Mas, volviendo a mí mismo, yo pensaba más modestamente en mi libro, y aún sería inexacto decir que pensaba en quienes lo leyeran, en mis lectores. Pues, a mi juicio, no serían mis lectores, sino los propios lectores de sí mismos, porque mi libro no sería más que una especie de esos cristales de aumento como los que ofrecía a un comprador el óptico de Combray; mi libro, gracias al cual les daba yo el medio de leer en sí mismos, de suerte que no les pediría que me alabaran o me denigraran, sino sólo que me dijeran si es efectivamente esto, si las palabras que leen en ellos mismos son realmente las que yo he escrito (pues, por lo demás, las posibles divergencias a este respecto no siempre se debían a que yo me hubiera equivocado, sino a que a veces los ojos del lector no fueran los ojos que convienen a mi libro para leer bien en sí mismo).

Querida Madame Proust y Queridas Madames,

Ha sido un placer compartir con ustedes estos treinta meses de lectura de En busca del tiempo perdido. Con esta bonita mención tan particular del muchacho autor a sus lectores, queda cerrada esta aventura y se deshace el bonito salón de té en que hemos compartido libros, pastís y encaje. No cerramos del todo el panel de anuncios, pues cualquier mención de fuste sobre Marcel que en nuestras manos caiga podrá tener cabida en este lugar. Pero el tiempo, por lo demás, ha sido encontrado y Madame Proust, por fin, sube cada noche a besar la mejilla de su hijo antes de que se duerma.

Suya,
Madame de Borge

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