
La primera novela del historiador y profesor Mikel Guerendiain se titula Mauro y narra de forma hábil, ágil e intensa la fuga del penal de San Cristóbal, a las afueras de Pamplona, el 22 de mayo de 1938: nada menos que 800 presos huyeron buscando cruzar el norte de Navarra y llegar a Francia, escapando de la persecución que el régimen franquista organizó de inmediato.
La principal virtud narrativa de la novela es su estructura, pues está narrada en primera persona por una multitud de personajes que se suceden en pequeños capítulos titulados con sus nombres. Esto permite a Guerendiain hacer que la acción avance ágilmente, pero, sobre todo, recoger los diferentes puntos de vista no ya entre prisioneros, carceleros y habitantes de los pueblos, sino dentro de cada uno de estos grupos. Y a pesar de la fragmentación del punto de vista que supone, resulta que está muy bien medido y ejecutado: permite dejar en elipsis momentos de acción que podrían ser muy elaborados y rastrar el ritmo; no necesita subrayados, pues la urdimbre de personajes acaba deshilando todas las madejas; no se convierte en un fin pesado en sí mismo gracias a la corta duración del libro. También revive así diálogo y pensamiento reconocibles de la época y que constituyen la psicología de los personajes con gran concisión. A Guerendiain se le nota haber sido dramaturgo y contar con varias obras de teatro antes de publicar Mauro.
Mejor es todavía que aunque la novela parece tender poco a poco a una resolución de texto de acción pura (y en parte debe ser así pues el destino de los protagonistas principales no puede resolverse sin ella), el texto es claramente parabólico en el destino de sus personajes, ofreciendo lecturas sociales y políticas sutilmente válidas aún hoy, sin abandonar el realismo cruel de la época y la situación, recuperando la ficción como ejemplo posible de memoria, y posicionándose el autor sin disimulo, pero con cierta elegancia. Vamos, que todo está bien en Mauro…
