Queridas Madames,


Supongo que nunca habrán visto a Marcel como un escritor interesado en la sociopolítica, pero siete tomos de literatura dan para muchos acercamientos. Sabemos que es un hombre que recoge parte del espíritu romántico y parte del espíritu realista, pero su época es sin duda convulsa, con un cambio de siglo arrastrado por la tecnología y en que se preparaba una gran guerra, con Francia siempre como protagonista. ¿Es Marcel un hombre del Antiguo o del Nuevo Régimen? Tentada estoy de afirmar que ambos en el fondo son lo mismo, pero no quisiera ser injusta.


Obvia es la fascinación de Marcel por la nobleza de otros tiempos, y a veces lo describe maravillosamente, con la lucidez de saber que aunque ya no valga nada, los siglos de un pasado de esplendor aún hacen ruido: Me parecía que aquella dama envuelta en pieles y desafinado el mal tiempo llevaba consigo todos los castillos de las tierras de que era duquesa, princesa, vizcondesa, como los personajes esculpidos en el dintel de un pórtico tienen en la mano la catedral que ellos han construido o la ciudad que han defendido. Dirán ustedes que no es que precisamente diga que la nobleza no vale nada, pues aún le da territorios y presencia. Pero no nos engañemos, ya vimos anteriormente cómo decepcionaron a Marcel la frivolidad y la falta de inteligencia de los Guermantes. Últimamente, además, aparece la dejación de costumbres en el vestir, que revela algo socioeconómico, aunque el párrafo es tan poliédrico en cuestiones sociales y psicológicas que interpretarlo se revela abrumador: 


Sólo los camareros creen que un hombre muy rico lleva siempre trajes nuevos y resplandecientes y que un señor muy elegante da comidas de sesenta cubiertos y no va más que en automóvil. Se equivocan. Ocurre frecuentemente que un hombre rico lleva siempre la misma chaqueta raída, que un caballero muy elegante es un señor que en el restaurante sólo se trata con los empleados, y, al volver a casa, juega a las cartas con sus criados. Esto no quita para que se niegue a pasar detrás del príncipe Murat.


Y a veces la ironía se desata, como en la aparición de León de Saint-Loup, el (por supuesto) apuesto y elegante hermano pequeño de Robert, cuyo pantalón beige desata las miradas de un campesino:


-¿Por qué me miras así? Apuesto a que no sabes quién soy -le dijo León. Y como el campesino le dijera que no-. Pues soy tu príncipe.
-¡Ah! -contestó el campesino descubriéndose y disculpándose-, le había tomado por un inglés.


Suya,
Madame de Borge



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