Pretendía terminar con este libro, en modo algo juguetón, lo empezado con Y mientras tanto, en el País Vasco y continuado con Y mientras tanto, en Euskadi (que tuvo capítulo doble). Pero ETA. De principio a fin. Crónica documentada de un relato, no se presta de manera alguna al juego. Es un libro tristísimo y de contenido siniestro, que refleja de manera implacable la tragedia vasca de las últimas décadas, con conciencia de ser un resumen que en 400 páginas no puede abarcar el horror entero.

José Félix Azurmendi fue director de Egin y trabajó después en Deia y EiTB. Su crónica documentada se basa, según dice, exclusivamente en las noticias publicadas por la prensa de distintos signos políticos, (toda la vasca, claro; en los medios nacionales fundamentalmente El País pero también otros como Diario 16), desde noticias de los hechos directos a comunicados, declaraciones y entrevistas, entrelazadas en ocasiones, y en continuidad casi inabarcable. La espiral dramática es narrativamente adictiva, con intensidad realista percutante en el ánimo del lector. He leído párrafos con congoja, sabiendo que esta sangría le niega la nostalgia a mi infancia y juventud, y sabiéndome partícipe de una época y lugar inmorales que soportaremos a bofetadas cada vez que los pasajes del libro recuperen su presencia ante lo selectivamente olvidadizo de la memoria individual. Este torrente emocional no se produciría, creo, sin el talento narrativo que el autor pretende negarse a sí mismo bajo la bandera de simplemente haber recogido, digerido, y proporcionado al lector, un resumen documental.

Alrededor de ETA, el libro necesariamente trata los infinitos temas históricos que me gustaría destacar, pero me quedaré con uno que creo que, desafortunadamente, falta. Ahí están, claro, las escisiones de ETA, los posicionamientos que tanto evolucionaron de Euskadiko Ezkerra, el origen y desarrollo de la coordinadora KAS, las espirales acción-represión-acción y su espejo siniestro y multiplicado de la guerra sucia y los abusos y torturas policiales, las inflexiones sociales y políticas del asesinato de Miguel Ángel Blanco y el secuestro de Ortega Lara, de Hipercor, y del atentado en la T4, la posición de la izquierda abertzale ante los avatares de la política vasca, su incapacidad electoral, los cierres de Egin y Egunkaria, el proceso contra Batasuna, los procesos de negociación entre el Gobierno español y ETA, los presos políticos, etc…

Pero me quedaré con el subtítulo del libro, Crónica documentada de un relato, que subraya la palabra principal que hoy y creo que por mucho tiempo aún se discute en el País Vasco: el relato. Azurmendi obviamente procede del nacionalismo, en una trayectoria que intuiblemente se inicia en la izquierda abertzale y que evoluciona hacia posicionamientos nacionalistas críticos con el mantenimiento progresivo de la violencia. Ya no recuerdo su figura entre la avalancha de nombres de los años de plomo, pero la trayectoria profesional y determinados énfasis del libro lo indican. Estas posiciones no tendrían que suponer necesariamente los modismos molestos, por continuidad y por ausencia, que quiero destacar del libro: primero, la nula consideración hacia la creación de los movimientos civiles antiviolencia y el poco peso histórico que finalmente les proporciona esa escasa presencia; las dos únicas menciones superficiales a Gesto por la Paz, por ejemplo, cuyo nacimiento ni siquiera se refleja, sin constatar la presión a la que sus miembros eran sometidos cuando se manifestaban silenciosamente después de cada muerte violenta, resulta especialmente doliente, pues Gesto sí aparecía en los medios de manera continuada aunque, supongo, poco relatable. Tampoco la violencia de persecución tiene acogida en el libro: el acoso a familiares de personas que habían sido asesinadas, el aislamiento social de aquellos que eran objetivo real o supuesto de la acción terrorista, el exilio de muchos amenazados, o los impactos sociales y económicos del impuesto revolucionario. Cierto es que varias de estas cosas NO se publicaban, y paralelo a ello cierto es que las víctimas del terrorismo y su vivencia al respecto no fueron parte central del relato hasta prácticamente cambiado el siglo, pero la ausencia es significativa y lamentable, dado que el autor, como todos nosotros, conoce perfectamente que formaban parte del día a día. No por ello blanquea el pasado terrorista ni mucho menos crea héroes, pero…

Desgraciadamente, ETA recorre las biografías de mi generación como una maldición que siempre creímos inacabable hasta que llegó 2011 y sucedió que el destino inevitable cambió. Al cerrar este libro terrible se sienten, a la vez, un alivio inmenso y una pena negra.

José Félix Azurmendi

 

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