Querida Madame Proust,


Ya dice su querido hijo en La prisionera que es otro hombre, que ha sustituido la delicadeza de los años de infancia por carácter severo. Que así debe ser cuando se es el responsable y no el dependiente. Pero, qué quiere que le diga, a veces me dan ganas de abofetearle, si bien todavía no de escupirle. Mire usted qué dos cosas casi seguidas le he leído:


…Albertina, a pesar de los estúpidos hábitos de hablar que aún conservaba, había progresado extraordinariamente. Lo que me era completamente igual, pues las superioridades intelectuales de una mujer me han interesado siempre muy poco.


A propósito de cualquier cosa decía ‘¿Es verdad? ¿Es de veras?’ Claro que si hubiera dicho como una Odette ‘¿Es verdad esa mentira tan gorda?’ no me habría preocupado, pues la misma ridiculez de la forma se habría explicado por una estúpida mentalidad trivial de mujer.


Yo no sé si Marcel se está trastornando por eso de vivir con Albertina en la habitación de al lado, o si es que nos engañó a todas en sus cortejos por fiestas y balnearios, pero si Marcel siempre supo mirar más allá de las apariencias, resulta extraño verle deslizarse en los tópicos de la época sin al menos mostrar su incredulidad o comprensión, como hizo con los judíos o los hombres que no osaban decir el nombre de su amor. Mi tranquilidad llega en que ciertamente mil episodios desdicen este pensamiento, y en que se trata de una formulación demasiado directa que pretende subrayar una honorable virilidad de su tiempo que los hechos demuestran inexistente. Hasta yo me estoy poniendo celosa, no le digo más…


Suya,
Madame de Borge



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