Va a resultar difícil describir la profunda inteligencia de este texto, Tierra de empusas, segundo que leo de Olga Tokarczuk tras el magnífico Los errantes, y que me hace pensar en ella como autora a la que leerle todo. Tokarczuk fue premio Nobel en 2018, y Tierra de empusas es su primera novela tras recibir el premio. Se publicó en 2022.

La premisa principal de Tierra de empusas es similar a la de La montaña mágica: en 1913 un joven polaco llamado Miecysław Wojnicz viaja a Görbensdorf, en Alemania, para tratarse su tuberculosis en el sanatorio local. Pero no ingresa en el mismo, puesto que no hay plaza para él, y se ve obligado a hacerlo en la pensión de caballeros del pueblo, donde convivirá con otros cuatro hombres afectados, con el dueño de la pensión y un joven ayudante. Para su curación, a Wojnicz le conviene descanso y aire puro y rutina, y a ello intenta dedicarse por indicación del médico al que visita en el sanatorio. Hay más situaciones paralelas con el libro de Thomas Mann: los demás pacientes de la pensión de caballeros gustan de las conversaciones profundas frente al callado e inexperto Wojnicz; alguno de ellos tiene predilección por él; y Wojnicz se siente fascinado por una mujer idealizada que reside en el balneario…

Pero las conversaciones son circulares y banales. Los caballeros, en vez de cuidarse, se dejan llevar por un licor local algo lisérgico y por el tabaco, y realmente nunca forman un discurso coherente, sino una cháchara llena de tópicos especialmente hacia (contra) las mujeres, pero también sobre los sistemas políticos, la existencia de Dios y los demonios u otros seres intermedios entre lo divino y lo humano, etc. Nunca hay conclusiones, cada día se repiten argumentos entre los vapores etílicos, y las contradicciones en favor de una victoria en la discusión son flagrantes. La única excepción es Thilo Von Hahn, un paciente incluso más joven que Wojnicz, pintor y paisajista en un estado avanzado de la enfermedad, cuyo pensamiento sobre la representación artística y el conocimiento del mundo sí resultan coherentes, ajustados a su tiempo, con un peso notorio del edificio kantiano. Pero Thilo, al que la enfermedad también lleva al delirio, advierte de continuo a Wojnicz sobre la acumulación de muertos jóvenes en el entorno, y cómo personas como ellos, varones jóvenes, son objeto de una conspiración en el lugar. Thilo se fascina incomprensiblemente por Wojnicz, que no entiende qué pasa.

No contaré más de la trama, que sin duda transcurre en 1913 como la de Mann, pero se escribe más de cien años después, con los cambios sociales y humanos habidos y cuando el nazismo ya no es intuición. En Mann, el subtexto homosexual llenaba la competición de los intelectuales Naphta y Settembrini por conseguir el alma (ya que el cuerpo estaba prohibido) del joven Hans Castorp. En Tierra de empusas también hay cuestiones OSIEGCS unidas a la represión moral y a la incapacidad tanto filosófica como médica de la época. Los hombres maduros que protagonizan las charlas sin fin ni las sospechan. Sus conversaciones machistas no es que sean creíbles, es que en su día eran científicas o autorizadas: al final del libro, Tokarczuk añade una nota con el listado de prohombres de la literatura y ciencia occidentales (Darwin, Durkheim, Sartre, Nietzsche, Shakespeare, Burroughs, Freud, Wagner…) cuyas frases y juicios sobre las mujeres han sido recogidas, parafraseadas, en sentencias de todos estos personajes. ¿Acaso Tokarczuk le reprocha a Mann diseñar y ejecutar diálogos maravillosos sobre Dios, el arte, el destino del hombre, como si fueran exaltaciones probablemente de una masculinidad necesitada de definir el mundo, el poder y la belleza, para acabar siendo incapaces no ya de escuchar a las mujeres, sino de evitarle al mundo el desastre de las convicciones inamovibles de los varones al que estaban arrastrando? Con gran inteligencia, Tokarczuk no presenta diálogos o argumentos o comportamientos actuales en esas charlas, en ese estado continuado de conversación: es más bien un trabajo verosímil procedente de documentación.

