El socialismo antes de Karl Marx suele denominarse utópico, y en no pocas ocasiones tuvo un componente místico o religioso. Fueron corrientes que surgieron en la filosofía durante y tras la Revolución Francesa, pero no encontraron verdadera significación práctica, salvo el establecimiento de determinadas comunidades, antes de que Marx y su edificio dialéctico ofreciera su interpretación materialista o científica de la historia. El saintsimonismo es probablemente la corriente más conocida. Pierre Leroux, dicen las crónicas, fue un saintsimonista breve y se arrogó el uso por primera vez del término socialismo. Desconocía la existencia de este socialista primigenio, pero para eso tenemos a @lalita1972, que vino al rescate rauda y generosa.

Tal vez el olvido de Leroux proceda de su insistente vertiente religiosa, cristiana, un tanto molesta para los que hemos estudiado el socialismo como la filosofía que afirmó que la religión es el opio del pueblo. Leroux insiste en un análisis que considera los conceptos y estructuras religiosas como presentes en la sociedad de su tiempo, pero no le falta lucidez en su análisis de contexto, que es necesario acotar. Este libro, Cartas a los filósofos, los artistas y los políticos, recoge varias publicaciones que a modo de análisis histórico, poético y sociopolítico dirigido a cada uno de los colectivos mencionados, aparecieron en revistas editadas por el propio Leroux entre 1831 y 1832, con alguna reedición de la primera de las cartas en 1841. La Revolución Francesa hace años que sucedió, y la Restauración es la realidad política en que se publican los artículos. Leroux razona que Dios ha sido ninguneado, y con él ha caído el régimen feudal y cristiano, sustituido por los valores de libertad, igualdad y fraternidad, que, no obstante, no han cristalizado aún en un nuevo edificio moral y político que dé satisfacción a los diferentes estamentos sociales entre los que está la incipiente pero ya abundante clase proletaria que alimenta de mano de obra las industrias de Francia.

Así, Leroux se sabe conscientemente situado en un período de transición que necesita definir la naturaleza humana y con él la realidad sociopolítica en que debe encajar el hombre. Critica el estado anterior y sus implicaciones de origen religioso, pero parece considerar absurdo luchar contra el uso de los modos religiosos que intuye que persisten en las diferentes instituciones nuevas que se han creado desde la Revolución, pero sin sus valores. Así, las clases bajas que antes aceptaban su estado de esclavitud a cambio de un sitio en el cielo, ahora están desamparadas porque la igualdad proclamada por la Revolución no es real. A Leroux le falla obviamente el análisis científico, cuya significancia metodológica a la hora de democratizar (o igualar) la sociedad mediante la igualdad tecnológica no es capaz de ver:

¡Cosa extraña, contraste bizarro! Se ha llegado a creer que es útil para la nación, e incluso útil para el género humano emplear un sistema uniforme de peso y de medidas, y al mismo tiempo no se siente que sea necesario para una nación, ¿qué digo?, para dos hombres, tener un sistema uniforme de creencia moral, ¡y un critérium común de verdad y certidumbre! Así es la época, ahí ha caído, y de ahí es de donde debe salir para elevarse a la más alta forma de asociación y de comunión que haya reinado entre los hombres y merecido el nombre de sociedad.

No deja de parecerme curioso que como pensador teórico que es sea más que disculpable que le falte claridad ante el aún en su época no suficientemente expandido positivismo científico. Sin embargo, tiene más claro lo que ha vivido de manera propia:

Cuando un orden social se derrumba y un mundo nuevo está por nacer, el genio del mal parece desencadenarse sobre la tierra. Todos los elementos del pensamiento humano luchan confusamente, como en el caos. Se produce entonces una crisis de dolor y de nacimiento, de miseria moral y física excesiva, de llantos y de rabia. Es la disolución que precede la vida nueva; es la agonía, la muerte: pero es también un indicio seguro de renacimiento.

Su carta a los artistas es en el fondo un ensayo crítico sobre el estado de la poesía de su tiempo en el que Leroux cae en la tentación de asimilar el momento artístico con el político. La idea es brillante, pero le falta la perspectiva que con el tiempo nos ha permitido distinguir el asentamiento del romanticismo y del realismo a lo largo del siglo desde el que Leroux nos escribe. Su pasión por Byron indica cómo la confusión romántica le parece más acorde con la realidad que el historicismo academicista de otros autores acaso más apegados a formas prerrevolucionarias. Teniendo la misma tentación que Leroux, este paralelismo podría hacerse entre su visión del momento y la que algunos años más tarde realizará Marx.

Soy consciente de que juzgo a Leroux desde nuestro tiempo actual, cuando varias de las preocupaciones esenciales son lógicamente distintas, y cuando hemos visto las consecuencias históricas del pensamiento que se fraguaba en su siglo. Pero también entiendo que en la posibilidad de ofrecernos respuestas desde el pasado (o, al menos, una bonita construcción estética, en la que Leroux no triunfa demasiado), un pensador se la juega. Leroux es reconocido también como un fundador del socialismo feminista, y ciertamente es revolucionario que considere a la mujer como un sujeto político, pero a través de un prisma tan paternalista y, en parte, culpabilizador, que revela el enorme camino a recorrer.

El contexto debe ayudarnos de todos modos a situarlo en su tiempo. Porque, a fin de cuentas, algunos de estos razonamientos escritos hace casi doscientos años resultan tan reveladores que no podemos obviar un suspiro:

Introducir en la legislación y en la vida social el principio de caridad, y transformarlo en derecho, es, para quien quiere razonar, provocar una ofensa a la constitución actual de la sociedad fundada sobre el nacimiento y sobre la propiedad individual, y al mismo tiempo es cambiar completamente la finalidad que el Cristianismo había dado a la actividad humana; porque para el Cristianismo la caridad apuntaba al cielo, no a la tierra. Por ende, para cualquier espíritu lógico y dotado de alguna fuerza, adentrarse, como se dice hoy en día, en la mejora material de la condición de las clases inferiores por vía gubernamental, no es solamente abandonar cada vez más el orden cristiano-social, es adentrarse en un nuevo pensamiento religioso y social.

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