Desde la presentación, este libro recopilatorio de una serie de trabajos sobre historiografía, arqueología y estudio del arte durante el franquismo, quiere responder y explicar si el régimen se apropió del pasado histórico para apuntalarse y justificarse. La respuesta es tan esperada como conocida, claro. Lo fabuloso de entrar al detalle, casi 45 años después de la muerte del dictador, es el delirio que alcanzó el franquismo en su invención del pasado y en la necesidad de equiparación de su líder con los nombres que le interesaban del pasado histórico español: la necesidad moral de que la cruzada fuera justa, leída así en su conjunto, deja un poso de tremendo complejo de inferioridad por parte del franquismo, que no sólo se sabía usurpador del poder y el destino del país, sino que se también se sentía así.

Yo nací en el tardofranquismo, y recibí obviamente su educación durante mi infancia. No son lo mismo desde luego los años cuarenta o cincuenta que los setenta, el régimen también mutó en sus formas, y combinó su necesidad de adoctrinamiento con la imagen exterior precisa para el desarrollismo que impregnó a las clases medias alrededor de los 25 años de paz. Pero tengo el recuerdo, anclado en el implacable País Vasco de los setenta, de una percepción continuada de la falacia en las historias de la Historia que el régimen utilizaba y había utilizado durante décadas, a la que contribuía también el acceso torrencial y liberador a informaciones que lo contradecían de continuo. La equiparación de Franco y su régimen a los Reyes Católicos o a Felipe II y sus imperios. La Reconquista y sus batallas, de Pelayo a Boabdil. La colonización y el papel de España en defensa de la religión verdadera en el mundo. Todo sonaba tan enmohecido, todo era tan moralmente inaceptable, tan emocionalmente ineficaz, que redundaba en un rechazo directo, incredulidad ante las supuestas glorias del pasado, y una desconfianza profunda ante la encarnación de las esencias de lo español. En aquel entonces, yo me lo tomaba en un aspecto general también inadecuado, porque mezclaba lo español con lo franquista; luego me vi obligado a diferenciar los matices, claro.

El franquismo y la apropiación del pasado, subtitulado El uso de la historia, de la arqueología y de la historia del arte para la legitimación de la dictadura, sigue un orden cronológico, el correspondiente a las diferentes épocas históricas en la península ibérica, que, en varios casos, corre peculiarmente en paralelo con el cambiante interés de los diferentes períodos cronológicos del franquismo. El libro no subraya, salvo algún caso particular, la psicología de la cobardía vergonzosa que supone que el régimen no pudiera afrontar la verdad histórica que negaba de continuo su legitimidad. Pero el listado de delirios es, no obstante, memorable, y creo útil recuperarlo. No hace tanto tiempo que se decían cosas tan absurdas como éstas:

1.- Los gestos de salutación de varios exvotos ibéricos de bronce (…) eran considerados como los antecedentes del saludo fascista nacional, y no sólo eso, sino que además lo consideraban como una cesión del pueblo español al Imperio Romano:

Exvoto del yacimiento de Collado de los Jardines, Jaén.

Se saludaba así a los romanos para anunciarlos que, después de las luchas enconadas con que Iberia había desafiado a las legiones de Ro ma se sometía y se casaba con su cultura superior; y, además, para indicar en ademán de paz, tendida al aire, la palma abierta de la mano su saludo a las legiones cesáreas que se acercaban. El gesto noble y caro ganó espacio. Repetido por las legiones romanas llegó a Roma y encontró pronto resonancia y extensión mundial (ABC, 25/04/1942)

(mencionado por Juan Pedro Bellón Ruiz, en su capítulo Los otros exiliados del franquismo: los íberos)

2.- Trajano y Adriano fueron figuras presentadas en la educación y propaganda franquistas como esenciales en la regeneración política y moral del imperio (…) sobre todo por un concepto providencialista del español (…) que habría servido para preparar la difusión del cristianismo

Adriano (sin Antinoo)

La primacía natural de los españoles hace que en el siglo segundo después de Cristo sean desplazados los emperadores de origen romano por la serie hispanizante de los Antoninos (…) Todo está ya dispuesto para que arraigue la predicación cristiana en el Imperio. Así es como los españoles cumplen la alta misión de preparar la siembra del cristianismo al transformar el poder de Roma y al hacer sentir a todos los hombres de su imperio la intensa sed de un Dios al que pudieran llamar padre. (Antonio Almagro, Constantes de lo español en la historia y en el arte, en Francisco Pina Polo, El estudio de la Historia Antigua en España bajo el Franquismo, Anales de Historia Antigua, Medieval y Moderna, 41, 2009)

(mencionado por Irene Mañas Romero en su capítulo La historia de Roma y la España romana como elementos de la identidad española durante el período franquista)

3.- La forja de la cultura ibérica tendría en los visigodos, por su carácter germánico, un importante punto de apoyo (…) La desintegración del gran Imperio romano había generado una falta de coherencia espiritual, debido principalmente a la heterogeneidad religiosa, racial y cultural que únicamente pudo resolverse con la creación de una unidad nacional lograda (…) por la labor de Leovigildo, de sangre germánica pero de nacimiento español, que le hizo unificador nacional

(mencionado por Carlos Tejerizo García en su capítulo Nazis, visigodos y Franco: la arqueología visigoda durante el primer franquismo, basándose en textos de Julio Martínez Santa-Olalla, Esquema paletnológico de la Península Ibérica, 1946, y Wilhelm Reinhart, El Rey Leovigildo, unificador nacional, 1945).

