
Es 2026, el año en que murió Jürgen Habermas, quien al menos no tuvo que ver que una ultraderecha filonazi ganaba ampliamente unas elecciones en un land; Habermas, del que había leído su discurso sobre la secularización mantenido con Joseph Ratzinger (y que tanto me gustó), algún artículo, y resúmenes de su pensamiento en fuentes secundarias, ha resultado en esta lectura de filosofía “seria” un hueso durísimo de roer. Y eso que es un libro explicativo o aclaratorio: mientras que Teoría de la acción comunicativa es uno de los grandes tratados filosóficos de Habermas, de más de 1.000 páginas dedicadas a su teoría de la comunicación, a la pragmática universal, a la razón comunicativa, este volumen que comento hoy, Teoría de la acción comunicativa: complementos y estudios previos es un conjunto de lecciones y artículos preparatorios, ampliatorios o incluso que responden a críticas recibidas (un capítulo de 80 páginas que como esfuerzo intelectual realizado desde la educación no deja de ser loable).
El caso es que estas 500 páginas adolecen de una estructura y pautas generales de modo que, aunque hablan de temáticas relacionadas, resultan en una yuxtaposición que aparenta algo de gratuidad en su compilación de textos escritos desde 1970 a 1982.
Dice Javier Gomá en una reciente jornada sobre Habermas que éste es un autor con demasiada tendencia hacia lo científico en su escritura: su pensamiento siempre viene precedido de ingentes cantidades de historiografía, a veces expresada de manera alambicada, con una panoplia de autores inmensa con los que apuntalar cada argumento, y todo ello antes de, en efecto, proporcionar las ideas propias. Entiendo el paralelismo, desde luego: la acusación es que es un filósofo para filósofos, así como los científicos solo escriben en un lenguaje técnico específico para otros científicos, que serían los únicos que entiendan sus códigos.
Esto pasa con frecuencia en este libro, especialmente en todos sus estudios sobre teoría del lenguaje, repletos de ejemplos sobre tipos de acciones de comunicación, tal y como las categorizan una multitud de autores. No obstante, entre los centenares de páginas sobre el tema, Habermas sí que subraya bien, a veces con diferentes formulaciones pero estableciendo con claridad su propuesta, sus conocidas “pretensiones de validez” que debe cumplir la acción comunicativa, y que es uno de los principios fundamentales de su filosofía: los comunicantes deben ser creíbles (pretensión de veracidad), deben emplear correctamente el medio comunicativo (pretensión de rectitud), lo dicho debe ser comprensible (pretensión de inteligibilidad) y debe tener carácter de verdad (pretensión de verdad). Muchas de las ideas de Habermas alrededor de estas pretensiones de validez de la comunicación modelarían una sociedad ideal de comunicación cuya aspiración sigue presente, que sin duda recuerda al consenso entrecruzado de su contemporáneo John Rawls (al que menciona), y forman parte del esfuerzo continuado de Habermas en su parte más pública contraria a los totalitarismos cuya máxima crueldad llegó a ver en su infancia (nació en 1929).
Para Habermas no existe razón que no sea verbal ni pensamiento que no se exprese verbalmente como un enunciado, que siempre es comunicación y siempre exige reconocimiento, que en el discurso argumentativo se consigue mediante práctica de la discusión más abierta y libre posible. El cumplimiento o la aplicación o no de las diferentes pretensiones de validez llevan a acciones instrumentales, acciones estratégicas y acciones comunicativas. En otra categorización, a comunicación distorsionada o a situación ideal del habla. Las pretensiones pueden apelar a diferentes dimensiones del individuo, internas y externas, o a entender su relevancia según el marco en que se produce la comunicación: la ciencia, el derecho, etc. La pretensión de verdad es relevante: Habermas es miembro de la escuela de Frankfurt e inicialmente adscrito a la teoría crítica, escéptica por definición, donde Habermas rechaza el proceso metafísico como fundamentación de verdad, pero también critica el uso indiscriminado de una razón técnica de carácter instrumental. Propone una verdad en condiciones argumentativas fundacionales que no dependan del individuo, que sean objetivas e inherentes a la estructura del lenguaje en que se establece la comunicación, implícitas en todo consenso fáctico y con un valor universal conferido por su condición de interés por una situación más racional de vida. Habermas consigue con ello que el sentido de la verdad vuelva a la teoría crítica, y hace ver que incluso dentro de la ideología es posible la denuncia de ausencia de la verdad. Las condiciones ideales de comunicación posibilitan la obtención real de consensos, aunque no la garanticen. Habermas es en estos escritos en general menos agresivo que lo esperable contra la razón instrumental y el lenguaje racional de la técnica, a los que ya no se refiere negativamente.
Paradójicamente este libro sobre el lenguaje y comunicación es cuando menos de lectura farragosa; diríamos que apenas cumple con la pretensión de inteligibilidad. Qué se le va a hacer. Bueno, sí se puede hacer algo, obviar a su volumen madre, y fijarse en las piezas peculiarmente más inspiradas en lo literario, como el texto Aspectos de la racionalidad de la acción, escrito en 1977 y dedicado fundamentalmente a Max Weber, llevado con claridad diáfana y hasta ameno. ¿Cómo es posible? Tal vez Weber no es el autor más complejo de su tiempo, pero tal vez también Habermas adquiera más precisión cuando estudia un autor de modo directo que cuando lo usa y cita para su propia construcción filosófica. Igual hay más bien que empezar a leerle por los Perfiles filosófico-políticos. Bueno, veremos.
