Queridas Madames,

Hoy les traigo la prueba definitiva de que nadie lee las obras cumbres de la literatura, ni clásica ni occidental… ¡ni puñetas!. Estaba yo tan tranquila leyendo El tiempo recobrado, tomando mi pastís de las cinco, en compañía de mis gatos  y con el runrún del arroyo de fondo, cuando se me han caído los quevedos, el monóculo, los anteojos y hasta las gafas al leer una descripción detallada de la vida en el interior de un burdel. No es que no hubieran aparecido burdeles ya en la obra, pero un burdel gay sadomasoquista donde los soldados de la I Guerra Mundial de permiso en París le hacen servicios con látigos y cadenas a los señorones príncipes y ministros de la Francia cuasisitiada es algo cuando menos inesperado para una obra cumbre de la literatura occidental. El tono, Marcel sería incapaz, no es sórdido, es más bien pintoresco, pero ha tenido que venir la mucama con las sales al oír mis interjecciones espasmódicas.

Una se pone entonces avizor para intentar averiguar si esta audacia proustiana tiene parangón y precedente. Y seguramente sí, más en Francia. Sade. Rimbaud. Y enseguida Genet. Pero Marcel tiene voluntad de trascender literariamente, de ser reconocido por el arte, sabe que está inventando una forma de novelística -que encaja con las vanguardias, sí, pero que en literatura fue más conservadora- pero quiere el triunfo, al menos el crítico. Y no sólo eso: ¡lo consiguió! Bajo el canon de la literatura occidental, Marcel ha debido sobrevivir a todo tipo de lecturas censoras que seguramente desviaban la mirada o condescendían en pasajes como éste, cuya subversión no es obviamente sólo la sexual. Ese burdel que hace feliz en su vejez a Monsieur de Charlus es la única casa de alegría y luz en el oscuro camino que Marcel debe emprender un día hacia su casa en un París oscuro, bombardeado, tristón. Y Marcel, siempre apareciendo casualmente en los escenarios de la vida, ya sabemos de quién nos habla, ¿no?

Suya,
Madame de Borge

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