En el pueblo del sanatorio están la mujer del hospedero, la mujer inalcanzable a la que mira Wojnicz, la tópicamente severa practicanta ayudante del doctor… también hay dos enfermas siempre juntas, Frau Weber y Frau Brecht. Ni una sola de estas mujeres toma la palabra en Tierra de empusas. Weber y Brecht no son dos apellidos cualesquiera en la cultura alemana de la primera mitad del siglo XX, y su silencio ante el viril desbarre continuado es atronador (y creíble). Pero, en un giro inesperado de cierta genialidad, sí hay seres femeninos con voz: ellas, las empusas, sorprendentes narradoras en primera persona del plural que aparecen en algunos episodios, no siempre, pero sí significativamente. ¿Qué son las empusas? Criaturas del séquito de la diosa griega de la magia y la brujería, Hécate.

El recurso a estas brujas es fabuloso. Primero, por proceder de la alta cultura y los mitos griegos que Thomas Mann usaba con descaro para sus intereses propios (el ejemplo mayor es La muerte en Venecia). Segundo, porque su presencia no es repentina, pues lo inexplicable, lo mágico y telúrico, se va construyendo y anunciando: Tokarczuk incluso inicia el libro con una cita de Pessoa sobre todas las cosas que pasan que no podemos explicar y que olvidamos -una cita del Libro del desasosiego, del que la autora se podría también haber muy bien servido para los diálogos de los protagonistas-. Y tercero, porque Tokarczuk no tiene problema alguno en resolver su trama con una apoteosis final de folk horror, que resuelve de un plumazo narrativo la trama en sí mediante un peculiar y justiciero sentido telúrico de la maravilla, albergando todas las metáforas unificadas posibles sobre el destino de Alemania o la discriminación de género que el texto va arrastrando, y permitiendo deus ex machina mediante una salida victoriosa a su protagonista, contraviniendo esta vez toda verosimilitud a la vez que deslumbrando a este lector que no podía dejar de aplaudir por semejante arrojo, el de unificar a Thomas Mann, Judith Butler y Ari Aster, con estas dosis de sutil ironía, y, sin olvidar, puesto que es muy relevante en el libro, la prosa poética.

En el libro claro está hay una mujer con voz: la propia autora, una vez que no se impone con opiniones o subrayados sino con una presentación elegante aunque sin prejuicios ni remilgos. Termino con un párrafo iluminador; los enfermos de la pensión de caballeros del señor Opitz han hecho una ruta por el monte y el valle de Göbernsdorf y, antes de regresar, con ya poca luz, deciden fotografiar el momento. Tokarczuk aquí se acerca a lo sublime:

“Opitz les grita algo y luego vuelve rápidamente hasta la cámara, se cubre la cabeza con un paño oscuro. De repente, todo se congela y Wojnicz tiene la sensación de que no es Willi Opitz quien les está sacando una foto, sino que todo el horizonte curvo de las montañas es el borde de un gigantesco objetivo. Suena un chirrido breve y desagradable y un destello luminoso deslumbra a los que están posando. Durante una fracción de segundo Mieczyslaw observa un fenómeno extraordinario: la luz de magnesio se refleja en las píceas y los abetos y retorna hacia ellos convirtiendo momentáneamente sus cuerpos en ceniza; le parece que en esa fracción de segundo ha visto, bajo los abrigos y los jerséis, no solo la piel blanca y desnuda de los presentes, sino también los huesos, la silueta de los esqueletos y que, además, están en un escenario, que se trata de la obertura de una ópera y que los espectadores en ese teatro son los árboles, las matas de arándanos, las piedras cubiertas de musgo y cierta presencia indefinida que fluye y que, como estelas de aire caliente, se desliza entre los imponentes troncos, ramas y tallos”.

Olga Tokarczuk en 2019, fotografiada por Harald Krichel, en imagen de Wikipedia