La cita: ‘Moderator’s instincts told him to keep on driving, but he could not bring himself to ignore the young man’s great looks. Before he was aware of what he was doing, he had already stopped the car, had rolled down the window on the passenger side, and was leaning over to ask the goioborge if he would like to get into the car. That was how the goioborge stepped into Moderator’s travel to Bordeaux. For better or worse, that was how the whole business started, one fine morning at the end of the summer’ (Paul Auster, más o menos).



Durante la segunda noche, Moderator, sin duda agotado y saciado por los paseos longos por Mouton-Rothschild, ronca como descosido, sin mesura alguna. Al parecer, todos sobrevivimos, ya que el vizconde nos pregunta con amabilidad por nuestro día de ayer al servirnos el desayuno (de nuevo cruasán sobado), durante el cual conocemos a una pareja de canadienses residentes en Bélgica, con los que departimos en graciosa amistad repentina; ninguno de ellos nos dirige miradas llenas de odio por una noche en vela.


Partimos hacia Lynch-Bages, al sur de Pauillac, donde hacemos una visita completa a la bodega, uno de los landmarkspreferidos de Moderator en su peregrinación, recuerdo de una botella degustada hace años. Nos guía nada menos que una guía china, de perfectos inglés y francés, que, al contrario de lo sucedido en Mouton-Rothschild, describe también el proceso moderno de fabricación, y todos los pasos para producir el vino. En este caso, la bodega mantiene las viejas cubas de maceración y los procedimientos de prensado en una instalación ya museo, mientras que la bodega moderna tiene sus cubas metálicas, sus controles automáticos de temperatura, su calentamiento del caldo mediante resistencias eléctricas. La explicación, como corresponde a becaria extranjera que se gana el pan, resulta mucho más completa y entendible. Descubrimos que usan el vino dulce (restos del prensado) para pagar los impuestos al gobierno –que no sabemos para qué demonios lo usará-. Quedo fascinado por el aspecto de sangrado que tienen las cubas tras el trasiego y limpieza, y degustamos dos botellas de vino. 



Nuestra becaria china ha estudiado en Shenzhen a pesar de ser de la otra parte del país (de origen kazajo, de hecho, pero de Xinjiang), así que aprovechamos para unas pocas risas por eso de las casualidades de la vida y por los intentos de hacer aprender al Moderator, sin éxito, un chino básico: hola, gracias, salud, la cuenta. La becaria no entiende bien de todos modos nuestro concepto sobre lo que mejoran los vinos si se acompañan de un buen queso o un jamón. De hecho, nos mira raro al respecto, claro que lo mismo sucede que es un efecto de su mirada oblicua. En cualquier caso, así resulta, por lo menos para mí: los vinos franceses me mejoran mucho si además estoy comiendo, mientras que los vinos españoles que conozco también mejoran pero soportan mejor la prueba de ser bebidos en ayunas. Reflexiones, pues, llenas de profundidad surgidas de una visita mucho más barata que Mouton-Rothschild (6 euros frente a 25), pero más gratificante para el conocimiento, aunque menos para el arte (de hecho, la exposición que tenían de un pintor ignoto era altamente hórrida). La bodega tiene además un pueblecito adjunto muy bien montado, con su panadería tradicional y su restaurante, todo muy cuco y afrancesado.


Tomasa nos dirige después hacia Burdeos por bonitos caminos vecinales cercanos a la Gironda. Entramos en la ciudad casi de tapadillo, entre zonas industriales y nos encontramos de repente junto al río, cerca ya del Pont de Pierre y la Place de la Bourse. Aparcamos en uno de los múltiples parkings espectacularmente grandes y modernos de la zona y comemos un menú excelente en la Place des Jeunes Fares, en un bistró pijín con pinta de modernidad cara, pero que en el menú del día resultó de estupenda relación calidad precio.



Paseamos por la ciudad, un tanto erráticamente, si bien aprovechando los conocimientos de visitas previas del goioborge. A fin de cuentas, Burdeos está a menos distancia de Bilbao que Madrid, si bien no cabe esperar que eso sea lo que le da su porte y elegancia. Entre los comercios bizarros que vemos destacan el centro comercial con su coche estampado en la fachada, una tienda de muebles modernos ultracaros y diseñados por famosos artistas en la que una jamelga con habituales rasgos de gran mujer francesa tuvo cinco minutos sin parpadear a Moderator (quien le pidió tarjeta y todo, interesándose por los muebles mientras analizaba sus piernas infinitas, y obviando totalmente mi presencia en la tienda, con una escandalosa falta de educación sólo comparable a la inconmensurable admiración fisiológica demostrada), o una carnicería kosher en plena Rue de Victor Hugo, hoy convertida en centro multiétnico de la ciudad. 




