Después del resultado estupendo de A esmorga/La parranda, me dio mucha alegría conocer la reedición de La catedral y el niño, de Eduardo Blanco Amor, poeta gallego exiliado, rojo y homosexual, que se hizo prosista a los 50 años y rindió, al menos, estas dos maravillosas novelas. La catedral y el niño es la primera que escribió (en 1948) muy lejos de su Galicia natal. Hay un detalle en ella que remite a Clarín, a La Regenta: es el cambio de nombre de la ciudad en que a modo de microcosmos asfixiante suceden los hechos. Si Oviedo se rebautizaba como Vetusta en la obra magna de Clarín, Orense pasa a ser, no menos irónicamente, Auría en La catedral y el niño. Luego, por supuesto, comparten más detalles de sociedad del provincianismo español en levítica ciudad de finales del XIX y principios del XX, pero no recuerdo tanto de La Regenta, que leí hace muchos años y cuya preocupación central es otra. En este aspecto, La catedral y el niño, por una buena cantidad de paralelismos dramáticos, por gran parte del tono irónico y social de las descripciones de clase, y por el desarrollo, descripción e intereses vitales del protagonista, sin obviar el subtexto –o texto, directamente- homosexual, a quien recuerda es a Marcel Proust y a En busca del tiempo perdido.

Catedral de Orense (vía)

Obviamente Blanco Amor alcanza un espectro menor y los diferentes países suponen diferencias sociológicas de peso (la presencia continua del clero en un caso, el antisemitismo en otro). Pero ambos comparten el humor del protagonista: inteligente, observador, diletante, exquisito, asombrado ante las bellezas del arte y el mundo. Por supuesto, aunque se llame Auría en la novela, Orense no es París, y aunque tanto Luisito como Marcel son conscientes de la mediocridad social que les rodea, sus potencialidades difieren. Eso no afecta a la delicadeza y exquisitez del hermoso lenguaje de Blanco Amor, que sitúa a su delicado niño sensible viviendo con su madre y sus tías, mientras que su padre ha sido obligado a separarse de la familia por su carácter manirroto y prácticamente montaraz. La catedral del título es el edificio junto a la casa en que vive Luis, un refugio imponente y severo con el que establece una particular relación de necesidad, referencia espacial e impostadamente moral, y anclaje vital de una ciudad de la que Luis parece incapaz de deshacerse. Llega en esto casi más allá que Proust con la epifanía en la iglesia de Balbec, pero es explicable ya que la representación del cristianismo apela a diferentes matices en los dos países.

Blanco Amor es florido y barroco; domina un vocabulario extenso, preciso y culto. Refleja además el hablar y las expresiones de época; su mayor logro es probablemente conseguir una atmósfera que oscila equilibradamente entre la mirada ingenua del niño enmadrado y la sociedad cerrada y encerrada en que vive. Por los márgenes se cuelan una Iglesia y sus varios matices (desde la fascinación por la mole arquitectónica a los sacerdotes y sus dobles caras, un retrato que llevó a la censura del libro, según cuenta Fernando Larraz), una división sociopolítica entre clases dominantes y dominadas, aunque con peculiaridades transversales (desde los pobres devotos a los indianos millonarios y algunos ricos ácratas), una hipocresía generalizada respecto al sexo, y la homosexualidad de Amadeo, el amigo de Luis en que el autor proyecta su propia sexualidad, en un juego similar de fascinación y representación al de Proust con Robert de Saint-Loup. El efecto literario es envolvente, aunque es cierto que la tercera parte de la novela introduce de manera esforzada personajes y situaciones nuevas que permitan resolverla, una vez que la trama principal se agota. Blanco Amor no sólo es un fascinante escritor descriptivo de lo íntimo y lo público, sino un narrador ágil e irónico, capaz de observar matices y puntos de vista en algunas situaciones de planteamiento complejo (el entierro cristiano de la dueña del prostíbulo, o el ajusticiamiento de un asesino por garrote vil entre ellos) que revelan gran amplitud estética en su concepción literaria. Es una obra de menor contundencia que A esmorga, pero su conjunto poético-realista es una cumbre literaria en medio del panorama tremendista de la literatura española de aquellos años.

Eduardo Blanco Amor en los años 20 (vía)

 

 

 

 

 

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