Hoy en la ciudad de Ilhéus recuerdan a Jorge Amado, que ambientó allí su archiconocidísima Gabriela, clavo y canela, novela de 1958 que conoció una exitosa adaptación a serie de televisión de tipo folletinesco y del mismo título. Amado había nacido en una casa propiedad de un granjero del cacao, en Itabuna, el pueblo hacia el interior a unos 35 km del puerto de Ilhéus. La inauguración de la línea de autobús entre Ilhéus e Itabuna y la cena que celebrándolo debe dar el ‘turco’ Nacib (nacido en Siria pero con papeles de nativo brasileño) son el punto de partida de la novela, además del asesinato de una mujer y su amante por parte del marido despechado, algo que todo el mundo lamenta pero que aparentemente entiende y acepta. Una visita a Ilhéus en Maps permite comprobar que el Vèsuvio, el bar de Nacib, y el cabaret Bataclán siguen abiertos; que el canal de Ilhéus es especialmente sinuoso; que Jorge Amado tiene estatua y puente a su nombre, y que la carretera a Itabuna debe haber mejorado para suponer ya solo algo más de 45 minutos de recorrido.

Jorge Amado es un escritor modernista que generacionalmente pertenece al boom latinoamericano, con el que comparte temas y estilos, aunque no practique el realismo mágico, siendo como era sincretista e incluso practicante del candomblé. Como la mayoría de los escritores latinoamericanos del tiempo, Amado fue comunista en su juventud, y además hizo algo de carrera política. Muchos de los valores que ya aprecié en Jubiabá (escrita en 1935 con 23 años) están desarrollados en Gabriela (escrita en 1958) con mayor equilibrio y sutileza, usando un lenguaje que por ambientación necesita de su propio glosario pero que no por ello es barroco, con evidente interés por los desfavorecidos y un ancla grande e inteligente (inesperada, tal vez) en el género, con diálogos ágiles e irónicos y capas variadas de significados, y, en todos los casos, sin subrayados explicativos.

El canal innavegable, teóricamente, de Ilhéus (foto de Elizabeth Gutiérrez en Ecured)

Ilhéus está en un proceso de cambio. Los dueños de las grandes plantaciones de cacao (los llamados “coroneles”) aún gobiernan la ciudad, pero una nueva fuerza venida de Río en forma de joven exportador con influencia política y visión de progreso empieza a competir por el poder, que algunos coroneles están dispuestos a mantener por todos los medios. Mientras tanto, en el centro del pueblo, el bar de Nacib tiene un problema grave: la cocinera se ha despedido. Nacib encuentra a Gabriela en un campamento de emigrantes del Sertão que han venido sobre todo a trabajar el cacao y la tala, y, sin fiarse mucho, la contrata. Gabriela resulta ser una excelente cocinera, además de una joven bella de carácter puro y abierto, disfrutona de la vida, que, por supuesto, roba el corazón de Nacib, pero cuya presencia llena en el bar y arrebata a todos los clientes, siempre hombres. Y prácticamente todos los personajes de Gabriela, clavo y canela (el clavo por lo experta condimentadora que es Gabriela y la canela por ser su olor natural) se mueven en estos dos ejes inseparables, el del cambio político en favor del inevitable progreso técnico y económico, y el del cambio social que supondrá la reacción de Nacib a las circunstancias esperables que le supondrá su relación personal y profesional con una mujer como Gabriela.

La novela tiene 550 páginas y solo cuatro capítulos, cada uno de ellos abierto con un poema dedicado a la vivencia emocional de cuatro mujeres distintas de Ilhéus, todas ellas atravesadas por la libertad con que pudieron afrontar su vida y sus relaciones, con sus recursos y posibilidades. Que Amado apuesta por ellas se refleja en el retrato a veces brutal de las acciones y diálogos de los hombres, y en el diferente desenlace que tienen las distintas relaciones matrimoniales y adúlteras, siempre equívocas pero gozosas, del libro. Además, el retrato es amplio y supera el aparente estilo de folletín que busca el autor. El espíritu libre, dionisiaco, salvaje, pero digno y feliz, de Gabriela esta además interiorizado desde un punto de vista desprovisto de racionalidad normativa, que Amado consigue hábilmente combinar con el fin del caciquismo que supone el cambio político que llega. Y todo ello sin apariencia de seriedad, bajo una capa de divertimento irónico donde el poder, la masculinidad o la explotación son de continuo objeto de una mirada irónica y cuya aparente resignación por lo lento del cambio no impide una crítica mordaz.

El resultado es una gloria. No es de extrañar la fama de Amado en ilhéus, dado que sin dejar de retratar la dureza del tiempo, devuelve una imagen de ciudad dinámica, divertida y protagonista en sí, inmortalizada en una metáfora de la transformación ineludible del progreso técnico y social. Siempre que Gabriela baile descalza en las fiestas populares, por supuesto.

Jorge Amado (vía inmediaciones.org)