
Si mi estado hubiese sido el habitual, y no el sometido a la quietud del destierro, el suceso del cacto me habría parecido, desde un principio, mucho más trascendente. Con los días, según se perpetuaba su presencia en el suelo de mi terraza muniquesa, reparé en mi propia inactividad. La maceta había caído, aparentemente inocente, desde una terraza de un piso superior; el recipiente cerámico se había roto en dos, y la mayor parte de la tierra había quedado sujeta a la pieza mayor. El cacto se apoyaba sobre el suelo, adherido en una prolongación inimaginable al pedazo de tierra, como si hiciera el gesto de un superviviente. Era un tronco único, con las ramificaciones planas, de un verde descolorido, que tienen los cactos. Nunca tuve conocimientos de botánica. Sabía que el cacto tiene pinchos, agujas. Algún sistema de defensa, tal vez. Nadie, en su mundo, podría hacerle daño sin hacérselo a sí mismo. No me atreví a acercarme a él. A los dos días le hice una foto: un primer plano a última hora de la tarde, con el sol del verano bávaro reluciendo bermellón, y la sombra del vegetal alargándose sobre el suelo, con un rastro de personalidad arrogante e infinitamente paciente.
Pero no pensé en él. Simplemente, la pobre planta estaba ahí, alejada de los suyos y sin que nada ni nadie la reclamara. Por mi parte, no era la primera vez que fotografiaba una planta. De hecho, formaban parte de mis últimas obsesiones visuales. Los frutos, las flores, siempre permanecían estáticas, en un reposo aparente, el que interesa a la fotografía. En realidad, saberlas muertas daría coherencia, según algunos, a mis fotos. Como si la rosa desgajada de su arbusto viviera, antes de marchitarse, su último momento de gloria, y, así, fuera eterna antes del olvido. No lo sé. Guardo en mi archivo miles de negativos, recortes y fotografías, y cada una ha ido empujando a las demás, haciéndose hueco en las cajas de mis laboratorios, pero encerrándose todas ellas cada vez más. No hay lugar ahí, ni yo he sentido nunca, para ningún tipo de fatua eternidad. Las personas, pocas, que han visto el archivo, no quisieron nunca hacerlo de nuevo. Y tal vez fuera un error enseñárselo, como si hubieran querido abrir mi corazón y después se arrepintieran de descubrir que no late. ¿Quién sabe? Tal vez esté aquí ahora por eso.
¿Qué necesidad tiene un periódico de mandar a su mejor reportero gráfico a trabajar en una nueva edición europea? Yo no conocía Alemania. Sólo había vivido en Bilbao y Madrid. Nunca había trabajado en el extranjero, aunque me habían ofrecido muchas veces ser reportero de guerra. Siempre dijeron que no acepté por miedo. No dudo que me atemorizaba viajar a países en guerra, donde ni las costumbres ni las lenguas me ofrecían seguridades mínimas, por mucho que la paga fuese excelente, y las oportunidades de trabajar con material insólito realmente grandes. Pero toda esa parafernalia… esos grandes hombres que se llenaban de palabras y valores, como si fueran los últimos aventureros, no eran, no habían sido, mis compañeros. Y sus fotos, esto también lo dicen ellos, no cuentan lo mismo que las mías.
Aquí hay muchas tiendas de plantas. Pequeños grandes almacenes que tanto en la ciudad como en las afueras, incluso junto a las carreteras, escupen su ‘Blumen’ en carteles de neón, y llenan de gente sus pasillos con olor a tierra e invernadero. Los sábados hay mercado de las flores en varias plazas, y cuando coinciden con una mañana luminosa, el colorido da vida a la ciudad. Las flores, en sus macetitas, llenan los balcones de las viviendas, y adornan las fachadas de los edificios oficiales en las fiestas regionales. Tanta flor tal vez las banalice; al menos las hace comunes. Imagino que el cacto proviene de una tienda del vecindario. Recuerdo dos cercanas, donde he comprado magnolias y gladiolos para mis fotos. ¿Cómo puede sobrevivir el cacto en este clima? No, ahora recuerdo que tanto frío en invierno y tanto calor en verano no son un problema. Algún libro tengo por ahí con fotos de los desiertos, con los grandes cactos de tres metros de altura, en medio de la nieve, allá en Nuevo México. ¡Qué grandes trabajadores, los paisajistas! Calmados, hijos de Monet, a la espera del rayo de luz perfecto el día perfecto en el encuadre perfecto. A ellos no les hablan de miserias, sino de la naturaleza grandiosa. A ellos no les mencionan las podredumbres humanas, sino que les hablan de Dios.
