Olga Tokarczuk es la escritora polaca ganadora del Nobel en la extraña edición doble de 2019, junto a Peter Handke. Cumpliendo esa función maravillosa de descubrir escritoras de literaturas menos publicadas, el Nobel ha permitido edición y publicidad. Los errantes se publica originalmente en 2007, y su traducción al inglés gana el International Booker en 2018, pero se publica en castellano tras conocerse el Nobel, en noviembre de 2019, y ya le da tiempo a ser uno de los libros más valorados del año.

Tumba de Chopin en París (vía)

Y con motivos: Los errantes es un libro estupendo, experimental en forma y fondo, con una aguda capacidad de observación del mundo moderno globalizado y sus habitantes, y una habilidad peculiar para relacionar la vida presente con el pasado que, en la visión particular de Tokarczuk, siempre ha venido anunciando lo que nos sucedería.

Estudios anatómicos de Philip Verheyen (vía)

Una idea general aparentemente autobiográfica recorre la novela: Tokarczuk es una errante profesional, alguien que no puede dejar de moverse, que encuentra en el movimiento su razón de ser, y a la que obsesionan los límites del mismo, en el espacio y en  el tiempo. A partir de esta idea, Tokarczuk ofrece apuntes que pudieran ser el diario de una viajera anónima, e intercala pasajes más largos, en parte relatos autónomos, alguno dividido en partes separadas por otros subcapítulos del libro, y que en conjunto podrían ser incluso pequeñas novelas. Todo ello, creo, intenta crear una atmósfera algo descreída de la vida, apegada por un lado a las curiosidades de la Historia, y, por otro, a las contradicciones de la modernidad. La autora hace referencia más de una vez a las Wunderkammer, los gabinetes de piezas maravillosas de coleccionismo populares en las cortes y aristocracia europeas desde el siglo XVI, que son protagonistas de dos relatos y a la par funcionan como parábola general de libro, una obra preparada a partir de piezas individuales para gozo y conocimiento de su audiencia (el lector), pues cada uno encierra su maravilla particular, y al que el dueño del gabinete (Tokarczuk) consigue con su personalidad dar una distinción y seguimiento único y particulares.

Angelo Soliman (vía)

Mi experiencia lectora de Los errantes, no obstante, ha tenido que luchar contra mi escepticismo por este formato aparentemente experimentador, con este encaje forma/fondo aparentemente atractivo aunque no especialmente original, cuya construcción me decepciona un poco, por cuanto veo que le subyace cierto interés en coser un libro a partir de retazos literarios, de entradas previas, de historias cortas de vínculo débil. Un libro que en el pasado partiría de relatos olvidados en un cajón, y que hoy parecería construido a partir de entradas de Facebook (es curioso haber tenido esta misma sensación con Ordesa, que precisamente ha compartido el reconocimiento alto de la crítica junto con Los errantes en 2019). Con Tokarczuk he vencido esta resistencia por la calidad literaria, por el dominio en la observación de la constancia del sentimiento con el tiempo. Sus relatos históricos son reales y bastante fascinantes: cómo llegó el corazón de Chopin a Polonia a pesar de haber sido enterrado en Père Lachaise, los escritos que Philip Verheyen, un anatomista holandés del siglo XVI, dedicó a su pierna (que le amputaron de joven y que viajó con él durante toda su vida conservada en mezclas alcohólicas), o las cartas de la hija de Angelo Soliman, un cortesano negro de los príncipes de Liechtenstein, al emperador de Austria para que le deje enterrarlo en lugar de mantenerlo disecado en su gabinete de maravillas para deleite de los amiguetes de la realeza. La taxidermia es objeto del interés de Tokarczuk, tanto técnica como simbólicamente, aunque creo que la metáfora que le interesa no es tanto la perpetuación tras la muerte, sino la posibilidad de seguir vagando por el mundo. La taxidermia ocupa también algunos de los relatos de ficción de la novela, pero éstos son numerosos y su nexo se produce en un tono alrededor de la extrañeza y la pérdida en los lugares y situaciones fronterizas.

Los errantes, como buen libro de y para nómadas, se acompaña de varios mapas fascinantes, de ilustraciones con matices perturbadores, en blanco y negro, más o menos relacionados con el texto, pero mantenidos a los márgenes del mismo, extraídos de un libro peculiar de mapas, The Agile Rabbit Book of Historial and Curious Maps. Estos mapas contribuyen a conseguir, junto con el tono evasivo general del texto, una sensación sin embargo única para la novela, como texto amante del desarraigo y nómada incluso de sí mismo, probablemente más profunda y trabajada que mi impresión inicial del libro. Me quedo con la duda de hasta qué punto esto es una maestría genial o un hallazgo afortunado, y por ello probablemente lea más de este talento llegado del este. Por cierto, la edición contiene una mención indicando que el libro se ha traducido con la ayuda del Poland Translation Program, que suena a esfuerzo público por conseguir que la literatura polaca llegue a más lenguas, cosa que suena muy bien.

Olga Tokarczuk (vía)

 

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