Queridas Madames,


Qué terrible es el armario de Marcel… La prisionera habla del amor y de los celos, aprovechando que Albertine se encuentra prácticamente encerrada en casa de Marcel. Pero de nuevo el personaje emotivo es Monsieur de Charlus, la marica vieja en la que se refleja la psique de Marcel, la que le permite opinar y opinar sobre el vicio, justificar a los que lo practican pero manteniendo la distancia para no mancharse… Creo que es La Recherche la primera gran novela en que aparece el término homosexualidad, en el que Marcel distingue, y distingue mucho. En La prisionera hay efebos de Platón, y hay pastores de Virgilio. En La prisionera, Charlus quiere forzar que su amante Morel se case bajo su protección con el fin de dominar todas las facetas de su amor. En La prisionera, Charlus es humillado por Madame de Verdurin por celos de organizador de veladas (aunque Monsieur de Charlus se lo busca por su falta de sensibilidad) mediante maledicencia con su amante. Encuentro a Marcel muy desatado en este volumen lleno de prosa inaudita alrededor de las sensaciones que el amor hace pasar de agradable y amabilísimas a pérfidas y podridas. Les dejo una selección (comentadas, por eso de lo revelador) antes de esperar al sexto volumen, en esta recta final de La Recherche, que produce, no lo negaré, algo de vértigo.




algunas malas lenguas o algunos teóricos demasiado absolutos dirán que en un hombre la inclinación hacia los atractivos masculinos tiene como compensación el gusto innato, el estudio, la ciencia de la toilette femenina. Y, en efecto, esto ocurre a veces, como si al acaparar los hombres todo el deseo físico, toda la ternura profunda de un Charlus, recayera, en cambio, en el otro sexto todo lo que es un gusto platónico (adejtivo muy impropio), o, simplemente, todo lo que es gusto, con los más sabios y los más seguros refinamientos.
(de la indicación del gusto de Marcel por las artes se puede hilar hasta que fuera ‘femenino en la intimidad’)




Además, Madame no habla de los vicios de Monsieur, pero sí habla continuamente de ese mismo vicio en los demás, como persona enterada y por esa inclinación que tenemos a encontrar en las familias ajenas las mismas taras que padecemos en la nuestra, para demostrarnos a nosotros mismos que no tienen nada de excepcional ni de deshonroso.
(aquí la necesidad de que la familia lo sepa, de que hable de ello, de que lo mencione hacia fuera sin hacerlo para dentro)




Buscó instintivamente nuevas experiencias, y, cansado también de lo desconocido que encontraba, pasó al polo opuesto, a lo que había creído que despreciaría siempre, a la imitación de un matrimonio o una paternidad. A veces tampoco le bastaba esto y, en busca de la novedad, iba a pasar la noche con una mujer, de la misma manera que un hombre normal puede querer una vez en su vida acostarse con un mancebo, por una curiosidad semejante, aunque a la inversa, y en ambos casos igualmente malsana.
(sin desperdicio: caso de acostarse con un hombre ha de ser un mancebo, mientras que la mujer es mujer; justificación moral de las maldades homo puesto que las heterosexuales son paralelas; y, por supuesto, normalidad como calificativo como necesidad psicológica de reconocimiento)




El broche final es para esta frase preciosa sobre quién manda en el amor a través de la cara que sabe poner. Explicado con un griego por el medio suena mucho mejor:


Todo ser amado, y, hasta en cierta medida, todo ser, es para nosotros Jano: nos presenta la cara que nos place si ese ser nos deja, la cara desagradable si le sabemos a nuestra perpetua disposición.


Suya,
Madame de Borge

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