¿No está presente lo divino en lo humano? No, no hablo de los papanatas que creen que el hombre está hecho a semejanza de Dios, y que no ven su culpa en ello. No, hablo de aquello que para mí fue lo divino, la escala de valores que aplicar en cada hombre y el misterio de lo incomprensibilidad de los entes organizados, y ninguno más misterioso que el hombre, moral y conocimiento, el Dios de los griegos. El hombre pretende solucionar sus ansias a través de Dios, pero sin el hombre, sin los pedazos que lo componen, tampoco habría Dios. ¿Por qué encuentran a Dios en esos agujeros de los ríos de Arizona, en esas montañas del desierto australiano o en los hielos previsibles del Antártico, siempre allá donde el hombre abandonó hace años? ¿Y por qué ha de ser Satanás quien reconstruye los pedazos de los hombres hace diez minutos vivos y ahora muertos? No, la maldad está en el ojo del que mira, y yo miraba con sinceridad. Cuando aquellos niños se calcinaron junto a un frontón en la margen izquierda fui el único que se atrevió a distinguir la carne fría de la caliente, incluso en aquel imposible, aunque dramático, blanco y negro. En el accidente de la autopista fui el único que reveló que la violencia de la energía destroza igual miembros de metal, cables y aceite, que aquellos de músculo, cartílago y linfa. Después, hubo tres atentados seguidos cerca de la redacción y de mi casa, lo que según algunos fue suerte desbordada del periodista y según otros una combinación perversa que me acercaba a Fausto. Mi cámara llegó antes que los policías con sus vallas y sus sábanas, y el periódico se fijó definitivamente en mí y me envió a Madrid. Empezaban a utilizarse los primeros coches bomba.
En Múnich nunca pasa nada. Todo es tranquilo, a pesar de que, según dicen, es una de las pocas ciudades alemanas calificables de animadas. Se debe, precisamente, a que somos muchos emigrantes. Tampoco yo busco esa diversión, supongo. Llegué en invierno, una noche fría aterricé en mi avión, enseñé el papelito con la dirección del hotel al taxista, y dormí tranquilamente después de haber sido atendido en castellano en el restaurante y la recepción. Al día siguiente, el negro se había vuelto un blanco brillante que cegaba bajo un sol impensable a quince grados bajo cero para mi mentalidad atlántica. No reconocía aceras ni calles, y farolas, bancos y semáforos parecían crecer de raíces encerradas bajo la nieve. Un día así debería haberme dado mucho trabajo, pero las semanas siguientes comprobé que no era así. Ni surgían tantos imprevistos, ni estos suponían noticia, ni local acá ni internacional allá. Y seguí respirando aquella tranquilidad de mi primer despertar en el exilio cuando la nieve se derritió, dejé de usar el gorro, me olvidé de las botas de agua, y ya asomaron las terrazas en los jardines y se desató este calor que hacía medio año juzgaba imposible. Al oír el estrépito del cacto caído, el ruido de una maceta caído de lo alto, no hice demasiado caso. No podía ser un ruido tan real, tan impactante, y que la sociedad muniquesa no reaccionara, bien con un llamamiento a la tranquilidad, bien con una protesta ecológica. Y, sin embargo, me pertenecía a mí por completo. Subí al piso de arriba después de consultar en un diccionario unas palabrejas básicas: cacto, caer, maceta, tierra, recoger. Nadie respondía. Posiblemente estuvieran de vacaciones. Estos días he retratado las agujas del cacto con lentes de gran aumento. En el diccionario he creído entender que estas agujas son sus flores, y por ello encuentro que han de tener algo de belleza. Desgraciadamente, no se soportan sobre un formato que no sea el propio cacto y sobre el que no pierdan su personalidad. Sobre un papel o una superficie cualquiera no se reconocen, no muestran fuerza estética ni contraste cromático. En un recipiente, lo que pudiera ser un jarrón adaptado a ellas, presentan un aspecto decididamente ridículo. Pienso, de repente, que sus almas vegetales deben sufrir al compararse con otras flores de otras plantas. Por la noche sueño con ello, y sudo mucho mientras mi mente descabellada me imagina levantándome salpicado de cueros punzantes que me surgen de los poros, para despertarme en el momento en que pongo la cuerda en mi cuello, horrorizado de mi diabólica imagen. Al despertar, palpándome ansioso el sexo, la cara, las manos, me tranquilizo, bebo un poco de agua, y me enfado porque en mi sueño no pensé en fotografiarme antes del suicidio.
