Leyendo Un verdor terrible, este exitoso libro de Benjamín Labatut, he recordado un par de veces un pensamiento de Nietzsche surgido de sus estudios sobre el mundo griego clásico: que la humanidad fracasa cuando no tiende a la realización de su forma más elevada de vida, la que nos explica, desafortunadamente en no suficiente detalle, el valor de los genios y las grandes biografías. Nietzsche proponía una tarea para el filósofo-historiador: trazar una pintura histórica de esas personalidades, que extrajeron su pensamiento filosófico de su existencia, y que con ella testimonian la posibilidad de nuevas actitudes vitales.

Inevitablemente, por cercanía en la lectura, también he pensado en Max Scheler, cuando afirma que el conocimiento filosófico exige el valor de una entrega total a su tarea, donde todas las capacidades están centradas en la aspiración a ese conocimiento. Scheler, no obstante, no le da este carácter moral de entrega total a los practicantes de la ciencia por dedicarse necesariamente a un modo de conocimiento con un método acotador, ejecutado exclusivamente en una parcela del conjunto de los fenomenológico así buscada por convención, incluso construida. Scheler escribe además en el momento en que varios de los protagonistas de Un verdor terrible “construyen» el momento científico más apasionante posible en términos de influencia filosófica. Al ver cómo estos científicos desarrollaron su vocación es difícil no apreciar que vivieran su entrega con una totalidad inimaginable.

¿Con los personajes de Labatut como las grandes personalidades de la filosofía griega que Nietzsche describió? ¿Es su entrega al conocimiento tan total que superaría la ciencia y pareciera casi el conocimiento filosófico de Scheler?

La visión de Labatut, creo, es idealizada respecto a la voluntad de conocimiento, pero menos respecto al carácter, escrúpulos y no digamos ya la fisiología de sus personajes. En sus cuatro capítulos principales, Labatut se fija en los protagonistas de materiales y teorías con base científica, con diferente suerte. El relato más brillante sin duda al que da título al libro, que traza una atractiva línea que combina historia moderna de los pigmentos con el nazismo, que una vez leída alcanza una cohesión interna propia, con la ciencia química como nexo. Es un relato más bien coral, pero resume las contradicciones del utilitarismo de la ciencia en Fritz Haber y sus aportaciones, encauzadas al bien y al mal, en ambos casos desde un raciocinio cientificista. La habilidad de Labatut para combinar personajes históricos (Göring, Haber, Scheele, Napoleón, Van Gogh, Hitler), sus “disciplinas” y su anecdotario en un entramado científico-cultural es muy atractivo, llevado por una convicción literaria que no rehúye lo científico (aunque no explica el detalle, claro), infinitamente trabajado y sin embargo muy ligero gracias a la facilidad connotativa y a la osadía de relaciones que plantea. Son treinta páginas inspiradísimas, casi sublimes. El final del mismo, que explica el título del libro, es un hallazgo fabuloso en todas sus implicaciones y se extiende a los demás relatos.

Mantener este tono es complicado. Si pienso en referentes, recuerdo por el lado científico a Isaac Asimov, que utilizaba estrategias similares, aunque, a pesar de ser un escritor literario más que competente, siempre tenía una pulsión divulgadora incluso en su ficción que no veo en Labatut, aunque esto no signifique que este desdeñe lo técnico de su relato. Su pasión literaria es más bien psicológica y de desarrollo historicista. En esto me trae aires del Sebald de Austerlitz, en cuanto a combinación de disciplinas en afección a la vida. Sebald es probablemente más abstracto, más pausado, menos apresurado en lo acumulativo, su atención al detalle es mayor. Y su interés por la tecnología es más bien premoderno.

