Compré este libro durante un viaje vacacional a Portugal y lo leí durante otro. Saramago lo publicó en 1981, cuando estaba retomando su carrera literaria y antes de publicar sus novelas de mayor éxito, aunque enseguida llegaría el Memorial del convento. Aunque sea un libro de viajes, el tono literario y el concepto vital del Saramago novelista ya habita estas casi 700 páginas de pueblos, paisajes, iglesias, arte, ciudades, comida e Historia.

Óbidos, Castillo

Saramago plantea un viaje de Portugal de norte a sur, recorriendo comarcas del interior al océano y viceversa, empezando con un clima otoñal y terminando en un verano abrasador. Viaja sin intención sistemática ni turística, sino persiguiendo sus intereses propios de amante de los lugares artísticos e históricos, y con debilidad por aquellos lugares que fueron vividos por autores de las letras portuguesas (curiosamente, sin referencia a los grandes espadas de la literatura portuguesa: ni Pessoa, ni Eça, ni Camões). Su juicio es el de una persona culta y conocedora de los estilos artísticos, amante de la Historia, y observador tan irónico como escéptico, tan tierno con lo concreto como pesimista con lo general. Conocedor de que transmite una experiencia personal, utiliza el humor para transmitir el choque entre las realidades que encuentra y la suya propia, y su capacidad metafórica y universalista consigue el milagro de interesar ávidamente a un lector que, como yo, es ajeno a (casi) todo el acervo cultural, folclórico e histórico del país visitado y que apenas puede reconocer algunos lugares concretos que sí ha conocido, algunas idiosincrasias que brevemente ha notado, algunas lecturas y estilos mínimos que ha distinguido; y todo ello gracias a estar visitando Portugal con frecuencia en los últimos tiempos. Así, imagino que el placer de un portugués con esta lectura puede ser supremo.

Mafra, biblioteca del convento

Como buen proyecto de sabio cascarrabias, Saramago enjuicia actuaciones turísticas, actos sobre el patrimonio, o el escaso mantenimiento del mismo, a veces con virulencia. Como buen asceta, gusta más del románico y de los muros de lienzo que de la explosión manuelina o su odiado barroco, de modo que incluso Lisboa, sorprendentemente, no es demasiado de su gusto –aún más sorpresa es que le disguste tanto el convento de Mafra al que dedicó un libro entero-. En su personal análisis artístico alcanza grandes logros, como por ejemplo cuando especula con que las esculturas o azulejos de diferentes épocas de una misma iglesia hablen entre sí, o cuando pide a los dueños de los huesos de la iglesia de Évora que se rebelen ante su injusta situación. Como viajero concreto no tiene reparos en describir su sufrir en la ruta, de la noche en que no encuentra alojamiento a la ruta imposible para llegar a un lugar remoto, con una especial predilección por las dificultades para conseguir que le abran las puertas de las iglesias de los pueblos que visita. Sin duda se producen repeticiones, pero prima la conseguida atmósfera de viajero decidido y esforzado en el conocimiento, y en su descripción con ligereza pero sabiduría.

Monsaraz, el Guadiana visto desde el castillo

Un aspecto especialmente encantador del libro afecta a los lectores de Saramago que, como yo, hemos leído antes la mayor parte de sus novelas, escritas sin embargo después del Viaje a Portugal: el libro encierra sin duda el aliento de muchas de las fábulas saramaguianas. Así, la ironía científica con que mira determinadas imágenes religiosas anticipa el espíritu de El Evangelio según Jesucristo; el escepticismo que le producen los tópicos históricos son el reflejo de lo que leeremos en la Historia del cerco de Lisboa; el apartado abrasador del Alentejo remite a Levantado del suelo; y de las constantes referencias fronterizas (desde la primera frase a orillas del Duero, su sermón a los peces) hay apenas un salto a La balsa de piedra. Todas son obras de aquellos años, no he atisbado sombras de sus polisemias más alejadas.

En fin, un gran libro que a pesar de ser obra de un escritor que ya conocía y admiraba nunca habría leído sin haber conocido a @PalmeiroRicardo. Obrigado, meu amor!

José Saramago (foto de Elisa Cabot)

 

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