La cita: ‘With the coming of Moderator began the part of my life you could call my life on the vineyards. Before that I had often dreamed of going North to see the grapes, always vaguely planning and never taking off. Moderator is the perfect guy for the vineyards, because he actually was born between grapes, when his parents where passing through Cigales in 1963, in a 2CV, on their way to Alicante’ (J. Kerouac, adaptación libre).

Tras una noche completamente silenciosa, sin molestias aparentes del vizconde ni sus hospedados, y con el sueño profundo aunque algo entrecortado, y tras disfrutar del bañoducha a la francesa, el vizconde-même nos da de desayunar zumo de naranja, café con leche, y cruasanes con mantequilla y mermelada. Un desayuno simple y recio que merece nuestra aprobación y que sería incluso mejor si el vizconde no nos sirviera los cruasanes usando sus desnudas manos sino una modesta pinza de cocina. Bueno, aunque fuera de plata no pasaría nada. No obstante, acto seguido el vizconde ejerce de enlace turístico y consigue reservarnos una visita al Chateau Mouton Rothschild a las 1030h y en inglés (la visita incluye cata y el precio es 25 € pax). El moderator siente fuertes deseos de besarle con lengua, pero se reprime dada su educación y el respeto innato de la plebe por la sangre azul. Posteriormente, el moderator intenta que este comentario completamente ajustado a la realidad desaparezca del diario de viaje, con éxito nulo dado mi insobornable compromiso con el verismo en la literatura que él mismo gusta de inmortalizar.


Chateau Mouton Rothschild no se distingue precisamente por su sede arquitectónicamente espectacular, ni por anunciarse con grandes ornamentos. De hecho, resulta imposible distinguirlo a la salida de Pauillac si no fuera por un simple y modesto cartel de carretera que encontramos bien a pesar de que Tomasa, que localiza bien los pequeños villorrios de la región, no localiza, orgullosa tal vez, cható alguno.


La visita se inicia con un video de historia de la familia Rothschild, centrada sobre todo en el barón Philippe de Rothschild, gran hombre de vinos y amigo de la crème de la crème mundial, y su hija, la ex actriz (tan ex que no aparece en la internet) Philippine de Rothschild, a la sazón baronesa de Rothschild, quien, emocionada, nos cuenta que en el cható encontró su vida y su destino. El video es francamente horrible, pero el heterogéneo grupo –americanos, sudafricanos, británicos, rusos y españoles- atiende con multicultural respeto. Tenemos después un breve paseo por viñas de diseño y disposición turistas (obsérvense los horribles carteles de cada tipo de uva) y finalmente bajamos a las bodegas.



Nos muestran sólo el proceso digamos tradicional, con las grandes cubas para la fermentación, los barriles para el trasiego, y las bodegas personales de vino extranjero (todo aquel que no es de Burdeos, treinta mil botellas) y vino local (Burdeos, sesenta mil botellas) de la baronesa. La explicación es flojeras y la guía es una francesa estiradita con cara de reprimida que también habla castellano y que nos hace circular con rapidez. Nos dirige, eso sí, al lugar más sorprendente de la visita, el museo personal de objetos de arte relacionados con el vino de la baronesa (en palabras sin duda sinceras del vizconde de Baritault du Carpia: c’est unique, vous savez), donde hay desde piezas mesopotámicas hasta joyas modernas, pasando por tapices gobelinos aparentemente interesantísimos y varios Bacos indecentes dándole al tintorrillo con gusto. No sé yo si hoy en día se aceptaría mucho esto del niño regordete alcoholizándose, pero la baronesa se protege y no deja que las visitas se demoren más de diez minutos, no vaya a ser que la distinguida clientela se dé cuenta de los millones encerrados en esas salas.


El digamos compromiso de Chateau Mouton Rothschild con el arte ya me había sido avanzado por el moderator. Resulta que desde finales de la segunda guerra mundial esta mundialmente famosa bodega tiene por costumbre cambiar de etiqueta cada año, contratando para tal efecto a un gran pintor que les diseñe su imagen anual. Ninguna otra bodega del Médoc hace esto. La costumbre es más bien tener una etiqueta clásica e inmutable con la imagen del cható, inmutable también, con clara intención de permanencia… inmutable, seguramente. Y aunque en Mouton no hay una galería de cuadros originales que pudiera haber hecho las delicias del aficionado de gustos eclécticos al arte que todos encerramos, las reproducciones no dejan de ser sorprendentes. ¿Y todo esto por unas botellas de vino? Como indicación del valor añadido del producto no está mal, desde luego. Este documento incorpora las obras de Cocteau, Picasso, Balthus y Bacon. Una de las más sorprendentes es posiblemente la de John Huston, el director, cuyas aficiones por los pinceles desconocíamos. Pero, Borge, recuerda lo que bebía. Ah, sí, eso es cierto.


La visita se cierra con una degustación de tres vinos de las tres marcas que Mouton Rothschild maneja. Todos los vinos son de añada reciente, 2007, y se les supone alejados de su momento ideal. Están en crecimiento, en proceso de maduración. La pijoguía gabacha hace gorgoritos con el vino en la boca y nos habla de la complejidad de sabores y la paleta de olores, y otras zarandajas. Por supuesto, participamos con la seriedad debida del momento, nos miramos con sorprendente entendimiento y descubrimos vainillas y cerezas entre taninos mientras los yanquis dicen gilipolleces sobre barbaridades hechas al vino en España. Contengo al moderator, que se enerva, mientras demuestra su cariño por mí en el reportaje fotográfico adjunto.


