La última, hasta ahora, novela de Arantxa Urretabizkaia es la premiada Azken etxea, La última casa. En ella, una mujer que vive en Hendaya en una casa alquilada, y que es constantemente vigilada por un vecino ex policía jubilado a causa de una discapacidad por un disparo, busca adquirir una casa para que sea la última en que vivir, haciéndolo en propiedad, a su gusto definitivo en términos de diseño y decoración. Le es relevante que tenga jardín, un porche, y que no sufra inundaciones. Esa casa existe y la tiene localizada, en una pequeña sima, tiene dos árboles y un jardín a arreglar, y un porche adecuado para recibir una mecedora. La casa tiene dueña, y, en un giro inesperado, resulta que la dueña es… ¡ella misma!

¿Cómo?

Las reseñas de Azken Etxea, las entrevistas a la autora, al centrarse en el tema principal de la novela, hablan especialmente del retrato de una mujer mayor autónoma y decidida, que reconoce que en el pasado siempre le asignaron cierto gusto por el mando, y que ahora, llegada a la madurez final, conserva una autonomía destacable para emprender un último viaje inmobiliario, que en lo puramente físico es corto, pues las dos viviendas no son lejanas. Sin embargo, las menciones al tema de la identidad y la falsificación como ejes principales de la novela son menores o no existen. No sé por qué, pero veamos: (1) la protagonista es dueña de una casa, pero vive en otra cercana de alquiler; (2) conocedora de que el vecino que la espía es un ex gendarme, decide usar dos imágenes personales distintas de sí misma para salir a la calle: una utilizando siempre un chándal con gorro (‘txanoduna’) y otra con la cabeza y su pelo rojo al aire (‘kaskagorria’). Urretabizkaia toma la decisión de usar estos dos adjetivos como el nombre de su protagonista y la confusión al principio es elevada, pues no se explica por qué, y el fantasma de cierto delirio del gendarme sobrevuela la historia; (3) pero además la protagonista tiene un pasado: fue pareja de un falsificador de Modigliani, con el que viajó a Sudamérica. Hicieron dinero con las ventas de cuadros falsos, de donde surge una provisión relevante de dinero pero también la necesidad de vivir, a su retorno a Europa, con un nombre falso, y de disponer de una casa a ese nombre; (4) para cumplir la necesidad de verdad e identidad, la protagonista tiene que conseguir un pasaporte y posteriormente falsificarlo con la ayuda de antiguos contactos en Burdeos y París. (5) ¿cómo vender y comprar una casa siendo la misma persona con dos documentos de identidad distintos y teniendo que firmar delante del notario?

He leído recientemente y están reseñadas en este blog otras dos novelas exitosas de Urretabizkaia, dentro del espacio que cabe al mercado reducido del euskera: Zergatik Panpox y Koaderno gorria. A falta de conocer otras, encuentro rasgos comunes entre todas ellas, que en cierta continuidad vital retratan avatares de mujeres de diferente edad (presumiblemente cercanas a las de la autora cuando escribió cada obra), cuyas vidas personales se ven afectadas por las dinámicas de situaciones legales problemáticas. En Zergatik Panpox, la mujer de un militante abertzale huido a Francia vive agobiada y sin ayuda a su rutina diaria con un bebé, su propio trabajo y sus necesidades. En Koaderno gorria una mujer busca en Venezuela a los hijos de una militante de ETA cuyo marido los secuestró y huyó con ellos años antes.

En Azken etxea no parece haber este rastro, aparentemente, relacionado con la violencia política en Euskadi. Pero creo que en realidad todo gira alrededor de una forma más elaborada de exponerlo: la protagonista vive en cierta clandestinidad y juega a la identidad doble; busca una casa ideal en la que vivir sus últimos años y a la que en un principio puede llegar pero no habitar, y para habitarla necesita engañar a la ley, que toma forma de ex gendarme vigilante pero también de notario; en Burdeos y París cuenta con contactos de una vida clandestina anterior, y hasta ha vivido por culpa de su actividad ilegal en un país latinoamericano. Así las cosas, es inevitable ver en esa casa soñada una Euskal Herria ideal, con su jardín idílico, y su porche desde el que dominar un territorio que aún se despliega en dos países. El poder de la casa en el imaginario vasco no es menor, por supuesto.

Considero que la parábola está bien lograda, porque se circunvala de continuo que el tópico de una historia así sólo puede ser ejecutada en este entorno y con estas condiciones por una antigua militante de ETA. La falsificación de cuadros es una excusa narrativa utilizada como reflejo de la falsa identidad, y por añadidura, falsa vida, falsa casa, falsa nación. Las lecturas hacer de esto no son unívocas.

Urretabizkaia parece completar con sus novelas el devenir de una mujer concreta y definible en el tiempo y espacio que le ha tocado vivir a la propia autora. En la reflexión de la vida que hace la protagonista sobre su camino se encuentran los momentos más sinceros y logrados del libro, que en relación con las dos novelas anteriores parecen cerrar una vida. En todas ellas existe una perspectiva de género gozosa en su ineludible veracidad. Veo, sí, cosas menos conseguidas, y en esta última dar punto de vista al ex gendarme vecino ayuda a la confusión buscada inicialmente respecto a la identidad, pero distancia al lector alejando el intimismo y apelando a géneros narrativos que luego no se desarrollan. Pero las novelas breves y ligeras de Urretabizkaia encierran un alma de destino atrapado que al llegar ahora al final de su tiempo espera una mecedora en un mundo soñado, pero, me temo, también falso. Azken etxea busca una verdad como resultado de cien mentiras.

Arantxa Urretabizkaia (foto de Wikipedia)