4.- Para mostrar la profunda españolidad de Al-Andalus, el más frecuente de los expedientes consiste en mostrar la plena compatibilidad de ciertas realidades de la España musulmana con la de otros períodos de la historia nacional, mediante el establecimiento de paralelismos:

Abderramán III

Esta característica fundamental del Estado omeya casa perfectamente con las de casi todos los períodos de la accidentada historia hispánica. El mismo fervor que los españoles del Siglo de Oro habían de poner en la defensa de la doctrina católica frente a las herejías luteranas, lo ponían estos musulmanes ibéricos en opugnar, aferrados a la tradición y a los argumentos de autoridad, las innovaciones heréticas y las audacias intelectuales que fermentaban en la Mesopotamia de los abbasíes (Emilio García Gómez, La trayectoria Omeya y la civilización de Córdoba, volumen IV Historia de España Ramón Menéndez Pidal, 1950)

(mencionado por Alejandro García Sanjuán en su capítulo Al-Andalus en el nacionalcatolicismo español: la historiografía de época franquista (1939-1960))

Los Reyes Católicos en la Wikipedia

5.- El imaginario medieval vinculado a los Reyes Católicos, hábilmente manipulado por el Régimen, fue manifestándose en múltiples facetas de la vida cotidiana, ya fuera de manera evidente o subliminal. A modo de ejemplo, en 1951, una pareja podía ir al cine a ver Alba de América, no sin antes participar de las loas propagandísticas del NODO, salir y fumarse unos cigarrillos de la marca “Tres Carabelas” o beber una copa de vino “Reyes Católicos”.

(mencionado por Daniel Ortiz Pradas en su capítulo Tanto monta. Apropiación de los símbolos e imagen de los Reyes Católicos durante el franquismo)

Los protagonistas de El Jabato

Y no termina aquí: la Dama de Elche representando el casto y generoso carácter español, los musulmanes de Bagdad presentados como heréticos frente al ortodoxo y justo Islam de Córdoba (¡!), Franco representado como el Cid, o construyéndose su propio Escorial (del que ya se había apropiado como ejemplo glorioso) en el Valle de los Caídos, el ejemplo estupendo de los tebeos, con incongruencias como presentar a protagonistas íberos del siglo I a.C. pero ya cristianos, como Jabato; o, por añadir uno especialmente doloroso al ser resultado de la volubilidad del régimen durante la postguerra, el sorprendente movimiento entre la preferencia por íberos o celtas como antecesores del pueblo y carácter españoles según les fuera a los nazis en la IIGM, ya que éstos se veían más justificados por el carácter ario de las culturas celtas que por las culturas procedentes del sur del continente.

En fin, El franquismo y la apropiación del pasado va más allá de ser un catálogo de locuras sinsorgas y su tono es científico y racional, sin olvidar el apunte político general continuado que resulta bastante inevitable ante al abrumador aporte de pruebas. El análisis del discurso apropiador , sus metodologías y sus en general claras conclusiones son resultados del análisis historiográfico que se detiene también en las figuras personales de interés (Santa-Olalla, Sánchez Albornoz, Menéndez Pelayo), entronca con la apropiación nacionalista ya procedente del siglo XIX (y de carácter también europeo), que en el caso español se quiebra con el derrotismo noventayochista, detalla con mimo la dirección política de la arqueología nacional, y, en cierto modo, otorga un perfil al franquismo cercano al ridículo. Que era la sensación que anteriormente comentaba como propia al recibir su educación.

Algunos capítulos merecen ser especialmente destacados por serme más novedosos, probablemente por no ser ya los ejes dominantes de la apropiación franquista cuando estudié, y por ello su lectura me ha supuesto más aprendizaje. Desde luego, está la preferencia nacionalsocialista por el carácter celta de los españoles para que Franco pudiera aportar algo a la mítica germánica en los primeros años de la IIGM. También está la sorprendente inversión del discurso oficial sobre la Reconquista que el escaso cuerpo de historiadores arabistas construyó, que se inicia con el intento de reconocimiento de la contribución a la españolidad de la presencia árabe en la Península para acabar mutándolo dando por imposible que los árabes, escaso en número, pudieran conquistar a toda la población cristiana existente, que en realidad los moldeó y adaptó a su carácter, de modo que su resistencia al califato de Bagdad o los reinos de Taifas no fueran sino muestra de carácter español. También ha sido instructivo repasar la presencia visigoda como primera unidad política española tan discutible como independiente, porque en mi educación los mitos godos ya estaban más diluidos frente a la Reconquista, los Reyes Católicos y los primeros Austrias. Y, por supuesto, el Escorial y su historiografía, en un capítulo que muestra cómo los hermeneutas del monumento caían en el odio profundo de cualquier debilidad antiespañola, con querencia especial hacia las reinas extranjeras que se asentaban en el país fruto de la política de alianzas matrimoniales.

En general, todo el libro se lee estupendamente, sin grandes variaciones de tono a pesar de los múltiples autores, un mérito importante del editor, Francisco J. Moreno Martín, de la Universidad Complutense de Madrid, que incluye también un capítulo dedicado al Estado Novo de Salazar. El libro es tan divertido y adictivo como absurdo, pero dispone de una bibliografía seria de interés. Echo de menos, eso sí, un índice de personajes y temas, y, tal vez, mayor extensión a la cultura popular (en este caso basada en la Historia, claro) creada durante aquellos años imposibles.

Sólo queda añadir que este libro es una excelente publicación más de la Fundación Pablo Iglesias.

 

 

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