Se me ocurrió decirle al moderator en mi tono habitual (elevando barbilla, vamos), lo siguiente: Chateau Mouton Rothschild resulta una visita más interesante por el mito y lo que le rodea que por lo que debería serlo: el vino. Demasiado exposición, demasiado galería, resulta algo decepcionante su insistencia en métodos tradicionales realizados en lugares que se mantienen impecables, y sin cuba moderna alguna, ni procesos añadidos. Él respondió: ¡escupe, cabrón!

Comimos de menú en Pauillac, y no mal. Pauillac no es que sea un pueblo de demasiado interés, a pesar de dar nombre a una de las denominaciones de origen más famosas del mundo. En el pueblo en sí hay una iglesia poco destacable, y apenas dos puntos de interés bizarro. 

La imagen de la salud en las farmacias de Francia

El pueblo llega a la ribera de la Gironda, donde hay puerto deportivo, terrazas, restaurantes. En el que comimos, y mientras echábamos el cigarrito y una insegura siesta en la terraza, la dueña se nos adjunta a fumar, y nos suelta un bonito speech sobre la crisis, la falta de turismo norteamericano, el cambio del dólar, y el mucho trabajo que tiene. Al menos nos dice donde está la casa del vino (y oficina de turismo) de Pauillac, cosa que le agradecemos en voz alta, guardándonos nuestros sentimientos sobre la puuuta siesta interrumpida. En ella nos damos los primeros coscorrones serios sobre el precio de las botellas (hasta más de 1000 euros por menos de 1 litro de según qué bodega), y el moderator compra unas galletas que producían una sed inminente, y que llegaron de vuelta al terruño, eso sí, masacradas. Acto seguido, comenzamos un tour completito por varios chatós, con paradas continuas para la foto de rigor de viñedos y palacios. Vemos Cos-Labory, Cos d’Estournel, Chateau Montrose, Chateau Lafite-Rothschild (el esfuerzo de encontrarlo se vio recompensado con una propiedad llena de jardines estupendos, árboles enormes, y un encanto continuado, a pesar de que la bodega estaba cerrada), Chateau Lionville-Barton, Chateau Pichon Longueville, Chateau Pichon Longueville Comtesse de Lalande –seguramente el nombre más absurdo de todos los imaginables-, Chateau Latour… Era mencionar uno de estos nombres, y el moderator sufría recuerdos en forma de efluvios etanólicos pasados…


Regresamos al cható del vizconde a descansar, mientras observamos con placidez y satisfacción las viñas al atardecer. El paisaje, con el sol, las suaves colinas llenas de viñedos inabarcables, resulta especialmente estimulante. No obstante, algunos elementos ornamentales resultan disuasorios de esta sensación. Por un lado, los cristos y cruceros que aparecen de vez en cuando en el camino, uno no sabe si para enseñar el camino a antiguos peregrinos de la parra, si están cuidando las viñas como petición eterna de buen clima a Dios o de al menos buenos augurios para la cosecha, o si bien (mi idea preferida) son simples y eficaces espantapájaros. Por otro, las torres de agua, estructuras espantosas de entre diez y veinte metros que jalonan el paisaje, con distintos diseños, y muchas veces coronadas por antenas de telefonía móvil. De hecho, durante dos días creímos que este era su uso, y nos sumergíamos en dudas homéricas sobre la estupidez de tales instalaciones, hasta que un revelador cartel que decía depot d’eau nos sacó de dudas. Suponemos que deben estar ahí para garantizar el regadío en años de pocas lluvias y maldecimos a los franceses por su mal gusto para destrozar el paisaje.


La cena de este día sucede en Le Savoie, en Margaux. Carpaccio de vieiras marinadas (fabulosas) y rape en salsa de uvas y un vino tinto de Chateau La Tour de Bessan completan mi cena, mientras que moderator se decanta por ostras y bacalao. Todo está estupendo aunque ambos platos principales vienen acompañados por exactamente la misma sinfonía de verduras, lo cual creemos que desluce la elegancia de la situación. El restaurante está penosamente vacío salvo por tres trabajadores de lo audiovisual (cámaras en el suelo) que hablan en inglés con acentos europeos. Deducimos que estamos en lo más cooldel pueblecito. Resultó finalmente ser la mejor cena del viaje.
La vuelta a Castelnau se ve acompañada del deseo de tomarse una copa. Pero son las once de la noche y el pueblo parece un villorrio zombi. Nos volvemos directamente al cható porque somos decentes y no queremos hacer que el vizconde sufra por nuestra ausencia.
El moderator quiere dormir con la ventana abierta pero las mantas puestas. Manifiesto que semejante deseo me parece absurdo, pero le abandono en su habitación mientras termino la lectura de Ubiky comienzo con la de Filosofías del underground.
Viaje realizado en agosto de 2008 (etapa ii de iii)






2 comentarios en “Ah, les vignobles…(ii/iii): ¡La baronesa!”

  1. Que ritmos tan diferentes el suyo y el mío, Sr. Borge, Filosofías del underground se coló en mis lecturas a finales de los noventa. Por cierto, curioso ver al Sr. Racionero presidiendo una cena de la masonería en el Hostal de los Reyes Cátólicos, creo que en 2006.

    A pesar de los cristos, cruceros, torres de agua y demás veleidades, debió de ser un viaje agradable, ¿no?

    Ah, es cierto que le sienta a usted bien el rosa 😉

  2. sí, filosofías del underground no es precisamente un ensayo de actualidad, pero no por eso está mal leer con retrospectiva. Ni siquiera a finales de los 90 era novedoso, tal vez tampoco ni siquiera válido. Tendrá 35 años el libro y casi parece que el mundo se ha llevado por delante su forma de pensar. Yo tenía mucho respecto por otro ensayo de racionero, 'del paro al ocio', pero obviamente también sería ahora mismo cosa de leerlo y ver que en realidad iba él por caminos equivocados por utópicos…

    no es mérito mío, el rosa sienta bien a los rubios!!

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