Ordesa es la novela de Manuel Vilas que ‘rompió’ la literatura española en 2019. Convertida en superventas, aclamada por la crítica, la compré y leí con unas expectativas enormes que sin embargo no he acabado de cumplir, o que, mejor expresado, se me fueron modestamente relajando una vez entendidas las claves principales del libro y comprendido que era improbable que cambiaran. Unas claves que en mi opinión dan lugar a unas páginas iniciales epatantes y brillantes, profundamente dolidas de experiencia humana y que describen un conjunto de situaciones y reflexiones cuyo retrato atípico acaba abrumando estéticamente.

Ordesa, el parque (foto del National Geographic)

He oído a Manuel Vilas, que es personaje mediático gracias a sus intervenciones radiofónicas, que, frente a otras novelas de la literatura del yo en que Ordesa se inscribe, su libro parte del reconocimiento y agradecimiento a sus padres más que de la rendición de cuentas habitual. Pero si bien es cierto que su postura respecto a la relación con sus padres recién fallecidos intenta y consigue en parte comprender las actitudes de ambos, el gran aliento de Vilas hacia ellos tiene capas densas de remordimiento y un profundo desgarro. Al hacerlo paralelo a su propia experiencia como padre divorciado de dos adolescentes, y al percibir el autor una continuidad evidente entre los sentimientos de sus dos momentos vitales, convierte estos sentimientos en deterministas, al menos de su concepción existencial de la familia, pero con cierta intención globalizadora hacia otros ámbitos, también llevado de matices nihilistas.

El desgarro de Vilas se amplía con su visión del país, España, y el sistema capitalista actual, con focos intensos en la alienación laboral moderna, en el desarrollo político de la democracia española (los comentarios le acercan a los postulados del 15M diáfanamente), y en el inmovilismo de la derecha española (que describe así: ‘se mueve menos que la catedral de Burgos’). Las imágenes de Vilas son así de potentes, y a ello le ayuda sin duda su anterior vocación poética. Su obra anterior también puede explicar la estructura: Vilas escribe lo que parecen entradas de diario, o estados de redes sociales, que tengo tentación de recalcar porque el autor ya publicó un libro con sus propias entradas de Facebook hace unos años. Eso proporciona frescura al desarrollo y unido a la capacidad metafórica del autor alcanza los mejores momentos de Ordesa. Y probablemente no le impediría un desarrollo narrativo mayor, pero obviamente no es su interés. Para mí, una prueba del agotamiento de la fórmula es el uso, iniciado antes de la mitad del libro, de nombres de grandes compositores e intérpretes de música clásica para referirse a los protagonistas de la vida del autor. La opción tiene su particular homenaje a las personas, y un aliento a veces espiritual reconocible, creando emoción y una pizca de perplejidad. Todas estas sensaciones, que además me parecen muy veraces, asemejan un encuentro literario feliz pero que tampoco aporta evolución. El lector puede esperar en parte esa evolución en el aliento evocador del título, Ordesa tal vez como lugar puro, inmaculado, promesa de retorno a la naturaleza, incluso superación de las estructuras sociales, laborales y políticas. Vilas con coherencia y brillantez juega al anticlímax. Y yo como lector quedo instalado en el desgarro, atrapado en él cual mito griego, incapacitado para salir, dominado desde la biología y desde la cultura. Más allá de que filosóficamente no lo comparta, tampoco estéticamente me resulta fascinante, al menos superada la mitad del libro.

He tenido algunos recuerdos de Cioran y Houellebecq leyendo el libro. Ambos son autores interesados en estos temas y usan ese tono desgarrado y nihilista, que se extiende también a los distintos hábitos de la vida humana. En mi despacho veo ahora una cita de Cioran que viene a cuento, que escribí en un papelito siendo jovencito y aún conservo, que dice ‘Bach en su tumba. Lo vi, como tantos otros, por una de esas indiscreciones a las que los enterradores y los periodistas nos tienen acostumbrados, y desde entonces pienso sin cesar en las órbitas de su calavera, que no tienen nada de original, a no ser que proclaman la nada que él negó’. El libro de Vilas tiene una mayor cercanía sentimental, tal vez una proximidad lingüística y geográfica con más capacidad emotiva y evocadora para un lector del mismo país. Desde luego, resulta también una aproximación de interés al proceso de descomposición de la edad en la familia, en todos los sentidos. También recomiendo cautela, pues no es libro que emocionalmente deje al lector lleno de… ¿alegría?.

Manuel Vilas (foto de Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

 

Un comentario en “El desgarro y los compositores”

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