
Entre visillos es la primera novela de Carmen Martín Gaite, que la escribió con 32 años, y que ganó con ella el premio Nadal en 1957. Narra de manera muy dialogada la vida cotidiana de los y las jóvenes de una pequeña ciudad de provincias, presumiblemente castellana, durante varios meses, desde la llegada hasta la partida de un joven profesor de alemán que viene a cubrir una plaza en el Instituto.
Peculiarmente, el libro tiene hasta tres puntos de vista diferentes: el del profesor, Pablo, en primera persona; el de Natalia (Tali), una chica de 16 años, buena estudiante y que parece no querer integrarse en las exigencias de la vida provinciana, también en primera persona; y el de un narrador omnisciente que se alterna con ambos. Tali es un obvio trasunto de Martín Gaite, que incluso empieza la novela con la chica escribiendo la propia novela, aunque sin desarrollar más esta curiosa experimentación. Pablo, por su lado, es un observador extraño puesto que, aunque vivió en la ciudad un tiempo siendo niño, ha estado años en Alemania y obviamente ha adquirido otras costumbres. También trae a la historia la única mención a la Guerra Civil: su padre, al que recuerdan con cariño en la ciudad, murió en un bombardeo en Barcelona.
Entre visillos aparenta ser una novela costumbrista de chicas en una ciudad de provincias, de tono tal vez algo amargo, pero que la censura no consideró problemática (lo cuenta así Fernando Larraz). Es cierto que Martín Gaite mira más al grupo de chicas que al de chicos, pero no obvia a estos. En ambos casos las preocupaciones son conseguir pareja y asegurarse un futuro, pero para las chicas ambos objetivos sólo se pueden cumplir a la vez, pues están asociados a conseguir un buen marido. Y tienen agenda y estrategia para ello. Obsérvese:
“Las chicas sin novio andaban revueltas a cada principio de temporada, pendientes de los chicos conocidos que preparaban oposición de Notarías. Casi todas estaban de acuerdo en que era la mejor salida de la carrera de Derecho, la cosa más segura. Otras, las menos, ponían algunos reparos.
—Hija, pero también, te casas con un notario y tienes que pasar lo mejor de tu vida rodando por dos o tres pueblos. Cuando quieres llegar a una capital, ya estás cargada de hijos, y vieja y no tienes humor de divertirte. Una paleta para toda tu vida.
—Sí, déjate de cuentos. Pero ganan muchísimo. Y si hacen buena oposición y tienen número alto, pueden empezar por capital, y entonces ya no te digo nada. A lo mejor a los treinta años, estás casada con un notario de Madrid, ¿tú sabes lo que es eso?
—Sí, sí, a los treinta años…
Parece el reverso hispano sin ironía del famoso inicio de Orgullo y prejuicio de Jane Austen.
Las chicas afrontan esta tarea con las restricciones morales de la época, que son abundantes: familias controladoras, la represión que ejercen unas sobre otras, y las creencias religiosas (aunque estas no figuran en primer plano). Además, esta labor se realiza necesariamente mediante socialización en las escasas diversiones que permite la pequeña ciudad. Al principio estas diversiones parecen mayores, ya que la novela empieza en verano cuando la ciudad celebra su feria, pero, con el inicio del curso académico y la llegada del invierno, todo se oscurece. Las parejas son además profundamente asimétricas: chicas muy jóvenes con hombres de ya 30 años; ellos con frecuencia viven en Madrid o viajan por trabajo, y dominan tóxicamente la relación. Las situaciones son frustrantes y asfixiantes, tanto para las que se acercan a los 30 aún solteras como para las jóvenes, añadiéndose en el caso de Tali el desear estudiar una carrera y marchar sola si hace falta a la capital del país. Y aunque ellos tengan las ventajas de su género que la sociedad más o menos permitía o dejaba pasar, tampoco por ello viven con alegría sus propias represiones o su necesidad social de cumplimiento del deber varonil.
La genialidad de Entre visillos recae en el tono conseguido por Martín Gaite. Una gran parte de la novela son diálogos entre personas jóvenes que pueden estar frustradas en sus esperanzas vitales, pero que, por edad y circunstancias, mantienen lozanía y desean diversión. La presunta ligereza de estos diálogos revela en las descripciones entre ellos la visión de esa sociedad (y, por extensión, del país) que tiene la autora. El título del libro hace sin duda referencia a esto: las cosas, las palabras, los hechos… se ven a medias, no de modo directo ni transparente, todo queda a medio explicar, y la vida así se sucede y se observa, en efecto, entre visillos. Además, esta visión nunca está subrayada, sino que resulta casual y pareciera que inocente en sus ejemplos, lo que probablemente es una estrategia también muy adecuada para superar la censura. Martín Gaite escribe entre visillos la vida posible de su tiempo, ejecutada también entre visillos, como única posible manera de escribir y de vivir. Leída con atención, es demoledora: en el Instituto vacío al que llega Pablo a dar sus clases, el reloj atrasa una hora; en el invierno, con las estufas funcionando a todo trapo, Pablo pasea hacia su pensión “mirando las ventanas de los edificios, me imaginaba la vida estancada y caliente que se cocía en los interiores”; cuando una chica irrumpe en la habitación en que estudian oposiciones a notario su hermano y su pretendiente -que a ella no le gusta, pero con el que se casará por despecho-, se tumba en el diván y, al taparse con una bata, declara que “esta noche va a caer escarcha”. Los breves escarceos de quien parece vivir su juventud más liberalmente, Pablo, tampoco van bien: al besar a la animadora del Casino -mujer criticada por el bien pensar de la ciudad-, le queda en los labios el sabor de un “amargo carmín”. Momentos estos que revelan parte del existencialismo de posguerra que tiene difícil entrever el liberalismo sexual que sucedería en unas décadas.
La novela es una joya, a los lectores de edad les recordará vívidamente las conversaciones y formas de los mayores en décadas del siglo pasado, y se enmarca en las corrientes existencialistas de la postguerra, sin llegar en este caso a desesperación o tremendismo. Pudiéndose sacar coincidencias y referentes en autores y autoras coetáneos, la mirada también es particular, y anticipa por ejemplo el interés que Martín Gaite explicitará por los usos relacionales y amorosos, ya presentes y muy interiorizados por sus personajes en este libro estupendo.