Conozco bien los efectos de un ahorcamiento. No por haberlos sufrido en mí mismo, claro está. Ni creo tampoco que los sueños puedan hacerse realidad ni que lo sean: no pueden fotografiarse. Pero sí he retratado algunos ahorcados, fruto de la casualidad o de una buena información. Lástima que nunca encontrara quien quisiera publicar esas fotografías, unos primeros planos de la más profunda contradicción del ser humano, el gesto de quien queriendo morir se retuerce por seguir vivo en terribilitá infinita. Son fotografías que guardo en mi archivo, todas ellas hechas en Madrid, en un período en que trabajé como freelance a la par que seguí sirviendo imágenes a los periódicos. Madrid estaba loca en aquellos años, y dudo que recupere la cordura; como mucho, se vulgarizará. Aquella ciudad era un paraíso para un fotógrafo de situación, un lugar tan perfecto que podía matarme de vanidad. Aquí, sin embargo, parece que todos los vicios se murieron con Fassbinder. Apenas tres llamadas en dos meses, cubrir un par de accidentes y un concierto en el estadio olímpico. Recogiendo puntual un sueldo injusto a fin de mes. Visitando a veces un remedo de redacción, más por desidia y hablar algo de castellano que por ninguna traza de entusiasmo profesional. Está claro que en España no me querían, les resultaría molesto que siguiera encontrando carne humana casi inasible que retratar, despreciando por igual el trabajo de esos imberbes que duermen a las puertas de las casas de las amantes de la alta sociedad o a los viejos retratistas aburguesados de los ministros del gobierno que de vez en cuando publican un libro de prestigio con fotos de artistas de cine y textos de cualquier premio literario. Seguramente hice poco corporativismo.
Si el cacto hubiera tomado por sí mismo la decisión de saltar, si realmente hubiera querido ejercer su independencia y abandonar la compañía de esas macetas adocenadas del balcón superior, mis fotos adquirirían otro sentido. Podrían ser el triunfo de la libertad. Si cada ser aguarda su destino, la magnolia que fotografié hace un mes nació bella esperando el objetivo, el diafragma y la película. Pero mi cacto tiene voluntad y ejecuta sus actos. Ahí está, bello y desafiante: al tiempo, al espacio violentado, al rudo orden centroeuropeo. Su quietud extática me envuelve, me tiene paralizado. Vive sin nada, pues no lo riego, se ausenta del desierto, se divorcia de la tierra. Sus agujas incontables se dirigen en todas direcciones, como si no hubiera lugar al que no pudiera señalar. En un acto de prolongación, el mundo sería suyo, podría descubrir un rastro de divinidad en él. Implacable si se le agrede, terco, superviviente, impasible, incólume, el cacto lo sabe todo.
Hoy, al volver a casa de un simple paseo, he visto la nota adhesiva sobre la puerta. Un papelito amarillo que educadamente me pide que le devuelva el cacto al vecino de arriba, que pide disculpas por los inconvenientes, y que anuncia que pasará a recoger la planta a la noche. Me ha costado media hora entenderlo. Es un papelito muy profesional; incluso escribe el nombre científico del cacto, en los latines de Linneo. Faltan algunas horas, así que me prepararé para la ceremonia. La noche no promete ninguna de esas actividades que tanto llaman la atención hoy en día, pero un fotógrafo no puede obviar, sin reaccionar, el encuentro del hombre con Dios.