El recorrido comercial acaba en una tienda de vinos donde el Moderator se obnubila etanólicamente y hace acopio de caldos, pero donde, personalmente, lo más jugoso para los sentidos no deja de ser la propia tienda, una escalera circular de hasta seis pisos con las paredes rebozadas de botellas de vino exclusivamente de Burdeos, y en la que la compra se va haciendo subiendo poco a poco los peldaños.




En Burdeos, el paseo depara hermosas iglesias góticas, y una ciudad cuya arquitectura del centro está varada en el barroco, con fama de ser el mejor museo al aire libre de barroco civil europeo. España tiene su rinconcito con la sede del Instituto Cervantes en el mismo centro, aprovechando para ello la casa donde murió Goya.


El turismo nos agota, pues ya tenemos una edad, así que volamos al cható, Tomasa mediante, descansamos, y cenamos en Les Tallieuls, en Eysines, cerca de Burdeos y motivo por el cual repetimos camino varias veces en la misma noche. Compartimos los primeros, unos canelones de berenjena (sin pasta) con relleno de sardina y carpaccio de dorada marinada. Después ataqué un tournedó de magret de canard. Los platos resultan aceptables sin más. El souffle au grand manier de postre es sin embargo muy poca cosa. Moderator está a punto de reventar, así que pide una infusión y le sirven una cosa llamada verbena sin otra traducción. Le mola, pero pasa todo el viaje anticipando una digestión pesada y una noche toledana. Volvemos al castillo por el camino de zombies habituales, y, a la noche, Moderator deja la ventana abierta y le entra un trolebús volante con una capacidad ruidosa inaudita. Allá en su habitación dejo a ambos seres vivos.

Tras dos líneas de Luis Racionero caigo desfallecido. ¡Un crack!

La mañana conlleva los movimientos rutinarios del viaje que se inicia: desayunamos, empacamos, pagamos, llenamos el maletero, estrechamos manos con el vizconde en sincero reconocimiento de su buen saber, llenamos el depósito, y vamos a Margaux. No les exagero, mis lectores improbables, si les afirmo que en Chateau Margaux el Moderator queda fascinado si no emocionado por la contemplación de los hermosos viñedos, entre los que pasea con soltura mientras fotografía viñas, castañas y caracoles, sin duda atraído por la explosión de vida y color de la hermosa mañana de agosto. Después hace lo propio en Brane-Cantennac, en esta ocasión posando con una botella de reciente adquisición y futura degustación.




Tomamos rumbo a Arcachon, famosa por su bahía con infinitos criaderos de ostras, alimento de gran tradición en tierras de Francia. Las colas de entrada a la ciudad son importantes debido a unas molestas obras que perturban nuestro tranquilo conducir con ruidos, polvos y cruce de excavadoras desatadas. La ciudad es una tranquila población de costa, con su casino y sus hoteles de playa, incluyendo un coqueto paseo junto al tranquilo mar. Apenas nos queda tiempo para comer con una filosofía contraria a la llevada en el viaje (véase foto, observándose, eso sí, la jarra de rica sidra bretona que mojó esta modesta vitualla y con la que Moderator, valientemente, consiguió tragarse un ibuprofeno homérico), y para dar un breve paseo entre tamarindos mirando al mar. No obstante, las terrazas están llenas de franceses devorando bivalvos enormes con fruición: ¡qué cazuelas! ¡qué chorros de limón!





Se acerca pues el final del viaje, el momento de regresar al sur, de olvidar estas civilizadas tierras del norte, su inesperada sensualidad más allá de lo puramente enólico. Estas líneas no han incluido debates sobre lo que el vino nos relaciona con la vida (y con la verdad, que diría uno de los latinajos más acertados), ni profundas discusiones sobre lo industrializado de un negocio algo pomposo y a la vez tintado de una tradición que ya existe sólo para el turismo. No procedía al tratarse de una crónica de simples recuerdos para un futuro; para unos nietos que no lo lean, para una posteridad efímera que, al dejar los papeles al aire, avinagre con su oxígeno acre el color y el sabor de estas letras, pero no de esos días. A bien tôt!!







Viaje realizado en agosto de 2008 (etapa iii de iii)






2 comentarios en “Ah, les vignobles…(iii/iii): Ciudades del Mèdoc”

  1. A esta lectora improbable le ha impresionado la foto de la tienda de vinos con su escalera expositor. Y le ha hecho gracia lo de la bodega con el pueblecito adjunto bien montado. 🙂

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