado, con su lenguaje subcultural propio, en equilibrio entre el drama victimista y una resistencia mamarracha. He disfrutado mucho este Genet tropical, desatado, breve, en el que literariamente no cabe reprochar nada. Ya le habría gustado al marqués escribirlo él, ya.
