Queridas Madames,

Llega un momento en la vida de todo muchacho en que recapacita sobre sus cosas y decide qué hacer con su vida. Incluso en el querido diletante que es Marcel  ha llegado el día de ponerse a la acción, aunque sea ya en la edad madura (espero que ustedes no caigan en este error pequeñoburgués, queridas). Su difícil decisión es escribir el libro de su vida, plasmar los seis volúmenes anteriores en una obra literaria, y así recuperar el tiempo que se le escapa. Para ello recuperará en su memoria todos los rostros que han desaparecido bien porque han muerto, bien porque el tiempo ha borrado sus gestos y matices. Y se encerrará y no verá a nadie hasta que termine su opus…

A Marcel la decisión le llega en un momento de revelación. Asiste a la última fiesta de La Recherche, se ha cruzado con un impedido Monsieur de Charlus en los Campos Elíseos, y antes de entrar al salón de los Guermantes (donde las viudedades y los matrimonios han dado lugar a sorprendentes anfitriones y relaciones familiares) debe quedarse en un saloncito a que termine la pieza musical que suena. Una vida evocada se cruza ante él. Pero, a diferencia de Gretta Conroy (a la que ustedes recordarán con el rostro de Anjelica Huston en Dublineses, la adaptación del relato Los muertos de James Joyce), Marcel no siente el vacío de una vida inútil que le lleve a la desesperación, sino, como mucho, el terror a no poder completar la obra que se ha encomendado.

En efecto, el capítulo, además de mostrar una epifanía obviamente cultural, es metaliterario al reflexionar sobre la propia obra y su relación con la vida. No es de extrañar el éxito del último volumen entre literatos (esa gente tan pesada), dada la profusión de citas sobre el arte de la literatura. Da fin a la vida de Marcel, pues se retira del mundo para encerrarse sólo con las letras, y lo hace consciente. Dice que su novela no será nunca una novela en clave, pero cabe pensar que nos miente. Este libro inmenso, escrito por un judío homosexual que es el principal protagonista de la historia en la que se presenta como cristiano y heterosexual, no tiene personajes presuntamente reales como clave, sino situaciones y episodios completamente clave de manera directa.

Yo había llegado, pues, a la conclusión de que no somos en modo alguno libres ante la obra de arte, de que no la hacemos a nuestra guisa, sino que, preexistente en nosotros, tenemos que descubrirla, a la vez porque es necesaria y oculta, y como lo haríamos tratándose de una ley de la naturaleza.

Suya,
Madame de Borge




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