Los dos relatos siguientes, basados en dos científicos menos conocidos, el físico Karl Schwarzschild y el matemático Alexander Grothendieck, de vidas y finales muy distintos pero que en el relato comparten una pasión enfermiza por el saber y el conocimiento (al que en ambos, en cada campo, le dan una importancia absoluta para el futuro), que en el caso de Schwarzschild le lleva a seguir conjeturando y trabajando y calculando mientras una infinidad de pústulas resultado de un arma química recibida en una trinchera de la Primera Guerra Mundial le están llevando a la muerte, y en el de Grothendieck resultan en el perfil de genio matemático esquivo y evasivo que lo abandona y se abandona todo. Se construye así en el libro una línea sobre los cuerpos de los científicos y las afecciones que sobre ellos suceden por elementos externos, pero sobre todo debidos a su exposición enfermiza al estudio en busca de un conocimiento que, por otro lado y visto con el tiempo, tampoco resultó ni del mayor acierto ni de una urgencia desmesurada.

Esta tendencia, que ya se había iniciado en el primer episodio con los efectos del ácido prúsico (cuyo nombre sistemático aceptado por la IUPAC es cianhídrico, que es menos literario pero que es el que usamos los químicos) o del Zyklon B, llega a cierto paroxismo en el cuarto, dedicado a la mítica batalla por la definición del mundo subatómico personificado en Schrödinger y la ecuación de onda (con un jugoso episodio preliminar dedicado a De Broglie y la propuesta de la dualidad onda-partícula) frente a Heisenberg y al principio de incertidumbre. Se trata de una disputa muy conocida del mundo de la física, que también ha pasado a la ficción, y que Labatut cuenta cronológicamente; de modo inapelable, sin embargo, tanto Schrödinger y De Broglie como Heisenberg pasan por febriles estados creativos, un delirio de consecuencias físicas y reveladoras para el tratamiento de los datos e información de la que disponen, y acaban proponiendo diferentes aproximaciones válidas y compatibles en la descripción de lo cuántico. Ambos se odian mutuamente, ambos ganarán el Nobel, pero sus dos visiones resultaban antagónicas en que, al menos, la ecuación de onda permitía un leve hilo posible con las determinaciones causales de la mecánica clásica, mientras que el principio de indeterminación, que aclaraba los resultados menos entendibles de la ecuación de onda, dinamitaba cualquier posibilidad de causalidad con la definición de un mundo estocástico imposible de conocer en su totalidad y completamente contrario al entendimiento habitual. Un universo donde, digamos, Dios sí juega los dados, recogiendo la expresión de Einstein que el mismo Labatut recuerda. El autor usa la misma fórmula que con Haber, pero el anecdotario se centra en los físicos y en el famoso quinto congreso Solvay de 1927, y, en este caso, las lecturas filosóficas del conflicto planteado son algo más manidas, tal vez porque la fórmula se lleva repitiendo todo el libro, o, más posiblemente, por no tratarse de un episodio especialmente novedoso, que no es extraño incluso afrontar en trabajos universitarios normales de primero de carrera.

Así que mi conclusión sobre Un verdor terrible es algo agridulce: Labatut ejecuta con precisión una fórmula brillante, pero su intensidad se repite y descubre en exceso. Usa, me temo, ciencia más accesible (la química de Haber es en realidad bastante simple) y más compleja (la mecánica cuántica) para con una prosa poética epatar especialmente al lector no científico, lo cual es un poco trampa considerando el analfabetismo generalizado en historia de la ciencia. ¿Qué me gusta? Lo que apela la metáfora del verdor terrible al abismo del progreso -de repente muy visible en estos años-, o la constancia en su obsesión sobre la afección física a la que lleva ejercer el genio, al menos el científico, en lo que tal vez se encarna el interés más enfermizo y distintivo del libro, y con el que creo que Nietzsche estaría de acuerdo: no es posible alcanzar la verdad última del mundo sin pagar un precio grande. Solía ser mental o psíquico, que también, pero Labatut lo quiere físico, con sudor, llagas y fiebres. Schwarzschild y su córnea perdida por mirar un eclipse, episodio recogido en el libro, es un ejemplo bueno para nuestro 2026.

Benjamín Labatut en foto de Juana Gómez en Wikipedia